Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2011

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El amor de un padre.
Por HABEY HECHAVARRÍA PRADO

Una mirada cristiana a dos refranes contradictorios nos llevan a pensar sobre la verdadera dimensión
de la figura paterna


Una visión negativa de la figura paterna

“Padre es cualquiera”, afirma una frase muy usada. Y, sin embargo, es una expresión injusta que desconoce incontables casos donde la paternidad biológica genera lazos indestructibles de amor. El refrán, generalizador en exceso y carente de verdadera sabiduría, refleja la incomodidad cultural o inconformidad ante una regularidad de abandono familiar tras el cual se lanza sobre las madres una montaña de responsabilidades, roles y ocupaciones, pero a la vez reduce la paternidad a un mero acto biológico.


En nuestra cotidianidad comprobamos la existencia de padres y abuelos que viven ejemplarmente la experiencia del amor paterno.

Otra imagen de actualidad aparece en un refrán todavía más lamentable e impúdico: “El dueño de la vaca es el dueño del ternero”. La metáfora, que compara animales con personas, plantea la inestabilidad de la familia contemporánea. Grafica los bandazos de una cultura hipersexualizada, destructora de algunos valores básicos, de los ideales de la virtud y promotora de relativismos, banalizaciones, y una falsa libertad, que poco ayudan al auténtico crecimiento de las personas, y nada a un feliz desarrollo de la sociedad.

Tanto el primero como el segundo refrán no solo advierten sobre determinadas realidades y crisis contemporáneas de la familia y el matrimonio, también invocan, a la manera de una aparente máxima filosófica, la promoción de comportamientos que dañan el humanismo y oscurecen las realidades socio-familiares, siempre complejas. Lo peor de semejante generalización es que, enalteciendo el mito materno (“madre hay una sola”) u organizando comportamientos perjudiciales, el refranero popular cubano fija la misma cultura machista y patriarcal que tal vez quisiera desmontar.

Tampoco la figura materna resulta demasiado confiable en la actualidad. La publicidad informa sobre la proliferación de renta de úteros entre gente famosa. Se habla de hombres que desean “fabricar” hijos sin vínculos con una mujer específica, y de mujeres interesadas en evitarse “las molestias del embarazo”, además de los dolores del parto. Detrás de la operación comercial y científica hallamos la conducta de “madres solteras” y pseudomatrimonios entre personas del mismo sexo que entienden el surgimiento de la vida humana como una materia de la ingeniería genética. La misma concepción antropológica que promueve la superficialidad de la sexualidad, defiende el vacío ético de ciertos ambientes científico-técnicos y la idea del aborto como “asunto legal” o un problema de derechos, ahora trivializa la paternidad biológica. Una paternidad circunscrita solamente a la donación de gametos refuerza también una visión light de la maternidad. Pero cabe preguntarse, ¿hasta qué punto el alquiler de las “gestantes-paridoras” no convierte a estas mujeres en madres tras de los nueve meses y el nacimiento?; y, ¿hasta qué punto la frivolidad no reduce la condición paterna a “algo” necesario para la gestación del feto y prescindible en la formación de un sujeto?

En contraste a toda esta avalancha existen dos cortafuegos: la tradición occidental, y en especial la cultura cubana, guardan un lugar de veneración a la figura paterna, a pesar de que el Día de los Padres no tiene el mismo arraigo popular que el Día de las Madres. Otro cortafuego natural emana de la resistencia de muchísimos abuelos y padres devotos de sus familias, personas de diferentes generaciones que viven, desde diferentes culturas y credos, la experiencia infinita del amor paterno, –incluyendo a los hermanos y tíos, sometidos con gusto al sacrificio cotidiano de administrar lo mejor posible el don de la vida.

El padre como símbolo cultural

El padre, como entidad e imagen simbólica, conserva una considerable influencia en la cultura occidental. La sociedad patriarcal, y la cultura dominada por la figura del varón, se han convertido en normas y valores tan sutiles que, con mayor o menor conciencia, son reproducidos sin advertirlo por mujeres y hombres, quizá opuestos conscientemente a tales relaciones.

A la vez, esos mismos valores han configurado varias de las obras más impactantes del arte occidental. Me refiero a piezas de diferentes manifestaciones artísticas que, a través de la exploración de los vínculos paterno-filiales, no solo reflejan determinadas posiciones históricas, también develan el encanto estético de otrora, y una profundidad conceptual de siempre. Por ello, suelen ser revisitadas, en tanto obras clásicas abiertas al diálogo con la contemporaneidad. Muchos discursos actuales continúan la preocupación sobre la imagen de la paternidad consumada en las alturas de un mito cultural.

El guerrero Odiseo, personaje del antiquísimo poeta griego Homero; Lear, un rey inglés fabulado por William Shakespeare; y Marlin, un pez payaso que protagoniza el dibujo animado norteamericano Buscando a Nemo, reúnen tres ejemplos distintos donde se reflejan tantas otras versiones del mito paterno disgregadas por poemas, cuadros, tratados, investigaciones, películas, ensayos, comerciales, novelas, y esculturas. La esencia de este mito relaciona, en ausencia o anulación de la madre, a un padre con su hija o hijo. Luego, el modelo permite variaciones: el hijo busca al gran padre ausente (Telémaco-Odiseo), el padre amoroso sale en busca del hijo perdido (Marlin-Nemo) y un padre tiránico sojuzga y maltrata a sus hijos (Lear con sus hijas, específicamente a Cordelia). En los tres casos, los padres poseen cualidades extraordinarias y limitada influencia en la intimidad de los hijos. Conforman una figura entrañable, pero lejana, que organiza la vida desde una condición heroica que se define en el ámbito público, mientras el privado continúa siendo un predio estrictamente femenino.
La fuerza del mito paterno descansa en la evocación, y la codificación de un comportamiento, más que en el devenir cotidiano de la vida. Básicamente, el símbolo de la figura del padre rige desde lo alto, y su enaltecimiento cultural constituyó una obviedad. No obstante, mientras se encumbra, se aleja de los hijos y se disuelve su rostro en lontananza.

En la literatura cubana tenemos un bello ejemplo de esta paradoja del mito paterno. Nos lo ofrece el coronel Cemí en la novela Paradiso, del escritor José Lezama Lima. El personaje, que alude al propio padre de Lezama, representa un acicate en la vida y formación de su hijo, el joven José, protagonista de la narración y alter ego del autor. La figura del patriarca militar, su conmovedora evocación en la imagen, marca, a la vez, la presencia de un ideario personal, y la ausencia de un miembro principal de la familia. Por tal razón, la madre de José Cemí se introduce en la intimidad de su hijo, ocupando en la práctica los dos roles familiares a la sombra de un gran mito paterno que ella maneja. La novela cubanísima confirma el mito materno en lo que quizá sea una característica a estudiar de nuestra cultura: la presencia (materialidad) de la madre y el carácter furtivo y etéreo (moral) del padre.
Fuera de las artes, otros paradigmas de Cuba ejemplifican la trascendencia del sentido físico de la paternidad hacia una condición moral. Lo apreciamos en la figura histórica de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria; y de José Martí, Apóstol de la independencia de Cuba, y padre en lo profundo y diverso de nuestra nacionalidad. La paternidad moral funge como metáfora de la paternidad biológica sin diluirla, sino elevándola a otros registros de gestación.

La figura paterna desborda la condición de progenitor para tomar la cima del “padre moral”, un educador que propone una manera de vivir a partir de ideales compartidos en una familia por generaciones, fuente de la identidad de toda una nación, baluarte de una sensibilidad o una fe. Gracias a la dimensión moral, en el mundo se identifican como padres a los fundadores de determinadas disciplinas, instituciones o países, personas que hicieron aportes significativos a la civilización, la ciencia y la cultura.

Más allá, en el ámbito de las tres religiones monoteístas, se reconoce a Dios como Padre. En la medida que se define la Divinidad con la imagen de un Padre Todopoderoso, se supera al dios distante cuando se expresa una relación personal con Él y una participación frecuente en la vida de sus creaturas. Adonai, la Santísima Trinidad y Alá revelan una paternidad divina, nada ociosa. Al contrario, el Padre Celestial, desde su ser eterno, vela y actúa constantemente en la vida del universo. Dicha entidad superior excede la relativa pasividad de la paternidad moral. Aquí se abren los caminos de la paternidad en el espíritu.

De la paternidad moral a la paternidad espiritual

El Cristianismo destaca por la peculiaridad de revelar a un Dios que ama y se define como Amor. Y ese amor lo lleva a rebajarse y asumir la condición humana. Pues la auténtica caridad cristiana comprende un principio absoluto y una virtud que determina (debe determinar) el comportamiento del creyente hacia amigos y enemigos, todo el tiempo a imitación de Jesucristo. La paternidad, que viene de la fe, gira en torno a un amor tan grande que asume el sacrificio sencillo de la cotidianidad y el sacrifico extremo del martirio. La vida física se trasciende en el itinerario espiritual de quien busca a Dios por amor e intenta vivir de cara al Ser Supremo, donde trasciende el amor de una madre y el de un padre juntos.

La paternidad espiritual, según le he escuchado a un buen sacerdote nuestro, viene de Dios Padre y se manifiesta de manera actuante en el espíritu encarnado de su criatura predilecta, la especie humana, hecha a su imagen y semejanza. De ahí que la dimensión espiritual de la paternidad sea una presencia activa y múltiple en la Santa Iglesia. Dentro de esa dimensión ubicamos a los Padres en la fe (Abraham y los principales Patriarcas), el celo paternal de los Profetas, la fidelidad de los Apóstoles, los Padres de la Iglesia (santos varones, pastores de almas y teólogos de los primeros siglos del Cristianismo); a los Papas (le decimos cariñosamente Santo Padre a cada obispo de Roma), y a la labor pastoral de los obispos al frente de las diócesis, a los sacerdotes (también llamados padres), y a los padres fundadores de órdenes, congregaciones e institutos religiosos, cuyas reglas continúan durante siglos en la vivencia diaria de sus hijos espirituales. Vemos una amplia gama de paternidades con un único fundamento: el sacrificio de Jesús en la Cruz cumpliendo la voluntad del Padre Celestial. Guiada por el Espíritu Santo, y atenta al ejemplo de Jesucristo, Hijo de Dios y Segunda Persona de la Trinidad Beatífica, la paternidad espiritual no consiste solo en un referente moral, sino en el acto apasionado de abandonar 99 ovejas por rescatar a una sola descarriada, como buen pastor dispuesto a dar la vida por sus ovejas, y exultante de gozo con el retorno del hijo pródigo.
Pero ningún ejemplo humano supera la grandeza espiritual de San José, esposo de la Virgen y Santo Patrono de la Iglesia Universal. Los padres de hoy y de siempre tenemos en el Santo Patriarca un modelo digno a imitar: una vida austera de trabajo, silencio y desvelo por el Hijo de Dios que se le ha confiado, hacer todas las obligaciones de estado por Jesús y por María. José se eleva por encima de la paternidad biológica y sirve de paradigma a la paternidad espiritual en la familia. Encontramos dudas en él pero nunca falta de amor. Al contrario, los Evangelios contienen varias muestras de su dedicación y esfuerzos por cumplir la altísima misión que Dios le encomendó. Forjar en Jesús un hombre verdadero, artesano y respetuoso de la ley como él, virtuoso y temeroso de Dios, fue para José, junto a la protección de la Santísima Virgen María, Nuestra Madre, tareas concretas de su paternidad que cumplió no sin grandes sacrificios. Hombre adulto pero joven, casto, el excelente padre putativo de Cristo, venerado también como patrono de las vírgenes, tuvo que donar su humanidad completa para la formación del Niño Jesús; luego, hombre también de trabajo, y solo en los últimos años de vida terrena, maestro y profeta entregado al anuncio del Reino de los Cielos. En tal sentido, le escuché decir a aquel sacerdote mencionado: cuando veamos el talante humano de Jesús, es a José a quien vemos. Nos dice tan poco la Santa Biblia sobre el Patriarca que, mirar fijamente a Jesús, podría ser una ayuda significativa para descubrir algo más de la humanidad santificada y de la paternidad espiritual de José.

Ser padre es ser un hombre de familia

Son muchas las dificultades y desafíos de la paternidad en los tiempos que corren. A los peligros de siempre se agregan los desmanes de una cultura materialista y desorientada de la conducta. No obstante, los buenos padres se preocupan por el bienestar de sus hijos y del resto de la familia, mientras los padres cristianos (ella y él) debemos tener además la preocupación por la vida espiritual de nuestra descendencia, familiares y ahijados, si los hubiera.

Ser hombre de familia es la única manera de no experimentar un divorcio de intereses ante las contingencias inesperadas, dificultades materiales, angustias sociales y otros desastres que agreden a la familia contemporánea. Pues no será posible vivir coherentemente la paternidad fuera de la familia donde somos, a la vez, hijos, padres y abuelos. Un padre lejano no será un padre eficaz en el amor, aunque esa lejanía no ocurra por su voluntad o decisión. Es en el amor del gesto y de las obras donde se realizan y disfrutan todos los matices de la paternidad.

Al respecto, la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (1981), de Su Santidad, hoy beato Juan Pablo II, Pontífice inolvidable para la Iglesia cubana, afirma con precisión en su numeral 25:
“El hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.”

El don y la función, a los cuales se refiere el Papa, marcan un atributo y una responsabilidad, amores que no permiten malinterpretar los versículos del 18 al 21 de la Carta a los Colosenses, aún cuando no situemos el pasaje en el contexto patriarcal esclavista del mundo antiguo. Porque el sometimiento de las esposas no pretende la humillación de la mujer ni la prepotencia del varón en tanto esas dos actitudes dañan la caridad, el mandato de amar a la esposa no permite otras opciones como la obediencia de los hijos hacia los padres, pero menos aún el maltrato que pueda hacer enojar a los hijos. La voz de Dios a través de la voz de Pablo de Tarso precisa el ejercicio de la paternidad en el ámbito familiar. De igual modo lo expone la Exhortación Apostólica:

“El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad.”

Y a la inversa:
“(…) el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible.”
No se formará bien la humanidad de los niños ni serán educados igual sin la presencia del padre y de la madre, a pesar de que la realidad actual plantee otros datos u otras hipótesis. Señalaba el Sumo Pontífice, que vino a Cuba en calidad de mensajero de la Verdad y la Esperanza, que si por una parte la presencia opresiva del padre traería daños en los hijos, su ausencia podría ocasionar desequilibrios físicos y morales. Razón suficiente para evitar las ausencias prolongadas en contra de la atención a la familia, los abandonos en la educación, el alejamiento que no se llena después con dinero, objetos o atenciones a destiempo; situaciones, a veces, provocadas incluso por excesos de trabajo. A cada padre se nos exige un orden claro de prioridades donde se decida el bienestar material y espiritual de la familia, en la medida de que somos co-responsables de ese bienestar.

Solo tendríamos que volver a mirar a Jesús: en el camino de Emaús, en lo alto de la Cruz, en el monte Tabor, en las bodas de Caná y en la tranquila sencillez de sus años de familia, hogar y trabajo. Así como en el rostro de Cristo encontramos el Rostro del Padre Eterno, y su cuerpo guarda la humanidad de María con la educación de José, en su Corazón Sacratísimo abrevaremos de un manantial infinito que no se deja ganar en amor. Lo dice la Familiaris Consortio:

“Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia.”

Y, si estamos convencidos de lo anterior, deberíamos revertir aquel refrán cada vez que lo escuchemos. Sería un método magnífico de ayudar a la expansión de la verdad y el bien declarando o corrigiendo, demostrando y repitiendo hasta la sobreabundancia con el más sano orgullo, por todas las esquinas del barrio, la ciudad, el país y el mundo: “Padre no es cualquiera”.

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

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