Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2011

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Fidelidad incondicional a la palabra de Jesús
Por MONSEÑOR FERNANDO DE LA VEGA

 

Resulta curioso que siempre se haya expuesto el problema del divorcio con motivo del tránsito de la Iglesia a un nuevo medio cultural o a una nueva época.

En los casos de Mateo y Pablo, con el paso de las comunidades judeocristianas a las procedentes del paganismo; en el caso de Orígenes y Basilio, dos grandes maestros de los primeros siglos del cristianismo, con ocasión del tránsito de la gran Iglesia a la Iglesia con las características de cada nación; en la temprana Edad Media, con la transición del mundo de la antigüedad tardía al germánico; y en el siglo XVI, con motivo del avance misionero que, partiendo del espacio cultural de Occidente, se adentró en los continentes asíatico, africano y americano.

La Iglesia se encuentra hoy en una situación de tránsito bastante similar. En palabras del Concilio Vaticano II, la humanidad se halla hoy en el umbral de una nueva era más dinámica y orientada históricamente (Gaudium et Spes 4), cuya movilidad conlleva también una mayor inestabilidad en los matrimonios. Estos han perdido casi todas sus apoyaturas sociales.

El derecho civil, cuyo influjo sobre la conciencia ética no debe ser menospreciado, reconoce motivos de separación en una pareja relativamente amplios y suficientemente ambiguos -como el reiterado incompatibilidad de caracteres-, los cuales ayudan a que la mentalidad generalizada de la sociedad se comporte con indiferencia, sino con benévola comprensión, ante una separación matrimonial con el subsiguiente enlace civil.

En esa situación resulta comprensible que muchos divorciados, vueltos a casar civilmente, lo hagan como algo normal y aun lleguen a pensar que es un derecho que les compete. Las estadísticas demuestran que muchos de ellos, quizá la mayoría, hayan visto su primer matrimonio como una desgracia provocada por la inmadurez, y que sólo en el segundo han encontrado una situación aceptable de felicidad humana.

Tienen conciencia de estar en contradicción con el ordenamiento divino, pero no ven la posibilidad real de cambiar esa situación, sobre todo cuando en el segundo matrimonio hay hijos, lo que complica el problema.

Para buscar vías de solución, en ese sentido, la Iglesia debe tener en cuenta tres puntos de vista insoslayables. El primero es la fidelidad incondicional a la palabra de Jesucristo. El segundo es la indisolubilidad del matrimonio. El tercero, más discutido, radica en valorar un segundo matrimonio, contraído en vida del anterior cónyuge, y, por supuesto, sin haberse anulado canónicamente el primero.

El segundo matrimonio, formalizado sólo civilmente, de ninguna manera es equiparable con el primero ni tampoco puede adquirir el rango de sacramento de la Nueva Alianza. La Iglesia no puede construir un derecho casuístico de excepciones a la Palabra de Cristo; por ello, en las causas de nulidad matrimonial se basa y determina que no hubo matrimonio por no haber existido las condiciones necesarias, pero nunca podrá separar lo que Dios ha unido. No se pueden contraponer superficialmente derecho y misericordia divina.

El segundo punto de vista, más bien antropológico, no está en contradicción con el primero, sino en íntima conexión con él. Jesús proclama al Dios Padre cercano a los hombres; su palabra, pues, acerca de la indisolubilidad del matrimonio no constituye una ley injusta ni absurda; por esta razón, la Iglesia de Cristo tiene la obligación de ofrecer su apoyo total a todos los matrimonios existentes, adecuándolo a las complejas situaciones humanas.

Esto la mueve a declarar, y aquí los conocimientos psicológicos actuales son de extrema utilidad, la nulidad de la unión sacramental en aquellos casos en los que no ha habido, en el momento de la celebración del matrimonio, la madurez humana necesaria para emitir el consentimiento mutuo.
El tercer punto de vista aborda el asunto de cómo valorar un segundo matrimonio contraído civilmente en vida del primer cónyuge, pero este aspecto requiere una explicación y argumentación mucho más amplia que abordaremos en otro momento.

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