Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2011

Resolución 1024 X 768 / 32 bit

 

Con motivo del Día de las Madres

MADRE: el Señor está contigo.

El amor es algo eterno,
su apariencia cambia, pero no su esencia.

 

Un país, una provincia, un municipio, un barrio, una calle: mi casa, mi mamá. A los 15 años tuve que separarme de mi familia para ingresar becada en un IPVCE (Instituto Pre-Universitario de Ciencias Exactas). Mientras mis compañeros de estudio habían encontrado en ese lugar un ansiado espacio de libertad, para mí era todo lo contrario; de niña fui muy apegada a mi madre y adaptarme me costó gran esfuerzo. Durante esos tres años de mi vida hubo muchos buenos momentos, pero había siempre dos muy especiales: las visitas de padres y los días de pase.

Después de cuatro o cinco días sin mi mamá, no había mayor felicidad que verla aparecer. Asimismo nada era tan triste como acompañarla hasta la salida y quedarme allí sola, en aquel lugar tan grande.

Cuando opté por una carrera en la Universidad de La Habana, los que mejor me conocían creyeron que no iba a poder estar tan lejos por mucho tiempo. Poco a poco, me fui acostumbrando a la idea de oír solo su voz; mas, a pesar de la distancia, la sentía muy cerca de mí. Gracias a Dios, me gradué de mi licenciatura; y además, me quedé en la capital. Conclusión: hace 10 años no vivo con mis padres. Ha sido una gran escuela, pero también una gran falta. Desde ese entonces, mi mamá me insistía en que fuese una joven independiente: me dejó claro que no pertenezco a ella sino al mundo, que algún día no íbamos a estar juntas, por lo que debíamos tratar de estar lo más unidas posible y aprovechar cada momento. A medida que crezco puedo comprender mejor todo lo que ella representa en mi vida.
En el libro El arte de amar, Erich Fromm describe cómo evoluciona la relación madre-hijo en los primeros años de vida del ser humano. Cuando el niño nace no tiene conciencia de sí mismo, no distingue el mundo que le rodea; solo responde al pecho y calor de su madre. Para el recién nacido ella lo es todo: alimento y satisfacción de todas sus necesidades. El hecho de nacer no modifica la completa dependencia del bebé con respecto a su progenitora. Ella sigue siendo su fuente de seguridad y sustento, los dos continúan siendo uno.

Mientras el niño crece comienza a distinguir el mundo exterior, de su mamá; pronuncia las primeras palabras y le da nombre a los objetos que tiene a su alcance. Poco a poco se percata que el amor de su madre es incondicional y que no necesita conquistarlo para merecerlo. Según el psicoanalista: para la mayoría de los niños entre los ocho y medio a diez años, el hecho consiste casi exclusivamente en ser amado, en ser amado por lo que se es. Antes de esa edad, el niño aún no ama, responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda1. Pero muy pronto el niño deja de ser únicamente amado por sus padres, para producir él, amor. Hace dibujos, poemas, regala flores, obsequia, actitudes estas que desplazan el egocentrismo del infante y poco a poco toma conciencia de las necesidades de sus padres. Todo es diferente para el niño que empieza a ser adolescente: nace en él la necesidad de dar más que de recibir, de ofrecer tanto amor como el que le brindan. El te amo porque te necesito, se transforma en el te necesito porque te amo.

El niño se hace cada día que pasa más independiente de su madre mientras la relación con el padre comienza a fortalecerse. Aún así ella es nuestro hogar natural, el lugar de donde venimos, y por tanto, siempre va a ser uno de nuestros refugios más seguros. Así se inicia desde temprana edad un vínculo afectivo entre madre-hijo que marca determinantemente la vida y personalidad de cada individuo.
El amor materno tiene igual muchas facetas. En un principio las madres se sienten realizadas en el cuidado que exige el bebé. Pero a medida que este crece y se torna autónomo, surgen los conflictos entre ambos miembros. El proceso de la separación de un hijo es siempre doloroso. Algunas mujeres toman como egoísmo la decisión de sus vástagos de ser independientes, cuando en su lugar, deberían estar preparadas para esta situación. Muchas viven completamente para los hijos y estos se convierten en la única razón de su existencia. El sentimiento sublime que nace en su corazón es inevitable, pero ello no puede sustituir, en modo alguno, el amor que se debe tener hacia sí misma. Muchas madres experimentan la soledad, no porque sus hijos le faltan, sino porque no han sabido arraigar firmemente su existencia. Ellas no solo deben soportar la separación de sus hijos, sino además alentarla y bendecirla. Lo que no puede faltar nunca es su presencia en el momento justo y en el lugar preciso.

La distancia que me separa de mi mamá ha hecho que comprenda mejor la relación de Dios con los hombres. Aunque no lo vea, sé que está, aunque no lo puedo tocar, estoy segura de que él me ama y me cuida. Muchas personas se hacen llamar ateos: no creen, porque no ven. ¿Dónde está el milagro?- se preguntan- ¿dónde se manifiesta lo sobrenatural? Mas, la relación de Dios con los hombres es siempre mediada. Él nos habla constantemente a través de personas y hechos. El amor sin límites de la madre es una de las pruebas más grandes de la existencia de lo divino. La primera manifestación de amor que nos viene de Dios es el haber nacido; y por ende, el amor materno. Él le regaló a la mujer el don de multiplicar su gran milagro, la vida, y puso en ella gran parte del amor que nos tiene. La madre ama como Dios nos ama: es paciente, servicial, amorosa, comprensiva, generosa, tolerante. Una de las frases que mejor ilustran lo anterior son las primeras líneas del Ave María: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está contigo…

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

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