Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Primer trimestre 2011

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La paz interior que trae el Rosario (I)

No obstante su carácter mariano, el Rosario es una oración centrada en la cristología, mediante la cual el pueblo cristiano aprende, a través de María, a experimentar el infinito amor de Jesús.
Por GISELLE GRASS

 

Mi devoción a María no vino aparejada al rezo del Rosario. Cuando era niña respeté a la Virgen por ser madre de Jesús y así, como me repetía mi querido sacerdote y catequista de entonces, saludar a Jesús, y después a la Virgen, porque cuando visitamos una casa particular, no dejamos de saludar a la madre del dueño. Eso hacía, como un cumplido, cada vez que penetraba en una iglesia.

Durante mucho tiempo reiteré esa costumbre hasta que fui mayor y descubrí a la Señora; ese descubrimiento aconteció gracias a la asistencia a las novenas de la Virgen de la Caridad del Cobre que se realizan tradicionalmente en mi comunidad.

Fue en ese tiempo que interioricé en la vida sencilla y silenciosa de María. Llegué a apreciarla más como mujer hasta comprender su sufrimiento; entonces conocí a la Madre.
Tuvo ese vínculo el mismo efecto que el de un flechazo encendido, pero aun así, todavía no me acomodaba mucho al rezo del Rosario; me resultaba entonces monótono y abrumador; hasta se me perdían las cuentas en la mano, unas veces me sobraban y otras no me alcanzaban. Al final, lejos de proporcionarme calma, me llenaba de ansiedad.

Fue con el tiempo que me acostumbré y, de tanto repetirlo, me entró suavemente en el corazón. Hoy debo confesar que me gusta el Rosario; resulta, para mí, la oración más milagrosa que existe y el instrumento más poderoso para atraer la paz interior que pueda concebir un ser humano.

Fue precisamente en su primera aparición a los tres pastorcitos (Jacinta, Francisco y Lucía) que la Virgen les dijo: Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo… Se trata, en verdad, de una oración orientada hacia la paz por el hecho mismo de que contempla a Jesucristo, Príncipe de la Paz.

El Rosario es la oración que más le agrada a María, y su importancia se realza en vista de la urgencia que afronta la humanidad de implorar a Dios el don de la paz.

Un ámbito de nuestro tiempo que requiere de la oración profunda es el de la familia, institución natural amenazada por fuerzas de diversa índole que atentan contra el futuro del género humano.

Como lo fue en mi caso son numerosos los católicos que hoy día no rezan el Rosario. Algunos alegan que, como tienen a Jesucristo en el centro de sus vidas, prefieren entenderse directamente con Él; otros confiesan que no se consideran marianos o muy devotos de la Virgen.

En cualquiera de esos casos creo que conviene primero acoger la petición de la Santísima Virgen de Fátima, la cual ha sido muy recomendada por santos y papas.
Vale la pena recordar al finado sumo pontífice Juan Pablo II, quien mostró el Santo Rosario como nueva luz de esperanza y guía preciosa para ir mar adentro. Fue él quien enriqueció nuestra vida de oración al agregar los cinco misterios de luz y presentar el Rosario como un encuentro con Jesucristo, y así poner nuestros proyectos y afanes bajo la mirada misericordiosa de Él y de su Santísima Madre.

El nombre de Rosario viene de rosa, porque es como una corona de rosas que le obsequiamos a la Virgen y con la cual perfumamos su corazón inmaculado. Algunos han llegado a compararlo también con la rosa náutica o rosa de los vientos, la misma que requiere el navegante para mantener el buen rumbo hacia puerto seguro, en especial cuando hay que viajar a contracorriente.

El Rosario es un compendio del Evangelio que nos hace volver los ojos hacia Jesucristo para recordar su encarnación y vida oculta (misterios de gozo), considerar los terribles sufrimientos de su pasión (misterios de dolor), festejar el triunfo de su resurrección (misterios de gloria) y exaltar su poder infinito al rememorar los momentos esenciales de su vida pública (misterios de luz).

Todo lo anterior de la mano de María, la primera creyente, quien siempre permaneció cerca de su Hijo. Por eso afirmamos que el Rosario es, no obstante su carácter mariano, una oración centrada en la cristología, mediante la cual el pueblo cristiano consigue aprender, a través de María, a contemplar la belleza del rostro de Jesús y a experimentar dulcemente su amor infinito.

El Rosario, oración mental, nos invita a meditar cada uno de los 20 misterios o hechos de la vida de Jesús a través de la experiencia de María.

Pero el Rosario es, igualmente, una oración vocal, pues en cada misterio se recitan un Padrenuestro, 10 Avemarías y un Gloria.

Juan Pablo II recomendaba, como clave eficaz para rezar adecuadamente el Rosario, la de relacionarlo con hechos o circunstancias de la vida personal, familiar y social.

Asimismo, como los hijos siempre serán pequeños ante los ojos de sus progenitores, seremos igualmente como niños ante la mirada misericordiosa de María, Madre de Dios y Madre nuestra.

Hagamos entonces como los niños y, de forma abierta y confiada, tratemos a la Madre manifestándole cariño, contándole nuestros anhelos, deseos, inquietudes y pesares.
De esta forma, nos sorprenderá cómo el Avemaría, que tantas veces hemos recitado, parece como si lo dijéramos por primera vez llevando a nuestro entendimiento su verdadero significado: alabanza a la maternidad divina. Su repetición, lejos de resultar aburrida, se convierte en expresión de amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada.

Esta vivencia íntima se debe enriquecer, además, con la proclamación del pasaje bíblico correspondiente a cada misterio, de modo que coloquemos al Rosario dentro de la escucha de la Palabra de Dios pronunciada para hoy y para mí.

También se recomienda que, después de enunciar el misterio y escuchar la Palabra, se espere un momento, ya que la escucha y la meditación se alimentan del silencio, y así aprovechar la ocasión para atender debidamente el misterio meditado.

El Rosario es una oración marcadamente contemplativa que exige un ritmo de reflexivo remanso, con el fin de revelar su insondable riqueza.

Los misterios se rezan en correspondencia con el día de la semana en que nos encontremos: lunes y sábado (misterios de gozo); jueves (misterios de luz); martes y viernes (misterios de dolor) y miércoles y domingos (misterios de gloria). Antes y después de cada misterio se suelen añadir algunas oraciones de acuerdo con la costumbre de cada lugar.

La Virgen, en su tercera aparición a los ya referidos pastorcitos, les dijo: Cuando recéis el Rosario, decid después de cada misterio: “Oh, Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas”.

 

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Juan Pablo II

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