No. 1 Enero - Marzo 2004

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A UN AÑO DE SU PARTIDA.

Lic. Roberto Lorenzo Cortés Saínz

 

Era la mañana del día 20 de Marzo del año 2003. La Catedral de Los Teques y todos sus alrededores estaban inundados de personas. Se efectuaba una solemne ceremonia. Era la Misa de Exequias de Mons. Eduardo Boza  Masvidal.

En el marco de esta solemnidad, hicieron uso de la palabra varios obispos, pero quiero comenzar esta reflexión comentando parte de lo que expresara Mons. Emilio Aranguren, Obispo de Cienfuegos, Cuba y Secretario de la Conferencia Episcopal., al finalizar su alocución: “ ...Hoy es 20 de Marzo, último día de la estación del invierno, cae en tierra venezolana, la semilla del cuerpo de Mons. Boza. Ya mañana es primavera y todos esperamos que comience a ser fecunda. Esta es nuestra esperanza...”

Pienso que Dios quiso de esta forma sellar aún más, los vínculos que unen a las patrias de Martí y Bolívar, permitiendo que un ilustre hijo suyo muriera en esta tierra que tanto amó, y que, como él mismo expresara en una ocasión: “..... todos conocemos esa canción que dice: “cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón”, yo creo que si algún día salgo de Venezuela dejaré también aquí enterrado mi corazón...”, y la profecía se cumplió de forma total.

Su féretro estaba cubierto con las banderas de Cuba y Venezuela. Durante la procesión hacia la cripta funeraria se entonaron los himnos de Cuba y Venezuela; obispos, sacerdotes y fieles cubanos y venezolanos, lloraban tan sensible pérdida.

Y mientras esto ocurría, yo meditaba, y dentro de mí surgía una pregunta, no exenta de inconformidad, ¿por qué todo tuvo que ser así? Él, que había sido elegido obispo para Cuba, desarrolló su ministerio episcopal durante 38 años en Venezuela.

Días después en casa, conversando con mi esposa, respondíamos ambos esa pregunta, con otra pregunta: ¿qué hubiera sido de todo ese exilio cubano de los primeros años sin la presencia, guía y apoyo de su “Padre Obispo”?

Y es cierto, desde el mismo momento de su destierro, decide entregarse en cuerpo y alma por trabajar y luchar por sus tres amores, como bien dijera Mons. Ovidio Pérez, Arzobispo-Obispo de Los Teques: su amor a Cuba, su amor a la Virgen María de la Caridad y su amor a la Iglesia.

Visita a los cubanos en Brasil, Colombia, Panamá, Honduras, Costa Rica, República Dominicana, Puerto Rico, España y muchas ciudades de los Estados Unidos, tratando de organizar actividades pastorales y de ayuda;  mantiene vigente al amor a la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, proponiendo e impulsando la creación de su templo en Caracas, crea los estatutos de la Archicofradía de la Caridad en Miami y se asienta definitivamente en Venezuela, y más concretamente en la Diócesis de Los Teques durante 36 años, colaborando con los tres obispos titulares que tuvo esa Iglesia local durante el referido período; crea la Unión de Cubanos en el exilio (UCE), para mantener viva la unión del pueblo cubano en la diáspora, y funda además la Fraternidad del Clero y Religiosos de Cuba en la Diáspora.

Fue un gran impulsor del gran evento eclesial ocurrido en el año de 1992, pero que llevó varios años de arduo trabajo en diversas partes del mundo, con las llamadas “Comunidades de Reflexión Eclesial Cubana en la Diáspora” (C.R.E.C.E.D.)

Mons. Boza se convirtió rápidamente en el Pastor preocupado por el nuevo rebaño de cubanos en el exilio. Por esta gran labor  se ganó los títulos de: “Profeta del exilio”, “La voz en el destierro”, “El Obispo de la Caridad ” y otros más, aunque el más sencillo y a su vez el más elocuente, era aquel título por el cual lo identificábamos todos sus hijos espirituales: “Padre Obispo”.

Mi primer encuentro con él, fue el día de mi bautizo en la Parroquia de La Caridad en La Habana.

Después, a la edad de 8 años, mi familia se mudó del Reparto Santos Suárez hacia el centro de La Habana y volvimos a la Parroquia de La Caridad, esta vez para prepararme para la Primera Comunión, que recibí de sus manos en el año de 1956. Ese mismo año comencé el cuarto grado en la Escuela Parroquial de Ntra. Sra. de la Caridad, que el había fundado recién comenzada su labor en la referida iglesia, y al unísono me incorporé al “Pequeño Clero”: agrupación infantil de acólitos que el creó, ayudándolo casi siempre en la misa diaria de las 6:30 a.m.

En esa parroquia y bajo sus auspicios ingresé en la Acción Católica como Aspirante, y debo decir, que siempre este humilde sacerdote me inspiró y me sirvió de ejemplo en el momento tan importante de mi adolescencia, y pienso que mi firmeza y continuidad en la fe, se la debo en gran parte a lo que significó para mí este santo varón.

El fue expulsado de nuestro país y siempre, aunque fuera esporádicamente, manteníamos correspondencia.

Lo volví a ver en el año de 1987, en ocasión de una visita particular a Cuba, cuando, me entrevisté con él en la Parroquia de la Caridad donde celebró una misa inolvidable, la cual a pesar de no haberse anunciado, estuvo muy llena la iglesia.

En el año de 1994, a propósito de nombrar Cardenal a nuestro Arzobispo de la Habana, Mons. Jaime Ortega, la hija segunda nuestra formó parte de la delegación que fue a Roma y España desde Cuba y estando en Roma vio a Mons. Boza, se identificó con el, le dijo de quien era hija, conversaron y nos envió su bendición.

Mediante sus gestiones en el año de 1996, logré salir de Cuba junto a mi esposa y mis tres hijos rumbo a Venezuela, donde resido desde entonces.

El nos manifestó el deseo de que nos quedáramos en Los Teques para ayudarlo en tareas pastorales de familia, ya que en Cuba habíamos tenido esa experiencia por muchos años, ya desde la Pastoral Familiar y desde nuestra afiliación al Movimiento Familiar Cristiano del cual fuimos fundadores, pero la situación económica nos hizo emigrar hacia La Guaira.

No obstante, mantuvimos siempre contacto con el mediante llamadas o visitas a Los Teques. Era raro el mes que no nos llamara para saber de nosotros, de nuestra salud, en fin, siempre  estaba pendiente de nuestra naciente vida aquí en Venezuela.

Comenzamos a asistir los segundos domingos de mes a la Parroquia de Ntra. Sra. de la Caridad en Caracas, donde los cubanos se reunían junto a él para rezar por Cuba.

En febrero de 1997 nació mi único nieto y tuvimos la dicha de bautizarlo en esa parroquia y de manos de Mons. Boza Masvidal.

Hablar con él, era una gran satisfacción espiritual. Todo su ser respiraba paz, serenidad, abnegación, un profundo amor por Cuba, por la Virgen María de la Caridad, por Venezuela y por la Iglesia de estas dos naciones.

Vivió la pobreza en toda su plenitud; no tenía nada suyo, puro desprendimiento para los demás. El testimonio más palpable de esto, fue la cantidad de personas, sobre todo mayores y humildes, los cuales se lamentaban de su deceso, de una forma que lo obligaba a uno a pensar que muchos hijos habían perdido a su padre.

Ayudó a muchos, aún sin conocerlos. Algunos retribuyeron esa ayuda; otros no. Pero jamás se le oyó expresar una queja, nunca sintió rencor u odio por los que le ofendieron, por los que le maltrataron, por los que le criticaron. Siempre perdonó, al igual que Cristo hizo con aquellos que lo estaban crucificando.

Así son los santos. Y Mons. Boza fue un hombre santo.

A un año de su partida, que se cumplió el pasado día 16 de Marzo, todavía, los que lo conocimos en profundidad, y los que compartimos como él el exilio forzoso y doloroso, todavía lo lloramos, lamentamos su pérdida y lo extrañamos, sobre todo en su misa de los segundos domingos en la Parroquia de la Caridad del Cobre, donde con voz temblorosa pero fuerte, con paso inseguro pero con voluntad de acero, nos brindaba esas homilías sencillas, pero enjundiosas cargadas de una inmensa espiritualidad.

Sus restos descansan en tierra venezolana, en la Catedral de Los Teques. Las personas van allí a rezarle.

Quiera Dios que algún día, y sobre todo que no sea muy lejano, sus restos reposen definitivamente en la tierra que lo vio nacer; en la tierra de Félix Varela; en la tierra de José Martí, que al igual que el, saborearon el amargo trago del exilio.

Murió a los 87 años. Dios le dio una larga vida, que el supo aprovechar muy bien, poniéndola en función de los demás. Alguna veces le escuché decir: ..” creo que el Señor se ha olvidado de mí”.
En este año que ha transcurrido desde su muerte han ocurrido otras muertes, también muy sentidas, como algo solo comprensible ante los ojos de la fe.

A los dos meses, el 10 de Mayo, partía hacia la casa del Padre Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, Arzobispo Emérito de Camagüey, al cual le tocó la ardua tarea de reconstruir una diócesis que estaba totalmente menguada tanto de sacerdotes, religiosos, fieles, edificaciones e iglesias. El, junto a Mons. Boza eran los últimos obispos cubanos que participaron en el Concilio Vaticano II que quedaban vivos;  luego ya en el presente año,  el día 28 de Enero, fallecía en la Ciudad de Miami el P. Francisco Santana,  natural de Cienfuegos, que fue por varias años el apóstol de la diáspora cubana y uno de los artífices de los mayores envíos de medicamentos a la isla a través de Fe en Acción, la extraordinaria misión solidaria que lideró durante su servicio pastoral en Miami para aliviar las necesidades de sus hermanos cubanos; y por último, reciente aún, el pasado 22 de febrero, fallecía en La Habana, uno de los Obispos Auxiliares, Mons. Salvador Riverón Cortina, joven prelado, el cual,  a pesar de su paso breve, dejó marcas contundentes en el seno de la Iglesia Católica Cubana.

Ante estos hechos solamente se impone una profunda reflexión, propicia en estos tiempos: ante la grandeza y la magnificencia de la Resurrección de Cristo, él tuvo que pasar antes por la horrible, cruel e inhumana muerte de cruz.

Cuatro cubanos, pastores de almas, abnegados servidores de la fé,  han sido llamados ante el trono del Señor, para gloria de todos los cubanos, de nuestra iglesia particular y de nuestra Patria.

Mons. Boza vivirá siempre en nuestros corazones. Al año de su partida pidámosle que interceda por la patria que lo vio nacer, Cuba, y por la patria que lo acogió como a un hijo, Venezuela. Que estas dos tierras obtengan mediante su intercesión, la prosperidad, la libertad plena y la reconciliación entre sus hijos.

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez