Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Primer trimestre 2011

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Escuela de padres

¡Ya verás cuando venga tu papá!

La educación de los niños

En el trabajo del número anterior profundizamos en algunos aspectos concernientes al aprendizaje de la conducta de nuestros hijos, entre ellos las leyes que rigen ese aprendizaje y cómo influye en este la manera de ser de los padres, en definitiva los primeros y principales educadores.

Antes de abordar el tema de la desobediencia en los niños, conviene dedicar un espacio para tratar el esfuerzo que los padres deben realizar con el fin de evitar incongruencias a la hora de efectuar una acción que requiera de su parte un determinado comportamiento que traten de incorporar en la conducta habitual de los hijos.

Consciente—inconsciente

Existen numerosos comportamientos con respecto a los cuales muchos no son conscientes. Ocurre a menudo que, al formular un comentario en un grupo sobre una determinada actuación de una persona, todos asienten, excepto el interesado. La causa radica en que los comportamientos se asumen de manera inconsciente y se repiten de forma automática, por lo cual son más difíciles de cambiar. ¿Qué podemos hacer?

Primero. Mostrarse abierto para reconocer y aceptar todo lo que nos sensibiliza. Este paso no es el acto de voluntad de un momento, sino un gradual proceso de aceptación de uno mismo y de erradicar vicios heredados.

Segundo. Buscar caminos que, en ese proceso, ayuden a pasar los comportamientos inconscientes al nivel consciente. Para esto hay dos elementos valiosos: el análisis con la pareja y la observación del comportamiento de los hijos. En una actitud de ayuda mutua es muy positivo el reconocimiento de las actuaciones inconscientes que pueden ser observadas por el otro cónyuge. También estar al tanto del comportamiento de los hijos puede permitir el descubrimiento en ellos de actitudes que serán reflejo de la propia actuación.

Estas son las que, de manera consciente o inconsciente, intentan trasmitir un valor o, por el contrario, evitan la proyección de lo que se considera un contravalor. Cuando se desea inculcar en los hijos un comportamiento que encierre un valor, se fomentará este para que ellos lo asuman. Con frecuencia se insiste mucho de palabra en el cumplimiento de un determinado valor, cuando la vivencia por parte de los padres debe ser el único método eficaz para que el hijo lo haga suyo.

Por último, se encuentran los casos de aquellos comportamientos que no se desean trasmitir por haber sido rechazados. Es corriente encontrarse con personas que, por haber tenido una educación excesivamente rígida, no la desean para sus hijos. En consecuencia, actúan de forma totalmente opuesta a como procedieron con ellos.

La moderación y la ecuanimidad resultan elementos imprescindibles. Tanto el exceso como el defecto pueden provocar que se enseñe lo contrario de lo pretendido. Es necesario, en este caso, el conocimiento de los propios comportamientos y la objetividad en el análisis del bagaje aprendido.

Hacer o no hacer

Existe tanto una desobediencia vinculada con la misma evolución, síntoma normal de una personalidad que se afirma, como otra desobediencia forzada por la conducta de los padres y educadores del niño. También se presentan casos anormales en ese sentido.

Una de las primeras palabras que, antes de cumplir los dos años, pronuncia el niño frente al adulto es NO. Aunque dice no al caramelo que se le ofrece, al final lo toma. Desea igualmente traer cualquier objeto a mamá, pero le gusta asimismo negarse a ello. Obedecer o desobedecer es, para él, el equivalente a hacer o no hacer. En los dos casos se manifiesta un deseo de afirmarse, pues se siente contento de actuar a favor o en contra del adulto.

En lo referente al aseo, en un niño educado libremente se comprobarán períodos en los que siente placer al estar limpio, y momentos en los que disfruta negándose a estarlo. Esta alternativa evoluciona y trae como resultado la verdadera autonomía.

El niño se siente satisfecho cuando imita a los mayores y participa en las mismas actividades que las de aquellos. Obedecer significa, para él, hacerse mayor. El niño pasa, pues, por crisis de cólera y de negativismo, y tiene necesidad de ello para desarrollarse. La madre debe dejar pasar la tormenta sin atribuirle importancia. En esa circunstancia, el menor debe sentirse rodeado de cariño.

La autoridad

Resulta necesario la existencia de autoridad en la casa, es decir, que hayan figuras paternas que establezcan límites y normas de convivencia. A menudo, los padres asumen la autoridad de una manera muy distinta. La madre, desde los primeros meses, se cree obligada a corregir al niño en todo: no te arrastres por el suelo. No te metas nada en la boca. Agarra bien la cuchara. No te ensucies…
En realidad, no se dispone de recetas en materia de autoridad, pues esta constituye un problema interior de los padres.

El adulto no siente necesidad de estar continuamente detrás del niño si este se muestra tranquilo y lleva a cabo una actividad acorde con sus condiciones. Es propio de padres ansiosos el exigir demasiado al niño. Si los padres componen una pareja feliz sabrán hacerse respetar y respetarán a su vez a su hijo. Sabrán hacerse obedecer porque el niño tomará conciencia de que es auténtica la energía de sus padres. Los niños sienten intensamente lo que puede haber de artificial en la actitud de sus progenitores.

La obediencia

En un niño adaptado socialmente, la obediencia revela un estado de cierto equilibrio: vive de acuerdo con sus padres, con el colegio… Para que haya obediencia, en el verdadero sentido de la palabra, es necesario que por parte del sujeto exista voluntad de realizar lo que se le pide. Obedecer es, entonces, sentir la necesidad de trabajar con el adulto, de hacerse mayor.

Un niño pasivo puede irritarse, en un momento dado, cuando se le ha forzado muy pronto a obedecer constantemente a los mayores. Aquí es acosado por el peligro de no ser él. La inseguridad interior llega a ser más fuerte que los reproches del adulto, pues algo le impulsa a decir NO a cualquier precio.

Obedecer implica, a cierta edad, una toma de conciencia del trabajo realizado. Pero este gusto por la disciplina, por el deber bien ejecutado, forma parte de la educación del niño. En las primeras etapas, antes de los dos años de edad, conviene ofrecer al niño posibilidades de juegos, de contactos sociales y de participar en las tareas de la madre.

¡Ya verás cuando venga tu papá! En este caso, debemos apuntar el inconveniente que implica, por parte de la madre, amenazar constantemente a su hijo con sanciones que aplicará el padre cuando retorne al hogar. Si no ocurre nada en ese sentido, el niño comprobará la ineficacia de las amenazas maternas.

Es imposible educar al niño sin crisis o caprichos. En cada etapa de su evolución, este afronta momentos difíciles, en los cuales se opone a todo. Es necesario en estos casos hacerle retornar al orden sin “dramatizar”. Lo ideal sería educarle de tal forma que no hubiese necesidad de decirle: si no haces tus tareas, disgustarás a mamá, sino procurar que el niño sea sensible a la siguiente observación: si tienes malas notas este mes, tanto peor para ti; ya te las arreglarás con tu maestro.
Es muy importante que el menor experimente el sentimiento de trabajar por él o en contra de él, y no de sus padres. Hay que educar, desde la primera infancia, con un margen suficiente de libertad para que el niño actúe y trabaje felizmente por su cuenta.

Situaciones que pueden provocar desobediencia

Como hemos visto, el niño reacciona en su conducta de acuerdo con el medio ambiente que lo circunda. Veamos seguidamente algunos tipos de progenitores y las consiguientes reacciones del menor.

I-Madre nerviosa, angustiada y meticulosa. En una atmósfera demasiado mecánica, en la cual el niño se siente un objeto, su reacción (sobre todo si es muy pequeño) es mostrarse desobediente. Es como si quisiese, de ese modo, atraer la atención sobre él: Yo estoy aquí, préstenme atención.

II-Ausencia prolongada de la madre. Si esta trabaja, a su regreso el pequeño reacciona mostrándose difícil. Esto le ocurre porque no ha visto a su mamá durante buena parte del día; por eso, cuando ella reaparece, el chico se siente a la vez contento y enojado. Si la madre se muestra cariñosa y comprensiva, el niño recobrará su ritmo y se volverá dócil. Esta es la característica de los más pequeños.

III-Desavenencias entre los padres. En su conducta social, el niño reproduce la armonía o desarmonía prevaleciente en sus padres. Expresa, mediante una actitud insociable, su inquietud interior y, con frecuencia, refleja la postura de uno u otro progenitor.

En el próximo número trataremos la denominada primera infancia del niño (de uno a tres años), así como sus características. Hasta entonces.

 

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