No. 1 Enero - Marzo 2004

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CATÁLOGO FAMILIAR
Los afectos II

RESPUESTA AFECTIVA

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ
(Parroquia de Santa Rita)

 

Una ley universal es la de acción-reacción.  Ante todo movimiento debemos esperar una respuesta. La familia, un grupo de personas con vínculos sanguíneos de parentesco y una historia compartida, también responde a determinadas procesos internos y externos.

La calidad y cantidad de la respuesta quizás no sea tan evidentes en otras áreas como lo es en la de los sentimientos o afectos familiares. La respuesta afectiva sería la capacidad de la familia para, a través del interés y del compromiso de unos miembros con otros, dar respuestas a las interrogantes que se le presentan en su camino. 

Pero no todas las agresiones tienen la misma calidad o magnitud. Por ejemplo, ante el fallecimiento de un ser querido. Hay personas muy importantes por su papel en la historia del grupo, y otras que, alejadas por diversos motivos, no están en el centro de esa historia. No es lo mismo perder un niño o un joven por una enfermedad como el cáncer, a que esa misma patología ataque a un anciano. Son dos pérdidas dolorosas, pero nuestra mente y la de la familia no está preparada lo suficiente para asumir la primera.

Es importante aclarar este punto porque si vamos a analizar las respuestas a las agresiones es bueno tener presente que hay agresiones y agresiones. Las hay tan duras, como la pérdida de todo lo material en un ciclón o un terremoto que la respuesta puede ser, en ocasiones, contradictoria, absurda. No podemos fijarnos solo en cómo se responde. Hay que tener en cuenta cómo y en qué magnitud ha sido el golpe.

Visto este lado oscuro de la luna, tenemos que la familia puede responder ante una agresión de forma adecuada en proporción y calidad de acuerdo al evento agresor. Pero puede también hacerlo de forma exagerada, deficiente y discordante.

Las familias sobreinvolucradas, amalgamadas, aquellas donde todo el mundo se mete en la vida de todo el mundo, en general poseen respuestas desproporcionadas en calidad y cantidad ante las adversidades. En ellas, la muerte del perrito de la casa puede ser una verdadera desgracia: días sin cocinar, sin comer, sin salir a la calle. Lo desmesurado de la respuesta está en que nadie atendía al perrito, e incluso lo maltrataban. En esa misma desmesura, la familia no responde con acciones coherentes para restañar la pérdida. A nadie se le ocurre buscar otro perrito.

Hemos puesto el ejemplo de un cánido para no hacer muy duro el relato. Cambie el perro por un anciano y podría pasar lo mismo. En general, las familias con una respuesta afectiva exagerada o excesiva son incapaces de articular un verdadero compromiso afectivo entre ellos o con las demás familias.

También tenemos lo contrario: la respuesta afectiva insuficiente, escasa.  Ella es habitual en la familia desintegrada, escindida. La muerte del perrito de la casa, siguiendo el ejemplo anterior, no le ocasiona ni frío ni calor a nadie. El fiel cánido que por más de doce años los acompañó es envuelto en periódicos viejos y tirado en el primer latón de basura que tenga la suerte de haber sido vaciado poco tiempo antes. Nadie pregunta de qué murió el perrito. Nadie pregunta si los niños quieren otra mascota. Aquí, muerto el perro, en vez de la rabia, se acabó el amor. 

Tal tipo de respuesta, fría, muestra la desarticulación, el desinterés y descompromiso hacia sí mismo y hacia los demás. De nuevo, si sustituimos el perro por una persona puede pasar lo mismo o peor; solo que el periódico sería sustituido por un velorio de una hora y el latón de basura por una fosa común de cuya ubicación casi nadie recordará a la vuelta de un mes. 

Por último, hay familias que no responden ni fría ni calurosamente a las agresiones. Lo hacen de manera discordante, incoherente, loca. Volvamos al tan socorrido perrito, y que nos disculpen los de la Sociedad Protectora de Animales. Al morir la mascota, la familia muestra una increíble alegría; y puede que hasta a alguien se le ocurra hacer una fiesta. Pero si alguien, para suplir la pérdida, trae un cachorro, el resto mostrará disgusto y rechazo hacia el benefactor.  Estas familias responden con alegría a lo que debería provocar sufrimiento y viceversa. 

La respuesta discordante puede que no sea anormal en sí misma. Ello sucede en las grandes catástrofes. Las personas que sufren la pérdida de sus casas muestren tristeza y dolor tan intenso que no sería raro verlas empujadas casi como en un arrebato para iniciar los cimientos de una nueva vivienda.  

Solo entonces se comprende cómo los seres humanos somos una maquinaria casi perfecta; los sentimientos, aquello que nos humaniza, un gran enigma que apenas comenzamos a entender. Lo afectivo en la familia, dado en reacciones y relaciones, es el núcleo donde fragua el gran misterio que llamamos Hombre.           

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez