No. 1 Enero - Marzo 2004

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Familia en el Simposio 

 

LA PASTORAL DE LA IGLESIA ANTE LOS DESAFÍOS ACTUALES

Conferencia pronunciada por S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino,
Arzobispo de La Habana, en el Simposio Nacional sobre la Familia.
La Habana, 31 de enero de 2004

Vamos a tratar aquí de la familia cristiana, es decir, de la familia que intenta vivir, según la tradición recibida de sus mayores y según la enseñanza de la Iglesia y la inspiración evangélica de todas sus acciones, aquello que la Iglesia siempre ha enseñado acerca de la familia, comenzando por el amor entre los esposos y la fidelidad en ese amor, la preocupación por la educación cristiana de los hijos y su orientación  según la misma fe cristiana.

Entonces los desafíos que se plantean a la familia tienen que ver con los desafíos que se le presentan a la Iglesia en nuestro tiempo y no solamente en nuestro país, sino a escala universal. La mundialización es un hecho que crea comportamientos,  corrientes de opinión o de pensamiento y costumbres novedosas, y esta realidad en sí misma es totalmente nueva, no hay ningún antecedente, ninguna situación anterior que pueda ilustrarnos acerca del modo de enfrentarla. Por  otra parte, no es una situación transitoria, como los períodos decadentes anteriores de la humanidad en tal o cual región de la tierra, que una vez superadas las condiciones que hacían a hombres y mujeres abandonar los derroteros trillados, podían reencauzarse, para recuperar  el ritmo tradicional.

Un nuevo mundo toma el lugar  del mundo anterior, pero desconocemos con precisión  qué es lo que está apareciendo  en lugar  del mundo conocido de ayer. Hay un hecho que se destaca en el paisaje humano de la tierra: el hombre  se adueña de su creatividad autónoma, del poder que ha logrado sobre la naturaleza y parece “desencantar” al mundo, o sea, hacer que la representación de un mundo creado, sostenido por Dios, que guía la trama de los  acontecimientos  de manera misteriosa, no sea ya la que el hombre y la mujer de hoy  mantienen  frente al cosmos o a la historia. La religión es vista  dentro de este proceso de dispersión como algo a lo que  el hombre le puede conceder un espacio de interés o de simple referencia  sociológica entre otras muchas preocupaciones y proyectos.

El Cardenal Etchegaray dice que si él tuviera que definir nuestra época  lo haría con una única palabra: desafío, que puede ser la palabra que más se use en el lenguaje moderno. ¿En cuántos títulos de libros, en cuántos folletos y publicaciones se hace referencia a los desafíos en todos los campos del saber humano, en cuanto al futuro del hombre, o la marcha de la economía, etc?

Yo añadiría a esta palabra, como caracterizadora del mundo actual y con respecto a los valores, creencias, tradiciones, etc., recibidos hasta hoy, otra palabra que implica algo más que el desafío, porque envuelve  no sólo algunos aspectos del saber humano que se entrelazan y se difunden en un mundo globalizado, sino más bien la rebelión que nace de la voluntad del  hombre para derribar  todo cuanto puebla el acervo cultural desde  tiempos remotos, e instaurar modos de  comportamiento  que son  totalmente  inusitados y reclamados como  derechos. La palabra que describe esta situación es transgresión. Se exige lo imposible: el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, se proclama lo científicamente absurdo: que la mujer puede  decidir  eliminar a un hijo que lleva en las entrañas en virtud del “derecho” que tiene sobre su “propio cuerpo”. Si los desafíos provienen en muchas ocasiones de los avances de la ciencia,   como los descubrimientos genéticos que todos los días nos ponen ante nuevas realidades no concebibles antes, la transgresión nace de una voluntad normalmente torcida de llevar la historia humana por senderos no explorados,  pero al mismo tiempo no científicos, no válidos desde el punto de vista histórico, social o humano, violentando incluso la lógica cientista del humano actual en virtud de una autonomía caprichosa  esgrimida como libertad.

Esta situación es tal, que nunca antes la Iglesia ha aparecido como hoy  en la plaza pública  tomando parte en un proceso como acusada, sea por los transgresores o por los abanderados de los nuevos desafíos. Los cristianos  del tercer milenio deben  llegar a un convencimiento profundo de que el cristianismo tiene una actualidad histórica, porque tendrán que convencer de esto continuamente a sus contemporáneos. Es necesario potenciar y poner en evidencia la propia identidad cristiana,  so pena de verse envueltos en la misma espiral  desorientadora  en que  se halla el resto de la humanidad y en la cual el ser humano se identifica con el cambio. Es  decir, en el mundo todo cambiante lo único cierto es  que cada uno de nosotros debe cambiar, vivir en  cambio  para atrapar el tiempo que si no,  nos dejaría  a la vera del camino. La  ruina de las ideologías y de las utopías deja a los seres humanos  no sólo decepcionados,  en la medida en que para algunos sus viejas adhesiones han resultado falsas, sino que deja la humanidad  sin proyectos concretos, aunque sean desmesurados, crueles, sin ideas de futuro, aunque sean sueños. Tanto unas como otras permitían al  hombre mirar al mundo desde un “punto de vista”. 

Pero he aquí que el  hombre no puede perder su capacidad de ser observador consciente de la evolución  para dirigirla  y orientarla a un fin, porque ¿qué haría el ser humano que no sea capaz de interpretar el mundo en movimiento que lo rodea para tratar de comprenderlo y de darle un sentido? Hay una frase de Jean Paul Sartre que  ilustra esta situación y dice: “Lo esencial  no es lo que se ha hecho del hombre, sino lo que él hace de eso que se ha hecho de él”.

Después que  el barraje arrollador de una opinión común globalizada introdujo  al hombre con  su individualidad dentro del  torbellino  del cambio imprescindible, sin connotaciones éticas, se viene produciendo cada vez más un ataque avasallador y sistemático a la familia, sobre todo a la familia con los valores y la riqueza espiritual que el cristianismo ha cultivado en ella.

Los desafíos y las transgresiones  tienen la semejanza  que la globalidad da a las acciones del hombre de hoy en cualquier latitud. Pero también en cada región o país hay particularidades que envuelven o acentúan esos desafíos o esas transgresiones. Mucho se ha hablado en este Simposio de las dificultades que enfrenta la familia en Cuba. Entre nosotros la pérdida de valores familiares está también agravada por el alto número de divorcios, la separación de los hijos de sus padres en  edades tempranas  para estudios en escuelas alejadas del hogar, las dificultades de la vivienda, que  hacen perder sus contornos al núcleo familiar,  a veces sumergido  en otra comunidad familiar más grande, que lo absorbe, lo limita o lo condiciona, la casi imposibilidad para la mayoría de los jóvenes matrimonios  de proyectar su futuro, de forma que puedan establecer un hogar independiente: casa propia, trabajo estable y bien remunerado, etc.

No son, sin embargo, las condiciones económicas las que más inciden en la crisis, sino la falta de sentido para la vida, que padece globalmente la generación actual, y en Cuba también, con nuestras peculiaridades. Difícilmente se  concibe la vida  como un todo que tiene una finalidad. Frente a ese horizonte devastadoramente vacío, ¿cómo hacer un proyecto de vida matrimonial y familiar  en el amor y  la fidelidad para constituir un hogar que sea expresión y plenitud del amor que los esposos se profesan, irradiación de ese amor y prolongación de él en los hijos, centro focal de estabilidad y felicidad, lugar de  afirmación y lanzamiento hacia el apostolado,  donde se vive una especial experiencia de Dios y se emprende el camino de la santidad?.

Para tomar la delantera a los desafíos y a las transgresiones con respecto a la  familia y a la misma Iglesia el cristiano tiene que fundamentarse en una mirada esclarecida y firme sobre Jesucristo y en una mirada sobre el mundo con criterio evangélicamente propio.

La mirada sobre Cristo debe ser mucho más profunda que su  contemplación de  Jesús como Maestro que nos enseña un comportamiento amistoso, fraterno, fundado en un amor de  calidad nueva. No contemplamos sólo al Jesús ejemplo, obediente en el hogar de Nazaret, acogedor para con todos, desprendido, etc. hay que mirar a Cristo en su misterio total de instaurador de la verdadera condición del hombre y la mujer. Cristo, considerado como el nuevo Adán, o más bien como el verdadero Adán, nos hace descubrir nuestra verdadera  condición en el mundo. Así nos lo presenta San  Pablo en su primera carta a los Colosenses:

“El es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

porque por medio de El fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;

todo fue creado por El y para El.

El es anterior a todo, y todo se mantiene en El.

El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

El es el principio, el primogénito de entre los muertos,

Y así es el primero en todo.

Porque en El quiso Dios  que residiera toda la plenitud.

Y por El quiso reconciliar consigo todos los seres:

los del cielo y los de la tierra,

haciendo la paz por la sangre de su Cruz” (Col 1, 15-20).

El pecado nos hace siempre remontar hasta Adán en los orígenes de la humanidad, pero él no es el primero. El primero es Cristo, porque el Salvador es anterior al pecado. Cristo no fue “pensado” por el Padre después de crear al hombre,  ante el “fracaso” del pecado; el hombre fue creado a imagen de Cristo, presente ya en la “mente” del Padre como el hombre perfecto. El Adán del Génesis que apareció primero no es el primero; el nuevo Adán que llegó después de aquel, Jesucristo,  es la razón de ser del primero y por lo tanto tiene en sí la verdad del hombre: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Cristo es por tanto, más que el “sanador” de una humanidad enferma  y pecadora, el instaurador de la verdadera humanidad querida por el Padre. Su tránsito por la Cruz no sólo nos cura las heridas del pecado, sino nos restaura en nuestra primera y verdadera realidad como humanos. “Resucitando restauró la vida”, nos dice un prefacio pascual. Únicamente a la luz de Cristo “restaurador” del hombre y de todo el cosmos, el cristiano, la familia o la Iglesia encontrará tanto  la fortaleza como la audacia y la serenidad  para hacer frente  a un mundo desafiante y transgresor. Cristo “restaurador” puso para siempre la historia  bajo la energía absoluta de su resurrección y el Papa Juan Pablo II nos  invita en su  Carta Apostólica “Novo Millennio ineunte” a “recomenzar a partir de Cristo”.

Esta visión real de Cristo y su misterio, como nos dice también el Santo Padre Juan Pablo II en su encíclica “Redemptor hominis”, ¨revela  el hombre al mismo hombre¨, sitúa en su verdadera dimensión al ser humano y por ende a la familia en la cual nace, se desarrolla y vive. La familia no está ante  los desafíos y transgresiones de la hora presente como el pequeño David frente al gigante Goliat. La familia debe conocer y vivir la realidad del proyecto de hombre y mujer que Dios quiere de  nosotros y que nos presenta en Jesucristo instaurador de un orden nuevo, en quien se revela la verdad de nuestra condición humana, en la cual nos afianza al sanarnos  del pecado por su Cruz y llenarnos de vida nueva  con su Espíritu Santo por la Resurrección. Sólo esta espiritualidad centrada  en Cristo, a cuya imagen hemos sido creados, nos permite como dije más arriba,  tomar la delantera al asalto del mundo sobre la  familia y salir serenos y seguros a proponer la verdad en que vivimos frente al error.

Una mirada precisa sobre el mundo con criterios evangélicos debe  complementar  la mirada de fe profunda sobre el misterio de Cristo instaurador de un orden nuevo. Cito ahora al  Concilio Vaticano II en el No. 11 de la Gaudium et spes (Constitución pastoral sobre la iglesia en el mundo actual): “El Pueblo de Dios... procura discernir  en los acontecimientos...  cuales son  los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios... esas preguntas aguardan una respuesta. Esta hará ver con claridad que el pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquel forma parte se prestan mutuos servicios, lo cual demuestra que la misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana”.

La Iglesia nos invita así a auscultar, discernir e interpretar a la luz del Evangelio los signos de los tiempos a través de los cuales Dios, en cierto modo, nos interpela, y nosotros, que conocemos la verdad sobre Cristo y el hombre, no podemos dispensarnos como familia de prestar una atención acogedora y al mismo tiempo crítica a esos grandes desafíos que el mundo parece lanzar hoy a la misma familia. No podemos quedar envueltos en la espiral de incertidumbres en que  vive el humano de hoy.  Los  padres deben transmitir a los hijos no sólo ideas claras, convicciones profundas, sino esa certeza espiritual de estar fundados en la Verdad que es Cristo e iluminados por el Espíritu que nos hace  conocer esta verdad, discernir el bien  y el mal que se  nos presenta y llevar a las familias inseguras y dispersas de hoy la verdad sobre el designio de Dios sobre la familia.  El hombre de hoy,  a menudo decepcionado por los resultados de su vida,  espera  mucho más de la Iglesia que lo que nosotros mismos pensamos y lo espera a través de los cristianos. La familia debe  creer hoy a la oportunidad que tiene el Evangelio en el mundo y vivir de modo renovado el Evangelio en el seno del hogar. Sólo esta voluntad de docilidad al Espíritu del Señor puede hacer de las familias un fermento que renueve la sociedad. Debemos sacar a nuestras familias, y a la misma Iglesia, de la actitud defensiva ante el mundo.

La Iglesia, cuando proclama la sacralidad de la vida, la primacía del amor y las exigencias éticas de una  institución familiar realmente cristiana, no va a la zaga del mundo, dándole viejas respuestas, va por delante del hombre, inquietándolo  con el anuncio de un orden nuevo instaurado por Cristo.  La Iglesia no habla  el lenguaje aparentemente novedoso  o científico de los hijos de Adán, sino  la novedad absoluta del Evangelio de Jesucristo, nuevo y primer Adán, imagen perfecta del hombre. La Iglesia habla el lenguaje de los hijos de Dios.

Somos nosotros, son ustedes, queridas familias cristianas, quienes debemos proponer al mundo con amor y con misericordia el modelo familiar  que Dios quiere para que el hombre y la mujer sean felices. A  nosotros nos toca,  por fidelidad a Jesucristo, presentar este desafío a los hombres y mujeres de hoy.

 

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez