No. 2 Abril - Junio 2004

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Familia en el Simposio

El papel de la familia cristiana en la edificación de una sociedad sana

Gonzalo Duarte García de Cortázar ss.cc.
Obispo de Valparaíso, Chile
Responsable de la Sección Familia y Vida del CELAM
La Habana, 29 de enero de 2004.

 
1.- Con mucha alegría he aceptado la invitación que me hiciera el señor Cardenal Arzobispo de La Habana, Mons. Jaime Ortega Alamino, a partici­par en este Simposio sobre la Familia, que auspi­cia la Arquidiócesis de La Habana conjuntamente con la Comisión Episcopal de la Familia de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

2.- He sido invitado a este encuentro de herma­nos y amigos en mi calidad de Responsable de la Sección Familia y Vida del Consejo Episcopal Lati­noamericano y del Caribe (CELAM). Pero en ver­dad quiero llegar a ustedes sólo como un hermano en la fe, que he tenido la dicha de nacer en un hogar profundamente católico, en el cual nació mi vocación sacerdotal, vivida alegremente durante 36 años, gracias a Dios y a la Virgen Santísima.

3.- Al comenzar esta intervención me alegra trasmitirles los cordiales saludos que personal­mente me diera para ustedes el señor Presidente del CELAM, Cardenal don Francisco Javier Errá­zuriz, Arzobispo de Santiago de Chile. El me mani­festó su alegría por la invitación a un representan­te de ese Consejo Episcopal a participar en el pre­sente Simposio, y les desea las mejores bendiciones del Señor en sus trabajos y afanes apostólicos.

4.- El lema del Encuentro, "Familia Cubana, abre tus puertas a Jesucristo", nos trae a la mente y al corazón la juvenil figura del recién ele­gido Santo Padre Juan Pablo n, quien, dirigiéndo­se por primera vez a la Iglesia y al mundo, decía, en aquel memorable 16 de octubre de 1978: "No tengan miedo. Abran las puertas a Jesucristo". Empezaba en aquel momento el Papa un servicio pastoral que lleva ya 26 años. Hoyes un Papa an­ciano y enfermo, que sigue alzando, con vigor y convicción, su voz para que volvamos a abrir las puertas del corazón, de la Iglesia y del mundo a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, cuyo Evange­lio es la única luz que puede dar el verdadero sen­tido a nuestra vida, al caminar de nuestra Iglesia y a los destinos del mundo.

5.- El mensaje evangélico "ha de ser proclama­do en toda su integridad y belleza, sin dejar de la­do sus exigencias y teniendo presente que la Cruz forma parte del camino de Cristo y del que reco­rren sus discípulos", decía el Papa a los Obispos de Cuba en su última Visita "Ad limina" .Y conti­nuaba: "Guiados por el único Maestro que tiene "palabras de vida eterna" (Le. 6, 68), los hombres y mujeres de Cuba han de saber encontrar un sentido renovado y trascendente para sus vidas, acogiendo el amor divino y viendo có­mo se abren ante ellos tantas posibilidades de realización personal y social." (Juan Pablo n, 6 de julio de 2001).

6.- Al comenzar este Simposio acerca de la Fa­milia, como hermano en la Fe los invito nueva­mente a "acoger el amor divino", y verán cómo se les abrirán "tantas posibilidades de realización personal y social", como dice el Papa.

7.- En el desarrollo del Encuentro tendremos exposiciones desde la perspectiva de la Antropolo­gía Filosófica, de la Historia y del Análisis socioló­gico, de la Sagrada Escritura y la reflexión teológi­ca y desde otras perspectivas, todas necesarias para comprender con lucidez el mundo en que vivi­mos y el mensaje evangélico. Pero como hombres y mujeres de Fe y Esperanza cristianas, debemos empezar poniéndonos en la perspectiva que le da el sentido justo y verdadero a todas las demás: la del "amor divino" acogido como "don" inmerecido y gratuito.

8.- Uno de los grandes dones con que el Señor nos ha bendecido es la familia. La Iglesia la entiende como una comunidad de vida y amor fundada sobre el vínculo indisoluble del matrimonio, libremente contraído, pública­mente afirmado, y que está abierta a las trans­misión de la vida (Cf. "Carta de los Derechos de la Familia", Preámbulo).

9.- Su origen está en Dios mismo. En esa Familia Eterna que es la Santísima Trinidad, "misterio central de la fe y la vida cristiana ... fuen­te de todos los otros misterios de la fe ... luz que los ilumina" (Cat. Igl. Cato 234).

La Santísima Trinidad es una comunidad de Personas Divinas que se conocen, se contemplan, están en íntima y permanente comunión de amor y tienen un Proyecto común: la felicidad del hombre y de la mujer, creados por Dios mismo a su "imagen y semejanza" por amor y para el amor. La ­Santísima Trinidad es no sólo el origen último de la familia, sino también su modelo más perfecto. Por eso para hablar de la familia tenemos que em­pezar por poner nuestros ojos y nuestro corazón en la Familia Eterna de Dios.

10.- Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios se hace presente. en nuestra historia. Y no lo hace viniendo en g1<?ria y majestad, sino naciendo "de mujer", en una familia común y corriente, a los ojos de sus paisanos: la Santa Familia de Belén y Nazaret. Nace como Jesús, "el hijo del carpintero", "el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón" (Mt. 13, 55; Mc. 6, 3).

Estos textos evangélicos, impresionantes en su sencillez, nos señalan claramente la opción de Dios por la familia. Desde la Encarnación de Jesús en las entrañas purísimas de la Virgen Ma­ría y desde su Nacimiento pobre y humilde en Be­lén, Dios ha consagrado para siempre la vida de familia y la ha señalado como "el camino de Dios" para la humanidad .. Por eso la Iglesia considera a la Sagrada Familia "como maravilloso ejemplo" que Dios ha puesto "a los ojos de su pue­blo", y pide "que imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo" (Oración de la Misa de la Fiesta de la Sagrada Familia).

11.-"La íntima comunidad de vida y amor ­que es la familia- se establece sobre la alian­za del matrimonio ... un vínculo sagrado ... que no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (Gaudium et 8pes 48,1). La vocación al matrimonio se inscribe en la natu­raleza misma del hombre y de la mujer, según sa­lieron de la mano del creador. Y el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absolu­to e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno a los ojos del Creador  (Cf. Gen. 1, 31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. "Y los bendijo Dios y les dijo: 'Sed fecundos y multiplicaos, y lle­nad la tierra y sometedla' (Gen. 1,28)" (Cat. Igl. Cato 1603 y 1604)

12.-"En su predicación, Jesús enseñó sin ambi­güedad el sentido original de la unión del hombre y de la mujer tal como el Creador la quiso al comien­zo ... indisoluble: 'Lo que Dios unió, que no lo se­pare el hombre' (Mt. 19,6)" (Cat.Igl.Cat. 1614). Y no puede ser de otra manera, ya que para el cris­tiano el matrimonio, su matrimonio, es signo ­"sacramento"- de otro amor más grande que la Iglesia y el mundo necesitan conocer: el Amor de Dios por su Pueblo; el amor de Jesucristo, el Esposo, por su Esposa la Iglesia.

13.- Esta íntima comunidad de vida y amor es bendecida por Dios con el don de los hijos, que vienen a alegráry acrecentar la familia y la Iglesia. Los hijos son de Dios, quien los confía a los padres para que los acojan con amor, los eduquen y los orienten a "seguir a Jesús", ya que ésta es la vocación primera del cristiano (Cf. Mt. 16,25). Es ésta, sin duda, una hermosa y tremenda responsa­bilidad que el Señor encomienda a los padres, y que r-equietepor parte de ellos un gran espíritu de Fe y de Aniar y una inmensa capacidad de des­prendimiento (Cf. Lc. 2, 46-50, relato del niño Je­sús perdido y hallado en el Templo). "Sin embargo, los esposos á los que Dios no ha concedido tener hijos pueden' llevar 'una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de aco­gida y de sacrificio" (Cat.Igl.Cat. 1654).

14.- La familia cristiana, así entendida, está llamada a ser "iglesia doméstica", "en la que los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores y educadores de la fe con su palabra y con su ejemplo". Y así las familias se conviertan, en este mundo nuestro, inhumano y hostil a la fe, "en faros de una fe viva e irradiado­ra" (Pont.Cons.Familia, "La familia cristiana: una buena nueva para el tercer mileni.o", Pág.32).

15.- Esta es, sucintamente, una breve exposi­ción de la Fe y de la doctrina de la Iglesia sobre la familia. Representa ciertamente un ideal grande y hermoso, que nunca ha sido fácil cumplir, y que en este mundo nuestro, complejo y desorientado, se hace muy difícil. Todos conocemos familias, muy cercanas incluso a nuestro corazón y a la Iglesia, que por razones frecuentemente muy dolorosas no han podido ser fieles a este ideal evangélico. Hay también muchísimas personas que no conocen la doctrina de la Iglesia. Otras a las cuales no les interesa. Y otras que la rechazan y denigran combativamente. Sin embargo, debemos seguir proclamando con fuerza y convicción, y cier­tamente también con respeto, el "evangelio", la "buena noticia" del matrimonio y la familia tal co­mo Cristo nos lo enseñó y la Iglesia lo predica. La Iglesia, como madre que es, debe acoger con cariño y misericordia a sus hijos en proble­mas y a cuantos pidan su cuidado y atención. Pero no puede renunciar a la fidelidad y a la proclamación íntegra de la fe y la moral evangélicas.

16.- Dicho esto, ¿cuál debe ser el papel de la familia cristiana en la edificación de una so­ciedad sana?

17.- El principal servicio que la Iglesia hace al mundo es la predicación de Jesucris­to como Señor de nuestras vidas, de la Igle­sia y de la Historia. "Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el cen­tro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última" nos dice Juan Pablo II (Nov.Mill.In. 5). La proclamación íntegra del Evangelio, con todas sus implicancias espirituales, éticas y sociales, es no sólo un deber de la Iglesia. Es también. su g07..o y alegría. Y es, repitámoslo, el primer servicio que la Iglesia debe prestar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a fm de ayudarles en la búsqueda del sentido de la vida, con sus gozos y alegrías; de la muerte, culminación de la vida para el creyente; de la historia, con todo lo que ello implica de cons­trucción dt1 un mundo mejor, más humano, más grato, más amable y justo para todos, en el que seamos todos constructores de paz, esa paz, la úni· ca, que se fundamenta en la verdad, la justicia, el amor, la libertad y el perdón

18.- Pero, bien lo sabemos, no basta con procla­mar a Jesucristo. "Los hombres de nuestro tiempo -nos dice el Papa- quizás no siempre cons­cientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo 'hablar' de Cristo, sino en cierto modo hacérselo 'ver'. ¿Y no es acaso -continúa el Papa­cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer tam­bién su rostro ante las generaciones del nuevo mi­lenio?" (Nov.Mill.In. 16).

Hemos llegado a un tema importante en la vida de los creyentes y en la acción pastoral: la coherencia de vida y el testimonio. "Se ha re­petido frecuentemente en nuestros días -nos decía Pablo VI- que nuestro mundo tiene sed de autenti­cidad. Sobre todo con relación a los jóvenes, se afir­ma que éstos sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad. Tácitamente, o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creen verdaderamente en lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican lo que viven? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una con­dición esencial con vistas a la eficacia real de la predicación" (Ev. Nunt. 76).Este conocido texto del Papa Pablo VI sigue siendo tremendamente ac­tual. Nuestro mun,do, y particularmente nuestros jóvenes, más que escuchar a maestros quieren ver a testigos. No a personas que digan o hagan deter­minadas cosas, sino que vivan coherentemente con sus valoreé. En el caso de los creyentes, que viva­mos como Je'sús: en el espíritu y el estilo de Jesús en nuestras diferentes vocaciones y servicios al mundo y a la Iglesia.

19.- Y de inmediato se nos plantea el gran tema de la vida cristiana y de la pastoral: la santidad. "No dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad". "Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral". "Poner la pro­gramación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias" (Nov. Mill. In. 30 y 31).

20.- En su Carta Apostólica "Novo Millennio Ineunte", el Papa Juan Pablo desafía a los cristia­nos y a las iglesias a "hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión", y pone esto como urgencia si queremos ser fieles al designio de Dios y a las esperanzas más profundas de los hombres y mujeres de hoy. Para ello, antes que nada debemos "promover una espiritualidad de la comu­nión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano". Esta espiritualidad implica "una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trini­dad que habita en nosotros"; "la capacidad de sen­tir al hermano de fe ... como uno que 'me pertene­ce'; "saber 'dar espacio' al hermano, llevando mu­tuamente las cargas de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos ace­chan" (No. 43).

21.- Nuevamente nos hacemos la pregunta: ¿cuál debe ser el papel de la familia cristiana eIlla construcción de una sociepad sana?

22.-"La familia cristiana: una buena nueva para el tercer milenio". Este fue el tema y el lema del último Encuentro Mundial de las Fami­lias, que se realizó hace justamente un año en Ma­n.lla. Esta idea-fuerza me parece muy apropiada­mente orientadora para responder la pregunta que nos hemos venido planteando y cuya respuesta de alguna manera hemos preparado con las reflexio­nes precedentes. El principal aporte, en efecto, de la familia cristiana en la construcción de una socie­dad sana es ser ella misma, en su ser y en su vida, ''buena noticia". Y lo será si tratar de vivir y pro­clamar su ser y su vocación de familia según el Evangelio. "Familia sé lo que eres!" clamó el Papa en la "Familiaris consortio" (F.C. 17). Y ha seguido repitiend,o este clamor y llamado por el mundo entero.

23.- La santidad de la familia es el primer aporte de la familia cristiAna a una sociedad sana.
La familia cristiana se funda en el sacramento del matrimonio, el cual no sólo santifica los co­mienzos de la vida matrimonial, sino que, renova­do cada día en la fe y en la caridad, va sanando, perfeccionando y elevando el amor de los esposos con la gracia especial del sacramento. Así, "Jesucristo permanece con ellos para que con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella"("La familia cristiana: una buena nueva para
. el tercer milenio", Pág.38).

. "La vocación universal a la santidad está dirigi­da también a los cónyuges y padres cristianos", quienes, al tratar de vivirla, con la gracia de Dios, en el día a día de sus vidas, se convierten en verda­deros Testigos del "Evangelio de la familia", signos vivientes, en medio de las realidades tempo­rales, del Amor de Cristo por su Iglesia. Debe, en realidad, verse que los esposos cristianos se aman, se comprenden, se ayudan y, sobre to­do, llegado el momento de la tentación, de la duda o de la crisis, están dispuestos a otor­garse la prueba máxima del amor que es el perdón.

Gracias a Dios "en nuestra época, como en el pasado, no faltan testigos del 'evangelio de la fami· lia', aunque no sean conocidos o no hayan sido pro­clamados santos por la Iglesia. Es sobre todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se confia el tesoro de la familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a través de la familia han encontrado el cami­no de la vocación humana y cristiana, la dimensión del 'hombre interior', de que habla San Pablo, y han alcanzado así la santidad" ("La familia cristia­na: una buena nueva para el tercer milenio", Pág. 40).

24.- La familia así constituída es Santuario y Servidora de la vida. Este es un aporte impor­tantísimo, sobre todo en nuestro tiempo. Los espo­sos cristianos están llamados a comunicar genero­samente el don de la vida que de Dios han recibido y así enriquecer a la Iglesia y a la sociedad con nuevos hijos y nuevos ciudadanos.

La vida debe ser respetada desde el momento de la fecundación hasta su fin natural, y en este sentido la familia cristiana debe aportar a la sociedad el testimonio de que toda vida es bendita y debe ser acogida y cuidada con amor. Incluso cuando llegan niños con limitacio­nes o discapacidades; o cuando hay enfermos que no tienen curación desde el punto de vista huma­no; o los abuelitos ya mayores y muchas veces en­fermos. El ideal es que -en la medida de lo posible­todas estas personas sigan viviendo al interior de la familia, a fin de que todos sus miembros, gran­des y pequeños, aprendan en la vida diaria el ejercicio' de la solidaridad, el espíritu de servicio, el valor humano y sobrenatural del sufrimiento y, finalmente, el sentido de la muerte.

El estilo de vida así descrito ayuda, también, a que los hijos crezcan en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sen­cillo y austero, convencidos de que el hombre y la mujer valen más por lo que son que por lo que tienen.

El testimonio de familias cristianas com­prometidas en su misión de ser Santuarios y Servidoras de la vida, ayudará enormemente a ir creando en nuestra sociedad una verda­dera "Cultura' de la Vida", que contribuya a hacer más humano y más amable para todos el mundo en que nos toca vivir.

25.- La familia cristiana es casa y escuela de comunión y núcleo y fuente del bien social. Es, en efecto, una comunidad de amor, el que se manifiesta en la gratuidad de las relaciones persa· nales y en el don de sí mismo que deben hacer to­dos sus miembros, empezando obviamente por los esposos y padres, de quienes los hijos aprenden. Se crea, así, una vida en "comunión", que es Escuela de sociabilidad en la que se aprenden las más importantes virtudes humanas, entre las que se pueden destacar "la ternura, el perdón, el respe­to, la fidelidad, el servicio desinteresado, la abne­gación, el dominio de sí". Es, también, como ya diji­mos, el "medio natural para la iniciación en la soli­daridad y en las responsabilidades comunita­rias"(Cf. Cat.IgI.Cat. 2223 y 2224).

Como hermosa consecuencia de esto, "de cara a una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y deshumanizadora, con los resultados negativos de tantas formas de 'evasión' -como son, por ejemplo, el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo- la familia posee y comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al hom­bre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de inserirlo activamente con su uni­cidad e irrepetibilidad en el tejido de la socie­dad" ("La familia cristiana: una buena nueva para  el tercer milenio" Págs. 64-65).

Otro desafio hermoso e importante para las fa­milias es preocuparse y acoger a los "sin fami­lia", que en nuestro tiempo aumentan cada vez más como consecuencia de pobrezas, enfermeda­des, psicológicas incluso, y sobre todo como resulta­do de un mundo con estructuras sociales y econó­micas inhumanas, en que muchas veces el hombre y la mujer son sólo un número, y a veces ni eso. Esto es particularmente grave en el caso de niños, ancianos, enfermos y discapacitados. No siempre será posible acogerlos en la propia casa, pero sí es posible que las familias cristianas se organicen para ser efectiva la solidaridad, y no considerar que ésta es sólo responsabilidad del Estado. Por lo demás, por muy eficiente que el Estado sea, no tie­ne "rostro humano". Éste sólo puede ponerlo el hombre y la mujer que ven en todos, y especial­mente en los más necesitados, a un hermano o her­mana, rostro viviente de Jesús.

26.- Pero la solidaridad y la sociabilidad no pueden quedar circunscritas sólo al inter­ior de la familia, sino que tienen que mate­rializarse a nivel social mediante formas de participación social y política, a través de las cuales la familia obtenga el resguardo de sus dere· chos y pueda llevar a cabo su ineludible obligación de contribuir a la edificación de un mundo más justo, más solidario, más libre y más humano para todos.

En este sentido la familia tiene derechos malie· nables, que debe conocer, promover y defender pa­ra contribuir a la edificación de una sociedad sana. Estos fueron pública y solemnemente maDÜesta· dos por la Iglesia en la "Carta de los Derechos de la Familia" (Santa Sede, 22 de octubre de 1983), que en sus disposiciones principales establece:

a) "Todas las personas tienen el derecho de elegir libremente su estado de vida y por 10 tanto a contraer matrimonio y establecer una familia o a permanecer célibes" (Art. 1).

b) "Los esposos tienen el derecho inaHenable a fundar una familia y decidir sobre el intervalo en­tre los nacimientos y el número de los hijos a pro· crear ... ." (Art. 3).

c) "La vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la
concepción" .

"El aborto es una directa violación del derecho fundamental a la vida del ser humano" (Art. 4).
d) "Los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educar a sus hijos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos".
"Tienen el derecho de educar a sus hijos confor­me a sus convicciones morales y religiosas".
"Tienen el derecho a elegir libremente las es­cuelas u otros medios necesarios para educar a sus hijos según sus conciencias" .

"Tienen el derecho de obtener que sus hijos no sean obligados a seguir cursos que no están de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas. En particular la educación sexual, que es un dere­cho básico de los padres".

"Los d~rechos de los padres son violados cuando el Estado impone un sistema obligatorio de educa­ción del que se excluye toda formación religio­sa" (Art. 5)

e) "Cada familia tiene el derecho de vivir libre­mente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la dirección de los padres, así como el derecho de pro­fesar públicamente su fe y propagarla, participar en actos de culto público y en los programas de instrucción religiosa libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación" (Art. 7).

f) "La familia tiene el derecho de ejercer su función social y política en la construcción de la sociedad" (Art. 8).

g) "Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por par· te de las autoridades públicas en el terreno jurídi­co, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna"
(Art. 9).

h) "Las familias tienen derecho a un orden social y económico en que la organización del tra­bajo permita a sus miembros vivir juntos, y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y estabilidad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento".

"La remuneración por el trabajo debe ser sufi­ciente para fundar y mantener dignamente a la familia ... y debe ser tal que las madres no se vean obligadas a trabajar fuera de casa en detrimento de la vida familiar y especialmente de la educación de los hijos".

"El trabajo de la madre en casa debe ser recono­cido y respetado por su valor para la familia y la sociedad" (Art. 10).

i) "La familia tiene derecho 'a una vivienda decente, apta para la vida familiar, y proporciona­da al número de sus miembros ... " (Art. 11).

j) "Las familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras fami­lias" (Art. 12).

27.- Quisiera, finalmente, señalar dos aportes más que me parecen importantes en la edificación de una sociedad sana y en los cuales a la familia cristiana le compete un papel relevante. Me refiero a la misericordia y la alegría,

28.- Hace poco le escuché a un hermano Obispo decir que en este mundo nuestro "todo se permite y nada se perdona". Lo deCÍa a propósito de la públi­ca condena que los medios de comunicación haCÍan de una person~ muy conocida que había sido sor­prendida en acciones reñidas con la moral sexual, acciones que esos mismos medios consideraban tranquilamente como "opciones válidas" en una sociedad liberada de tabúes.

Los hombres y mujeres de hoy piden y exigen justicia, y es bueno que así sea. Nosotros debemos jugarnos por la justicia. Pero hay situaciones tan complejas y difíciles en que la justicia no basta ni sana.

Pienso que una de las actitudes que nuestro mundo espera de la Iglesia es la misericordia y la comprensión ante el pecado y la debilidad humana. Esta actitud profundamente evangélica, que brota de lo más íntimo del corazón traspasado de Cristo, no puede ser entendida y aceptada sino en el contexto de la Fe, y se aprende en primer lugar en la familia, donde todos se conocen dema­siado bien, con sus cualidades y defectos, y deben aceptarse, perdonarse y manifestarse reCÍproca­mente misericordia. Sólo asi iremos constru­yendo una Iglesia que sea, como la Virgen Santísima, "Madre de misericordia" y podre­mos contribuir poderosamente a la humanización de la sociedad.

Hay una situación muy frecuente y muy doloro­sa en la vida familiar de nuestro tiempo freQ,te a la cual el Papa nos ha llamado a la práctica de la mi­sericordia. Me refiero a los "divorciados casados de nuevo" (Cf. "Familiaris Consortio" 84). "En unión con el Sínodo -dice el Santo Padre- exhorto viva­mente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procu­rando con solícita caridad que no se sientan sepa­rados de la Iglesia, pudiendo y aún debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida ... La Igle­sia rece por ellos, los anime, se presente como ma­dre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza". Sin embargo, recuerda el Papa, mientras dure la situación que objetivamente con­tradice la Ley de Dios, no pueden acceder a los sa­cramentos ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales.

29.- Poco antes de partir a este Simposio, un matrimonio amigo, que hace no mucho tiempo es­tuvo en Cuba, ambos profesionales comprometidos con la Iglesia, me enviaron un correo para contar­me su experiencia en este país. Y me deCÍan: "Con mucha humildad queremos contarle la impresión que, como familia, nos formamos de la gente de Cuba, de su Iglesia, de la familia. Aunque es un
país con mucha pobreza, es maravilloso. Su gente es encantadora. Pareciera que genéticamente fue­ran alegres, bulliciosos, pacientes, amorosos, con­fiados, llenos de esperanza, de una esperanza mis­teriosa que a lo mejor ellos mismos no saben explicar.

Esta es la impresión primera y principal que tienen los extranjeros al conocerlos a ustedes. Y qué aporte más hermoso y eficaz a la edifica­ción de una sociedad sana que la alegría.

. A esta alegría hay que darle sentido y conteni­do. Y a los creyentes éstos nos sobran:

"Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca. No se angustien por nada, y en cualquier cir­cunstancia, recurran a la oración y a la súpli­ca, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Je­sús" (Filipenses 4, 4 a 7)
¡Muchas gracias por haberme permitido dirigir­me a ustedes!

¡Muchas gracias!

Bibliografía
"Evangelio Nuntiandi", Pablo VI "Familiaris Consortio", Juan Pablo II "Novo Millennio Ineunte", Juan Pablo II
Discurso del Santo Padre a los Obispos de Cuba en Visita "ad Limina", 6 de julio de 2001
"Catecismo de la Iglesia Católica", especialmente Nos. 525 a 534, 1655 a 1658 y 2201 a 2233
"Carta de los Derechos de la Familia", Santa Sede
"La familia cristiana: una buena nueva para el tercer mile­nio", Pontificio Consejo para la Familia
"La familia, célula de la sociedad desde la pastoral", Pbro.
Jaime Humberto Henao (CELAM)
"La familia, escuela de solidaridad",.Pbro. Jaime Humberto Henao (Colección Iglesia en América)
"La familia y la vida en América Latina en el inicio del ter­cer milenio". Elementos para una ponencia. Pbro. Fernando Rojas Silva (CELAM)
"Familia e Iglesia". Ponencia de Catalina Larraín, Orienta­dora Familiar, en el XX Congreso Interamericano de Educación Católica, enero 2004, Santiago de Chile.

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez