No. 1 Enero - Marzo 2004

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EDITORIAL

 

¡Resucitó! ¡Resucitó! ¡Aleluya! ¡El Señor ha resucitado de entre los muertos! ¡Ha vencido a la muerte! Su victoria es nuestra victoria y es un día esplendoroso para toda la Iglesia; algunos llaman a la resurrección “la fiesta regia de todas las fiestas”.

Después de cuarenta días del tiempo cuaresmal, Jesús resucitado viene con nosotros y comenzamos un período de siete semanas más un día –semana de semana– para celebrar con gran júbilo en nuestros corazones la fiesta de Pentecostés. Pentecostés no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu Santo. Hay que insistir en que es la fiesta donde los cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo. Nos da la posibilidad de renovar nuestro interior e impulsarnos, una vez más, a ser testigos en medio de la realidad que nos ha correspondido vivir. Durante cincuenta días el Señor resucitado planta su cruz entre nosotros como nuevo árbol de vida, nos conduce a los pastos floridos del paraíso y nos llena el corazón de alegría.

Recordando en los tiempos, se hace necesario una vez más tener presente las palabras de aquel ángel, brillante en sus vestiduras, que al ver llegar a las mujeres que fueron a embalsamar el cuerpo de Jesús en la tumba, les preguntó: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” e inmediatamente les hace el anuncio de la resurrección de Cristo.

Durante este período se celebra la Pascua, tiempo de gracia durante el cual Jesús, en diferentes momentos se aparece a sus discípulos y a otras personas para dar fe de su victoria sobre la muerte.  Es un tiempo bello y propicio para dar testimonio de nuestras vidas, es el tiempo del nacimiento de la Iglesia de Cristo; es el tiempo en que, tomando como ejemplo a su discípulo Tomás, aprovecha para enseñar a todos que Dios es único y eterno y aunque no veamos, estamos llamados a creer en él y en toda su gracia; nos enseña a que la verdadera vida es la que él ha comenzado a vivir y nos ratifica su posición de estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Pentecostés es provechoso además para confirmarnos en la fe y con nuestra actitud diaria poder demostrar a los demás que nuestra Iglesia es más fuerte y unida gracias a este acontecimiento.

Como miembros de la Iglesia de Cristo es importante retomar la alegría y el entusiasmo de aquellos primeros cristianos, su compromiso con Jesucristo y con aquellos a quienes servían, y con su misma valentía proclamar el mensaje de fe dado por nuestro Señor.

Cuando decimos que Cristo vive, no lo decimos por repetir algo que se nos ha enseñado. Estamos diciendo algo que hemos sido capaces de comprender, de vivir con intensidad, de constatar con su resurrección. La cruz, muerte y resurrección de Cristo son hechos que sacudieron al mundo de su época y transformaron la historia de todos los tiempos. Cristo vive para siempre con el mismo cuerpo con que murió, pero este ha sido transformado y glorificado (Cf. Cor. 15:20, 35-45) de manera que goza de un nuevo orden de vida como jamás vivió un ser humano.

Hoy, la Iglesia Universal se enfrenta a un Pentecostés renovado. El hombre necesita renovar en su corazón la resurrección de Cristo y vivirla gracias al poder de Dios. Estamos invitados a vivir esta nueva vida de Cristo, su victoria es nuestra salvación y debemos hacerlo viviendo fielmente nuestra fe, con fortaleza, esperanza y la capacidad de amar. Los cristianos, movidos por el Espíritu Santo, vivimos en gracia de Dios y de este modo nos preparamos para nuestra vida eterna después de nuestra muerte.

Las familias estamos llamadas a vivir con intensidad el Pentecostés que llega a nuestros hogares dando muestras de la resurrección de Cristo, trabajando por la Iglesia que nos legó y defendiendo sus principios. Cuando Pentecostés se adentra en nuestros corazones, somos capaces de vencer obstáculos y dar paso a una vida nueva, a una vida alejada del pecado, a una vida digna y llena de sacrificios que cada vez nos permite estar más cerca de Jesús. Es en el marco familiar donde mejor y con mayor fuerza se puede vivir este acontecimiento cada año, cada día, cada minuto. Pentecostés no es sólo un hecho de un momento determinado, forma parte de nuestra vida diaria.

En este Año de la Familia, nos preocupa aún más el mejoramiento de las   familias cubanas en el orden espiritual, social y material. Estamos involucrados en un conjunto de acciones que, con la gracia del Espíritu Santo y movidos por Cristo Resucitado, los fieles daremos fe de un Pentecostés actualizado que nos impulsa a llevar a todos la Buena Nueva del mismo modo con que Cristo envió a sus apóstoles por todo el mundo. 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez