No. 1 Enero - Marzo 2004

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Basílica de Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza.

 

LA HEROÍNA DEL PILAR
Colaboración de Rafael Jesús de la Morera
Comunidad de San Juan Bosco

 

En 1808 las fuerzas imperiales francesas se abalanzan sobre España, cuyo rey, Carlos IV, ha abandonado a su suerte. Pero el 2 de mayo, en Madrid, el pueblo comienza la rebelión contra los invasores, que han colocado en el trono al hermano de Napoleón Bonaparte, José I.

Las campanas llaman a la lucha y toda la península se convierte en un avispero. Aunque el ejército regular español presenta batalla con valentía, no puede soportar la superioridad técnica y estratégica de los franceses y se pasa a la guerra de guerrillas en campos y montañas. Cada ciudad se apresta a la defensa dispuestas a hacer pagar, cara para el enemigo, la osadía de atacar el sagrado suelo nacional.

El principal ejemplo de intransigencia se produjo en Zaragoza, capital de Aragón, donde las tropas francesas se presentaron ante la plaza y maniobraron para conquistarla al asalto, pero les fue imposible, comenzó entonces el primer sitio de la ciudad. Las familias se encomendaron a la Virgen del Pilar, la Patrona de España y protectora de la ciudad en la que se encuentra su santuario, la magnífica Basílica reconquistada a los moros y reconstruida en los siglos XII y XIII.

Dirigidos por el valeroso Capitán General, José de Palafox y Melci, los habitantes se prestaron a las labores de defensa. Se reforzaron las murallas y, en cada parte, se situaron baterías de artillería, servidas en muchos casos por paisanos. Los atacantes intentaban tomar estos puntos, por eso concentraban sobre ellos un terrible fuego de fusilería y de modernos cañones.

El día 2 de julio, tras varias andanadas, casi arrasaron el baluarte de la puerta del Portillo. Nadie se atrevía a ocupar el lugar de los caídos en la batería exterior, y las avanzadas francas se deciden a la ofensiva para penetrar en la ciudad.

Entonces, de entre las filas de los que llevaban las provisiones, una joven salió corriendo y, sin reparar en las balas que llovía a su alrededor, arrancó la mecha encendida de manos de un artillero herido, puso a funcionar un cañón, disparó, detuvo en seco a los franceses e hizo voto a la Virgen de no desamparar la pieza mientras durase el sitio; luego arengó a los demás invocando a  la Virgen del Pilar, y nuevos combatientes se unieron a la heroína.

Aquella joven era una bella muchacha de sólo 22 años, nacida en Barcelona en 1786. Ferviente católica, había sido bautizada en la Iglesia de Santa María del Mar y era devota de la Virgen del Pilar, en quien había puesto su confianza. Ese día comenzó para ella una epopeya que la convertiría en una de las más famosas defensoras de la soberanía nacional hispana. Su nombre era evocador: Agustina Zaragoza y Domenech, pero la historia la recuerda como Agustina de Aragón.

Esta oposición inusitada de hombres, mujeres y niños pareció insuperable. Los franceses al conocer que los españoles los habían vencido en Bailén, desistieron pronto y levantaron el sitio a la ciudad; las familias dieron Gracias a Dios y a la Virgen por la victoria. Desde ese momento creció la seguridad en sí mismos, consideraron que la justicia de su causa, con la ayuda del Señor, los haría invencibles.
Sin embargo, el 22 de diciembre los franceses persistieron en el empeño de capturar la milenaria urbe, pues por la posición que tiene al noreste de la península, controla las rutas al centro y sur y amenazaba la retaguardia napoleónica.

Esta vez trajeron mayores efectivos y un  superior poder de fuego, además de ser dirigidos por el capaz Mariscal Lannes, uno de los jefes predilectos del Emperador Napoleón.

Otra vez los sufridos aragoneses se dispusieron a resistir. La popular Agustina participó de forma activa en los preparativos de defensa en este segundo sitio de Zaragoza, predestinado a ser uno de los hechos sobresalientes en la Guerra de Independencia española.

Ahora los defensores sabían lo que les esperaba, pero impávidos, no aceptan la primera intimación de rendición de Lannes; han pedido a la Virgen del Pilar que les dé el valor suficiente para enfrentar al enemigo. Listos al máximo sacrificio, ocupan de nuevo la línea de combate.

El ataque galo es tremendo; las fuerzas populares retroceden, pero cada palmo de terreno es disputado con denuedo; muchos días tardan en conquistar cada baluarte, sufriendo grandes pérdidas. Se pelea en las murallas, en las barricadas, casa por casa.

Los conventos de la ciudad se utilizan para atender heridos, de refugios para las familias y de fortalezas. Los sacerdotes luchan junto al pueblo; los padres Santiago Sas y Basilio Bagiero se encuentran entre los jefes que animan la estoica resistencia.

El Mariscal Lannes propone en varias ocasiones la entrega de la plaza, pero los orgullosos aragoneses no quieren oír hablar de capitulación. Cuando unos enviados franceses manifiestan su asombro por esta actitud, son llevados de noche a la Basílica, donde centenares de personas oran ante la milagrosa imagen de la Madre de Dios colocada sobre una columna de mármol; allí varias figuras de la resistencia, entre ellas Agustina, resumen el por qué de la lucha. Señalando a los fieles y al escenario de la formidable capilla dicen: “Esta es nuestra fuerza”.

Desde entonces, en el dramatismo de Zaragoza, la frase “no hay rendición” se escuchó en cada acción. Las plazas, calles, azoteas, sótanos y hasta la Universidad fueron castillos que los franceses fueron tomando a costa de mucha sangre y, cuando víctima del hambre, las enfermedades y el extremo cansancio de los defensores, agotadas las municiones y la pólvora, perdida toda esperanza de socorro o refuerzos llegó el fatal desenlace, aún se escuchó un último clamor: “Zaragoza se rinde porque ya no existe”.

El heroico Palafox fue capturado gravemente enfermo; Agustina cayó en poder del enemigo durante uno de los encuentros armados finales.

Los vencedores se comportaron con hidalguía, trataron con respeto a los prisioneros y permitieron a los sobrevivientes retirarse con todos los honores militares. Los altivos guerreros aragoneses dirigieron su mirada a la Basílica, hicieron la Señal de la Cruz y abandonaron la destruida ciudad.

Pocos años después, en 1824, el ejército anglo-ibérico y las actividades de las guerrillas peninsulares liberaron a España del dominio imperial. Zaragoza renació de las ruinas recibiendo el título de “Muy noble y muy heroica”. Las hazañas de Agustina de Aragón fueron recogidas en el poema “La Iberíada”, de Fray Ramón Valvidares, cantor de la Guerra de Independencia española.

A los tenaces defensores el Rey les concedió la medalla de la Cruz de Distinción al Valor, y a Agustina, a quien Palafox ya había ascendido a teniente, se le confirmó una renta vitalicia y el monarca le entregó, personalmente, una condecoración especial. La heroína del Pilar se casó con un militar de carrera (su compañero en los azares de la campaña) y se fue con él a la guarnición de Melilla.

Al recordar a Zaragoza, a Palafox, a Agustina y a los mártires anónimos, protagonistas de aquella épica jornada, cuyas almas con seguridad acogió en su seno nuestra Señora del Pilar, enseguida viene a la mente una frase de Joszef Pilsudski, uno de los héroes nacionales de Polonia, la patria de S.S. el Papa Juan Pablo II, quien expresó: “Invicto es quien no se rinde, aunque caiga vencido”. Así sea.

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez