Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2011

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La paz interior que trae el Rosario
(II y final)
Por GISELLE GRASS

El carácter mariano del Santo Rosario no se opone al cristológico, sino que lo exalta.

El vocablo Rosario significa corona de rosas, pues cuando lo rezamos es como si desde el centro de nuestro corazón le obsequiáramos rosas a María. Algunos han llegado a compararlo con la rosa de los vientos, la cual guía a los navegantes y en la que estos confían para mantener el buen rumbo hacia puerto seguro.

No creo que exista oración más adecuada para atraer la paz interior como la del Rosario. Ciertamente, es una oración orientada hacia la paz, ya que contempla a Jesús, Príncipe de la Paz. Es precisamente la urgencia que tiene el mundo de implorar a Dios el don de la Paz, lo que realza su importancia y acentúa el necesario impulso para su propagación.

Otro ámbito que requiere de oración profunda es el de la familia, ya que esta célula fundamental de la sociedad se encuentra cada vez más amenazada por fuerzas disgregadoras que hacen temer por el destino de la humanidad.

Origen e historia del Rosario

Los romanos y los griegos solían coronar con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses, como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. Siguiendo esta tradición, las mujeres cristianas que eran llevadas al martirio por los romanos marchaban al Coliseo vestidas con ropas vistosas y adornando sus cabezas con coronas confeccionadas de flores multicolores, como símbolo de alegría por ir al encuentro con Dios. Por la noche, los cristianos recogían sus coronas y, por cada rosa, recitaban una oración o un salmo como súplica por el eterno descanso de las almas de las mártires.

La Iglesia recomendó entonces rezar el Rosario, el cual consistía en recitar 150 salmos de David. Sin embargo, esta recomendación solo la podían seguir las personas más cultas, por lo que más tarde se sugirió sustituir los 150 salmos por 150 avemarías, divididas en 15 decenas; a este Rosario corto se le llamó el Salterio de la Virgen.

Santo Domingo de Guzmán, dedicó su vida a predicar y popularizar la devoción al Rosario entre las personas de diversas clases sociales para el sufragio de las almas del purgatorio, para el triunfo sobre el mal y para la prosperidad de la Santa Madre Iglesia.El rezo del Rosario mantuvo su fervor durante 100 años después de la muerte de Santo Domingo de Guzmán, en 1221, pero luego comenzó a olvidarse.

En 1349 una epidemia azotó a Europa y cobró muchas vidas; tras este suceso, el fraile Alan de la Roche, superior de los dominicos, inició una labor de propagación por inspiración divina de Jesús, la Virgen y Santo Domingo de Guzmán, junto con otros frailes de esa orden. Fueron ellos quienes con la aprobación eclesiástica, le imprimieron la forma que el Rosario tiene actualmente. A partir de entonces, esta devoción se expandió por toda la Iglesia.

La fiesta del Rosario se celebra el 7 de octubre, a causa de la batalla naval de Lepanto, llevada a cabo en 1571, donde los cristianos, confiados en la ayuda de Dios por la intercesión de la Santísima Virgen, derrotaron a los turcos. Inicialmente, esa fecha se celebró con el nombre de Nuestra Señora de las Victorias; un año más tarde, Gregorio XIII lo cambió por el de Nuestra Señora del Rosario.

Modo de rezarlo

Lo primero que debe considerarse es que el Rosario está centrado en el crucifijo que abre y cierra el proceso mismo de la oración. Es en Cristo donde se centra la vida y oración del pueblo creyente. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre; por eso comenzamos con la señal de la Cruz.

Por la señal + de la Santa Cruz, de nuestros + enemigos líbranos, Señor +, Dios Nuestro.
Seguidamente, si acudimos a la presencia de Dios, hemos de hacerlo tal y como somos; por eso tomamos unos minutos para examinarnos y repasar nuestras faltas de conducta. Esto no debe robarnos la paz, aun si descubrimos un cúmulo de equivocaciones. Como Dios no se cansa de amarnos, a esa esperanza nos abrazamos, conociendo que, con su gracia recibida, sanarán nuestras heridas. Como María es quien nos lleva de la mano en este viaje por el mundo interior y nos asistirá con su intercesión para alcanzar el perdón, con ella decimos:

2- Acto de contrición:
Señor mío, Jesucristo…
V/.Abre, Señor, mis labios.
R/.Y mi boca anunciará tu alabanza.
V/.Ven, ¡Oh Dios!, en mi ayuda.
R/.Apresúrate, Señor, a socorrerme.

Es la Trinidad la meta de la contemplación cristiana; Cristo es el camino que nos lleva al Padre en el Espíritu Santo…por eso, rezamos:

3- Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo…
4- Anuncio del Primer Misterio
Según el día de la semana, por ejemplo, si fuera lunes, le corresponderían a los misterios gozosos; entonces decimos: primer misterio gozoso: Anunciación a María. Encarnación del Verbo.

A continuación, leeremos el texto de la Sagrada Escritura como ayuda para la meditación. Esta es la hora del corazón, del silencio; así establecemos una relación entre lo leído y la vida cotidiana y podemos efectuar un juego mental mediante el cual visualizamos la escena del Evangelio antes leída, y atraer hasta aquí necesidades e intenciones personales.

Luego de haber expuesto y meditado el misterio, es natural que el ánimo se eleve a Dios, porque Jesús, en cada uno de los misterios, nos conduce al Padre, en quien descansa y se dirige continuamente. Con sus palabras decimos el Padrenuestro.

Seguido del Padrenuestro, las 10 Avemarías, el elemento más extenso del Rosario y que, a su vez, lo convierte en oración mariana por excelencia; bajo la luz de las Avemarías, bien entendidas, se nota con claridad que este carácter mariano no se opone al cristológico, sino que lo exalta. Al final, el Gloria, para luego decir: María, Madre de gracia, Madre de piedad y misericordia; en la vida y en la muerte ampáranos ¡oh gran Señora! ¡Oh, buen Jesús! Perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas de tu misericordia.

Amén.

5- Anuncio del segundo misterio; meditarlo; Padrenuestro, 10 Avemarías, Gloria y María, Madre de Gracia.
6- Anuncio del tercer misterio; meditarlo; Padrenuestro, 10 Avemarías, Gloria y María, Madre de Gracia.
7- Anuncio del cuarto misterio; meditarlo; Padrenuestro, 10 Avemarías, Gloria y María, Madre de Gracia.
8- Anuncio del quinto misterio; meditarlo; Padrenuestro, 10 Avemarías, Gloria y María, Madre de Gracia.
9- Rezar tres Avemarías de esta manera:
Dios te salve, María, Hija de Dios Padre, llena eres de gracia…
Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo, llena eres de gracia…
Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo, llena eres de gracia…
10-Letanías.
Sobreviene la letanía, siempre distinta, con nueva luz y nuevo color: clamores al Señor, a Cristo, peticiones a cada una de las personas divinas, amores para María, elogios encendidos a la Madre; no te canses de repetirle, inventa nuevas alabanzas, atrévete a decirle la mar de amores a la Madre; ella te ama cual hijo único; devuélvele ese cariño como solo tú sabes. Al final de tanto amor, nace siempre el pedir por los demás.
11-Padrenuestro, Avemaría y Gloria por la persona del Santo Pontífice.

¿Qué pedir?

A una madre se le pide cualquier cosa que necesitemos. En muchas ocasiones en que se ha acudido a la Virgen, su intercesión ha resultado eficaz, desde casos sencillos hasta otros sumamente importantes, como el mantenimiento de la paz.

El Rosario constituye una oración de la familia y para la familia. Recordemos que familia que reza unida permanece unida. Lo anterior permite reproducir de alguna manera el clima del hogar de Nazaret, con Jesús al centro, para compartir alegrías y dolores, así como analizar proyectos y necesidades, mientras incorporamos a nuestros hijos, desde pequeños, a vivir esa experiencia de oración tan renovadora y gratificante.

Me gusta llevar siempre conmigo mi Rosario; lo rezo en el ómnibus camino al trabajo. Lo recomiendo a todos aquellos que conozco y siempre les aconsejo, a los que no tienen la costumbre de rezarlo, que comiencen por un misterio o una versión corta de cinco Avemarías. No importa si la oración se viera interrumpida, pues solo basta marcar las cuentas donde nos quedamos para continuar posteriormente.
Para expresar lo que significa esta milagrosa oración, pido prestadas las siguientes palabras de Juan Pablo II: “¡El Rosario es mi oración predilecta! ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad”.

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Juan Pablo II

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