Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Primer trimestre 2011

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Con motivo del 14 de febrero

El amor nunca pasará...

Por ESTELA MARÍA MARTÍNEZ CHAVIANO

 

La película Titanic (1997), dirigida por James Cameron, es una de las obras más famosas de la historia del cine. Son varios los motivos. En su posproducción se utilizaron novedosas técnicas de efectos digitales para montar la espectacular escena del hundimiento.

La película fue una de las producciones más costosas de Hollywood (200 millones de dólares) y se convirtió en el filme más taquillero hasta que, en 2010, fue superado por Avatar, otra realización de Cameron. Titanic obtuvo 11 premios Oscar de las 14 candidaturas que mereció ese año.

A pesar de su catastrofismo, la cinta es, ante todo, una bella e intensa historia de amor. Los acontecimientos del 14 de abril de 1912 son el telón de fondo que ambienta la entrega apasionada de los protagonistas: Jack y Rose. Todos los hechos reales recreados en el filme están subordinados al drama que viven estos dos personajes ficticios.

Cuando exhibieron Titanic por primera vez en los cines, mis amigas y yo fuimos no menos de tres veces. Para muchos de mi generación, el filme marcó un ideal amoroso. En ese entonces, no sabía mucho acerca del amor, pero sí estaba segura de que algún día sería amada como Rose.

Durante mi adolescencia y la primera etapa de mi juventud, esperé ansiosa la llegada del príncipe azul semejante a Jack, pero este nunca apareció. Como toda joven, tuve enamorados, pero ninguno llenó mis expectativas; algo sucedía y brotaba la desilusión.
Lo que narra Titanic es una historia de amor imposible, una relación que quedó en la primera fase: el deslumbramiento y la pasión. A veces me pregunto qué hubiese pasado si Jack no hubiera muerto; cómo sería su relación con Rose después de varios años. ¿Por qué la mayoría de los dramas y las comedias románticos no narran más allá del happy end?

El amor se presta para diversas interpretaciones. Muchas veces se vende en los medios de comunicación como un producto a veces sensual y otras superficial.

Como es propio de nuestra edad, los jóvenes perseguimos una pasión estremecedora. Por un tiempo, medimos nuestros sentimientos por las reacciones físicas que nos provocan. Es entonces cuando estamos enamorados, pero, desafortunadamente, en esos bellos momentos iniciales no conocemos a la persona elegida.

Pero cuando arriba el segundo aniversario y la confianza en el otro produce sentimientos más pausados, entonces pensamos que el amor se acabó. El primer indicador es la recurrida frase: Ya no siento lo mismo que antes.

La conclusión que he extraído en mi corta experiencia de vida, es que el verdadero amor no es un simple escalofrío. Nunca pensé que amar fuese tan difícil y que exigiese tantos sacrificios, preocupaciones y desvelos. Amar no debe quedarse nunca en la ilusión de un eterno idilio; debemos luchar por merecerlo y es ahí, en la constancia y dedicación, que se necesita la entrega amorosa.

El amor nace, pero también se construye. Debemos ser conscientes de que una relación tiene diversas etapas y cada una de ellas posee su encanto. Creo que es inocente pensar que en una relación de pareja siempre estamos en el mismo lugar. Lo importante es prepararnos para cada fase del amor.

Para quienes esperan construir una familia es un reto pensar el amor de manera diferente. No significa que no disfrutemos de la pasión propia e indispensable que provoca entregarnos espiritualmente a otra persona, todo lo contrario. La pasión es el primer momento del amor, es la puerta por la cual todos entramos en busca de la felicidad. Mas ella es solo el principio.

La pasión no se apaga, sino más bien se transforma; por ello, debemos estar siempre alertas, pensando juntos hacia dónde vamos y cómo deseamos nuestra relación. Lo que no debe faltar nunca es el respeto por la individualidad del otro.

El día de San Valentín lo festejamos desde diferentes ángulos. Gracias a Dios, cada uno de nosotros amamos y somos amados. Pero, sin duda, los amantes son los protagonistas del 14 de febrero. Este no debe ser, para aquellos que llevan varios años de casados, un día nostálgico, sino una oportunidad para agradecerle al Señor permanecer al lado de una persona especial, que me ha elegido a mí, tal como soy, para compartir su vida.

Visité recientemente a una persona cercana, y observé que su hija, de 14 años, veía Titanic. Aunque hoy no forma parte de mis películas preferidas, verla otra vez me recordó ese bello fragmento de la Biblia: El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona (Corintios 13, 4-5)… El amor nunca pasará… (Corintios 13,8).


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