No. 2 Abril - Junio 2004

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CATÁLOGO FAMILIAR

 

Atribuciones

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ
(Parroquia de Santa Rita)

Las atribuciones, rótulos o etiquetas son papeles que asigna la familia a un miembro específico para que cumpla, en la dinámica del vivir, una función determinada. Este es un proceso inconsciente, o sea, no se tiene total control sobre él. No se sabe cómo y por qué a determinada persona le han colgado esa etiqueta. Aunque la etiqueta podría también ser autocolgada: asumimos el papel que los demás o las circunstancias nos han impuesto.  

Es conveniente advertir que no siempre las atribuciones son perjudiciales. Por ejemplo, cuando el niño es muy estudioso y los padres lo comparan con el abuelo, un famoso ingeniero, y le dicen al niño futuro ingenierito. Esta etiqueta no sólo estimula al pequeño sino actualiza la memoria del abuelo para bien de toda la familia.

Hay al menos tres condiciones, señala Boszormenyi-Nagy, en las cuales las etiquetas se tornan inadecuadas, dañinas para los miembros de la familia. Una es cuando el rótulo obstaculiza el desarrollo del individuo. En este caso, se lesiona la autoestima: el niño aprende a cumplir el papel impuesto aunque sea denigrante. Así, los padres llaman a uno de los hermanos el bruto y a otro el inteligente

Es una designación a priori; no existe motivo ni test alguno para decir este es el más bruto o el más inteligente: al que le tocó le tocó. El bruto, por mucho que haga, seguirá siendo bruto para sus padres y el resto de su familia, y si por casualidad empieza a ser inteligente en la escuela, la familia misma devaluará las buenas notas traídas a casa. El niño sufrirá mucho. Y es muy posible que ya de adulto un día venga a la consulta contando la triste historia de cómo pudo dejar de ser el bruto de la familia.

Otra condición es cuando la etiqueta se hace confusa, despista sobre la verdadera historia del individuo. Es el caso de las etiquetas de mártires o víctimas. La víctima se acompaña siempre de un victimario. Una persona se hace la buena para que otra, esposa o esposo, sea el malo de la película. Estos papeles, comienzan siendo un juego inocente, una queja esporádica, llegan a asumirse con tal realismo que si no hay problema, la víctima crea la circunstancia para la agresión del victimario.

Por último, está la condición de las etiquetas rígidas, que no permiten individuación, es decir, separar el rótulo de la vida de la persona, y haga lo que haga se seguirá comportando como indica la etiqueta que es. En el caso del bruto de la casa, aunque llegara a excelente ingeniero nunca alcanzaría al abuelo. O la víctima cuya vida transcurre en la soledad más absoluta, porque todo el mundo le ha vendido el cajetín, pero entonces los malos son, además de los familiares, los vecinos, los del puesto de viandas, el cura de la Iglesia o los feligreses.

Existen tres tipos de rótulos a las cuales los especialistas dedican mucho interés por el daño que provocan en la convivencia familiar. Son estas las atribuciones de enfermedad o ineptitud, las de maldad o mezquindad, y las de demencia o anormalidad.

Cuando en una conversación de familia aparece el enfermo, el incapaz, el malvado o egoísta, el demente o el anormal de forma recurrente, y esto se utiliza para llamar la atención, en el fondo se limitan los derechos y libertades de esa persona. Eso  sucede sin razonar; como por broma decimos fulano es el bueno y mengano el malo, o fulanita la saludable y menganita la enferma. Sin percatarnos, y casi siempre sin desearlo, marcamos una vida a perpetuidad.            

Pero la etiqueta puede ser cambiada haciendo consciente su arbitrariedad; saber que a través de ella se está condenando a una persona al no cambio, a no mejorarse. La familia pudiera ser el ambiente más idóneo para que, sin rótulos de ningún tipo, el individuo llegara a ser él mismo.   

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez