No. 2 Abril - Junio 2004

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Maduración en  la fe  del niño (I)

Padre Fernando de la Vega

 

Qué sabemos sobre el proceso por el que los niños se hacen hombres responsables, por el que las respuestas –en palabras o en acciones- adquieren los rasgos de la libertad, y especialmente, sobre el proceso por el que pasa la fe del niño al convertirse en adulto? Las fases evolutivas del niño constituyen un campo de investigación privilegiada de la sicología. Vamos a intentar señalar, al menos elementalmente, cuáles serían las fases del proceso de maduración, humana y religiosa por el que todos pasamos.

Durante las primeras semanas de nacido, el niño estabiliza sus funciones vegetativas y según la opinión más confiable, no es hasta la quinta semana que comienza a reconocer su entorno, mediante la vista y el oído fundamentalmente. Luego comienza a tocar y a coger y elabora una serie de modelos motores y sensoriales que, en cierta medida le acompañarán en las futuras experiencias. Son la semilla del comportamiento del adolescente, joven y adulto.

En esa misma época comienza a desarrollarse una relación social; reconoce a su madre y le sonríe, comprende sus gestos y expresiones, así como los del resto de las personas que le resultan familiares. Después del noveno mes, comienza a manejar ordenadamente los objetos y a combinarlos entre sí. Se muestra receptivo ante los sentimientos de los demás, los capta y reacciona ante el “público” se muestra asustado y temeroso ante los extraños y en situaciones nuevas. Comienza a fijarse en los mayores y trata de imitarlos.

Comenzarán  luego otras fases biológicas, tenerse en pie, dar los primeros pasos, y balbucir las primeras palabras, y hacia el final del segundo año se muestra como un ser que piensa. Dando un salto en el tiempo, podemos aseverar que entre los seis y los nueve años se abre ante el niño un mundo nuevo, más amplio que el de la familia y distinto de él. Todo ello lo va a llevar a concentrarse en sí mismo por un tiempo no muy largo que desemboca en un período de actividad, de contactos con el entorno –personas y cosas-  y da la sensación de estar superándose a sí mismo constantemente.

Hasta los nueve años, siempre tiempo aproximado, el niño se concentra más en sí mismo que en los demás, pero a partir de esa edad se manifiesta en él la autodeterminación y la autocrítica. Comienza a saber y manifestar lo que quiere y a priorizar personas, situaciones y cosas, a eso vulgarmente se le llama, manifestar sus gustos. Su trato con los adultos será decisivo en esta etapa para conocer qué es lo correcto. A partir de ahí, las capacidades intelectuales se desarrollan rápida y definitivamente en  el niño. A los trece años es extravertido y locuaz y de repente y de forma brusca, pasa a una actitud contraria, se repliega sobre sí mismo. Va a entrar en la adolescencia.
Todo lo que antecede está en cualquier manual que trate sobre la conducta del niño en los doce o trece primeros años de su vida. Por supuesto hay excepciones en cuanto a fechas y comportamientos, pero esta es la norma general, la pregunta ahora es, ¿qué sucede con su vida religiosa? “Por qué nuestras catequesis se “vacían” precisamente al llegar nuestros catecúmenos a los doce o trece años?
Volvamos un poco atrás. Al llegar a la edad de cuatro o cinco años, el niño comienza a hacer preguntas, quiere saber de dónde vienen las cosas y quién las ha hecho. Entre las preguntas obligadas están las relacionadas con la creación del mundo y el origen del hombre, un poco más adelante se planteará el problema del mal. En nuestro ambiente cristiano, la respuesta obligada es apelar a Dios. La religión va a entrar en el niño a través del entorno social. En consecuencia, la calidad de la religiosidad del niño dependerá del influjo de los adultos que lo rodean, generalmente las abuelas y abuelos.

Muy poco sabemos de la vida religiosa de los niños pequeños. Ordinariamente el niño se introduce sin resistencia en la atmósfera religiosa. Asimila frases y costumbres sin el soporte de su experiencia personal, y dada la inclinación del niño de imaginar todo de la forma más concreta posible, la narración de historias bíblicas es preferible, a esta edad, que  las explicaciones del catecismo. El auténtico sentimiento religioso no aparecerá hasta los nuevo o diez años de edad. Antes de ese momento, los niños deforman necesariamente todo lo que se les dice, conciben a Dios a su manera, con una especie de antropomorfismo cándido e ingenuo.

En el inicio de este artículo  hablamos de proceso de “maduración”. Madurez es un concepto originariamente biológico, y efectivamente, el desarrollo del niño depende en parte de factores biológicos y es por  ello que presenta una cierta uniformidad que permite hablar de fases. Sin embargo, el desarrollo está también condicionado por el aprendizaje y la experiencia. Esta experiencia surge del entorno social donde el niño se mueve y cuyas personas –padres, abuelos, hermanos mayores- que serán su modelo.

En un medio familiar no religioso, como es el caso en la mayor parte de nuestras familias, los abuelos intervienen y trasmiten tradiciones y valores,  muchas veces ingenuos o mezclados con religiosidad popular y sincretismo. Pero no se trata sólo de las personas que rodean al niño, la escuela,  el barrio, los medios de comunicación, especialmente la televisión, son elementos que van a intervenir activamente, y evidentemente, no son favorables a la formación religiosa. Van a dar otra explicación, van a mostrar otros patrones de conducta y otra escala de valores.

 

Madurez es un concepto
originariamente biológico y,
efectivamente, el
desarrollo del niño
depende en parte de factores biológicos y es por  ello que
presenta una cierta uniformidad que permite hablar de fases

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez