Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2011

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ESCUELA DE PADRES.

La educación de los niños

Conozcamos a nuestros niños

De especial interés y ayuda, tanto para padres como los tan socorridos abuelos, son las explicaciones que ofrecemos. Ellas nos ayudan a entender mejor a nuestros niños dentro del entorno familiar, por qué actúan a veces de una forma, cómo va surgiendo su desarrollo emocional y motriz, y de qué manera podemos ayudar en el logro de su plenitud, para que en esos difíciles y maravillosos primeros años de su vida, sea todo lo sano y estable que deseamos.

Primera infancia

Son muchos los psicólogos y estudiosos de la infancia que plantean que, en los primeros seis años de vida, se establecen en el niño las bases futuras de su personalidad y carácter como ser humano. Estas serán difíciles de cambiar más adelante, porque se construyen en un período de su vida en que, en especial su sistema nervioso, se encuentra en formación. Como consecuencia, de su educación y las formas de relaciones que establezca con los otros y consigo mismo, esta quedará “impresa” en su persona.

Para profundizar en aspectos tan importantes, subdividiremos esta etapa infantil primera en dos períodos bien definidos: de 1 a 3 y de 3 a 6 años.

De 1 a 3 años: el Explorador

De 1 a 3 años se denomina por muchos como infancia temprana o primera infancia. Al niño de esta edad le hemos llamado “explorador” porque es cuando empieza a conocer el mundo. Este conocimiento es posible porque su sistema nervioso ha madurado de tal manera, que puede ya andar, hablar y aprender a manejar los objetos por sí solo.

Tres son los puntos importantes a tener en cuenta en estos momentos claves:

Desarrollo de su inteligencia y de su destreza. Para ello los padres deben darle ejemplo y enseñarle a hablar y a manipular objetos.

Formación del carácter. Los padres deben respetar sus necesidades de afirmación y ser pacientes con él, y a la vez, ser firmes y ayudarle a sentirse útil y valorado.

La necesidad de seguridad y libertad. Para ello los padres deben proporcionarle la libertad que necesita para desarrollar su interés por el mundo y tomar las precauciones necesarias para evitar los accidentes tan frecuentes en esta edad.

Por último, y como siempre, no olvidar que es un niño: necesita muestras de cariño hacia él y entre sus padres. No se le puede forzar en sus progresos hacia la autonomía; esto trae malas consecuencias.

Otra cuestión muy necesaria a tener en cuenta es la de la oposición y las rabietas, en las que los padres han de tener especial cuidado y control.

¿Qué hacer para favorecer su desarrollo?

Como ya el niño en esta etapa ha madurado su sistema nervioso, lo que le permite caminar, hablar y manipular objetos, la labor de padres y educadores consistirá en crearle las mejores condiciones para que pueda desarrollar a plenitud estas actividades. Ofrecemos algunos ejemplos:

Andar o caminar solo: Proporcionarle un espacio lo más amplio y seguro posible, de manera que ejercite sus músculos y satisfaga sus curiosidades; protegerlo de la posibilidad de accidentes, y para ello tomar las medidas pertinentes: eliminar, del lugar que le ofrecemos, los objetos que potencialmente puedan ser peligrosos para él; y a la vez, evitar que en su curiosidad los dañe o rompa.

Lenguaje: Para desarrollar en el niño el lenguaje es necesario que los mayores que lo rodeen le hablen siempre correctamente, que se le hagan preguntas y lo animen a hablar. Contarle cuentos y enseñarle canciones contribuye positivamente a enriquecer su habla y su imaginación.

Manipulación de objetos: Gracias al desarrollo de su sistema nervioso, el niño comienza a manipular objetos, lo que le va a permitir el desarrollo de la coordinación entre las manos y los pies, la visión y las manos, la visión y los pies, etc. Todas estas actividades están relacionadas con el desarrollo de funciones intelectuales. Para ello los padres debemos facilitar esta actividad jugando con el niño, dejándole ayudar en las distintas actividades de los mayores, como por ejemplo, recoger sus juguetes u otros; y muy importante, felicitarle por sus pequeños éxitos.

Negativismo

Todas estas actividades favorecen el desarrollo de su autonomía e independencia con respecto a los mayores; se inicia en esta etapa el descubrimiento de su “yo”, y, aparecerá el “NO” como parte de su afirmación.

Algunas de las características del niño en este período estriban en que vive en un mundo mágico, las emociones fuertes afectan su desarrollo, es egocéntrico y le cuesta mucho compartir.
También el niño necesita, en primer lugar, estar seguro del afecto de sus padres, y, por lo general, trata de imitar a los adultos.

Es necesaria para su desarrollo la seguridad afectiva, una vida regular con horarios de vida estables, que se respeten sus sentimientos y sus gustos; y de un adecuado equilibrio entre firmeza y flexibilidad por parte de sus padres o educadores.

Debe evitarse el chantaje afectivo, crearles miedo, o el exceso de prohibiciones. No se le hará caso a sus rabietas, y mucho menos ceder ante ellas. No deberemos discutir ni enfrentarnos a él.

Los accidentes

Resultan frecuentes en esta etapa de la vida del niño. Es indispensable que los padres o educadores le den la libertad necesaria para satisfacer su curiosidad por las cosas que lo rodean, pero tomar las debidas precauciones, nada que conlleve un riesgo para no tener que lamentar después; es decir, asegurar pero sin llegar a reprimirle su actividad.

Debemos entonces cumplir un grupo de medidas preventivas mínimas que aseguren evitar algunos hechos como las intoxicaciones, las caídas, los atragantamientos, la introducción de objetos extraños en nariz y oídos, asfixia, ahogo, quemaduras, heridas, entre otros. El estar atento siempre al niño pequeño, y de ser posible en un lugar visible desde donde el adulto se encuentre, resulta importante.
Ante un potencial peligro para el pequeño debemos detenerlo con un sencillo “No” y de inmediato proceder a ofrecerle otra actividad para desviar su atención del potencial peligro; de esta forma lo alejamos de él.

Tampoco sería conveniente para su desarrollo impedirle toda actividad y el perseguirle con vistas a garantizar su seguridad. No debemos dejarle observar ciertos arreglos y usos de distintos herramientas, instrumentos y/o aparatos, con el objetivo de evitar, que en un descuido, trate de manipularlos y se accidente.

A esta edad nunca debemos abandonarle, es vital no dejarlo solo en la casa para realizar cualquier actividad fuera de esta, por mucho que creamos que nos alejaremos muy poco tiempo. No sería aconsejable tampoco dejarle al cuidado de otros niños, quienes no están en condiciones de asumir esa responsabilidad, ni de prever potenciales ocasiones de accidentes. Siempre será preferible postergar la salida, hasta que en la casa se encuentre un adulto que pueda encargarse del cuidado del niño.
En el próximo número continuaremos profundizando en otros de estos importantes aspectos tratados. ¡Hasta la próxima!

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Juan Pablo II

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