Segundo trimestre 2012

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LA FAMILIA:

de Juan Pablo II a Benedicto XVI

La visita del Sucesor de Pedro a una Iglesia Católica particular, y por consiguiente al país donde peregrina, es un suceso extraordinario, un derroche de gracia para los fieles y para el pueblo en general, aunque los frutos de esa visita no sean tan visibles ni tan inmediatos para algunos de los han sido testigos de la misma. Cuba, un pequeño país, ha tenido el inmenso privilegio de recibir, en menos de una veintena de años, la visita de dos Papas: la del actual beato Juan Pablo II, en 1998, y la de Benedicto XVI en el pasado mes de marzo: el primero como «Mensajero de la Paz y la Esperanza» y el segundo como «Peregrino de la Caridad», ambas precedidas por la visita de la Madre de los cubanos a sus hijos, pero en esta última ocasión en que Cuba celebra el solemne Jubileo conmemorativo de los 400 años transcurridos desde el hallazgo de la bendita imagen de Nuestra Señora de la Caridad, ha tenido una connotación muy especial para nuestro pueblo, lo que ha quedado demostrado con la peregrinación por todo el país, a lo largo del trienio preparatorio al año jubilar. La familia y su papel como célula vital y básica de la sociedad ha sido y es, un importante aspecto tratado por los distintos Papas a lo largo de sus respectivos pontificados, dirigidos a personas concretas que de diversos modos y en distintas circunstancias, hacen la vida de las familias. En Cuba estas palabras del sucesor de Pedro, por la gracia de Dios, han calado en el corazón de muchos cubanos y serán un importante impulso y sólido soporte en el proceso de reconciliación que anhela la familia y por ende el pueblo.

Por ANA MARÍA BALDRICH y RAÚL LEÓN PÉREZ

 

Todos los cubanos pudimos disfrutar de la presencia del Santo Padre Benedicto XVI en su visita a nuestra patria del 26 al 28 de marzo pasado. Algunos asistieron por curiosidad a las dos misas que se celebraron en Santiago de Cuba y la Habana; otros, porque fueron convocados por las autoridades políticas del país y nosotros nos congregamos convocados por la fe en Cristo que profesamos en la iglesia católica. Los fieles cubanos estuvimos atentos todos esos días a las homilías y a cada palabra que el santo Padre pronunciaba en los actos religiosos y civiles a los que asistió; nos interesaba escuchar su palabra orientadora de Pastor universal, que venía a confirmarnos y a confortarnos en la fe, como peregrino de la Caridad, en este año jubilar por el 400 aniversario del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad.

Muchos de los fieles que le dimos la bienvenida al Papa Benedicto XVI recordábamos los días gloriosos de la visita de Juan Pablo II, acontecida hace 14 años. Fue hermoso constatar la continuidad del mensaje que ambos pontífices nos traían. Temas como la libertad, la crisis de valores, la necesidad de construir una sociedad más justa, la defensa de los más desposeídos y la familia, entre otros, fueron temas abordados por ambos en sus respectivas visitas.

Hoy nos queremos referir a lo que ambos Papas dijeron acerca del tema de la familia. Como muchos recordamos, este tema fue abordado más ampliamente por el beato Juan Pablo II en su homilía de la Misa celebrada en la diócesis de Santa Clara el jueves 22 de enero de 1998. En aquella ocasión recordaba que “la institución familiar en Cuba es depositaria del rico patrimonio de virtudes que distinguieron a las familias criollas de tiempos pasados… fundadas sólidamente en los principios cristianos…y que se caracterizaron también por la unidad, el profundo respeto a los mayores, el alto sentido de responsabilidad y, por encima de todo, por la gran fe y confianza en Dios.”

Plena vigencia siguen teniendo las palabras pronunciadas en aquella ocasión por el entonces papa Juan Pablo II cuando enumeraba los desafíos que sufrían tantas familias en el mundo. Hoy, estos se encuentran aumentados, por la crisis que embarga al mundo desde el año 2008, y que siguen trayendo como consecuencia un absurdo empobrecimiento de la persona y de la misma sociedad. Una perfecta actualidad siguen teniendo sus mensajes cuando se refería a las “dificultades a la estabilidad familiar que traen las carencias materiales- como cuando los salarios no son suficientes o tienen un poder adquisitivo muy limitado- las insatisfacciones por razones ideológicas, la atracción de la sociedad de consumo. Éstas, junto con ciertas medidas laborales o de otro género, han provocado un problema que se arrastra en Cuba desde hace años: la separación forzosa de las familias dentro del país y la emigración que ha desgarrado a familias enteras…”

Ya en 1998 Juan Pablo II tocaba un tema que se ha visto agravado en estos 14 años, y es el de considerar a la maternidad como un retroceso o una limitación a la libertad de la mujer; en muchos casos como algo obsoleto que coarta las posibilidades de realización profesional. Esta concepción ve a los hijos como un estorbo del cual hay que librarse, ya sea cediendo su deber como padres a las estructuras sociales o a algún familiar que se encargue de estos por “falta de tiempo ante otras obligaciones”. Esta mentalidad llega al extremo cuando considera al aborto como una de las vías aceptables para lograr esta falsa liberación.

Pero el ahora beato no se contentó con señalar problemas, en aquella tarde memorable, sino que también ofreció soluciones al afirmar: “el camino para vencer estos males no es otro que Jesucristo, su doctrina y su ejemplo de Amor total que nos salva. Y ninguna ideología puede sustituir su infinita sabiduría y poder.” Y exhortó a que se abrieran las familias y las escuelas a los valores del Evangelio de Jesucristo, que nunca son un peligro porque contribuyen a que los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad. En este aspecto se detuvo a considerar que “el papel primero y principal de educar a los hijos le corresponde a la familia y considera que esto es un deber y un derecho insustituible e inalienable que incluye hasta el poder escoger para sus hijos el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa en los que desea formarlos integralmente.”

Ofreció la mano de la Iglesia, que animada e iluminada por el Espíritu Santo, trata de defender a sus hijos, y a todos los hombres de buena voluntad, la verdad sobre los valores fundamentales del matrimonio cristiano y de la familia. Posteriormente, recordaba el carácter sagrado del matrimonio, al tener su origen en Dios, que no es igual a otro tipo de unión humana cuando recibe el sacramento; pues se funda en la entrega y aceptación mutua de los esposos con la finalidad de ser una sola carne cuya vocación es ser “santuario de vida”.

Concluyó su homilía con varias exhortaciones que aún hoy resuenan en nuestros oídos:
¡Sean fieles a la palabra divina y al modelo de la Sagrada Familia de Nazaret!
¡Conserven en su vida ese modelo sublime… ayudados por la gracia que se les ha dado en el Sacramento del Matrimonio!

¡Cuba: cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón!

Su Santidad Benedicto XVI, en la homilía pronunciada durante la eucaristía celebrada en la Plaza Antonio Maceo, de Santiago de Cuba, hizo una breve alusión al tema de la familia, en la que de manera magistral hizo una síntesis acerca del ser y misión de esta en la iglesia y en la sociedad; temas a los que, como hemos apreciado, ya había hecho alusión hace 14 años su predecesor:

“El misterio de la encarnación, en el que Dios se hace cercano a nosotros, nos muestra también la dignidad incomparable de toda vida humana. Por eso, en su proyecto de amor, desde la creación, Dios ha encomendado a la familia fundada en el matrimonio la altísima misión de ser célula fundamental de la sociedad y verdadera Iglesia doméstica.” Fue muy directo con quienes son el gozne de la familia: los esposos cubanos, al decirles: “Con esta certeza, ustedes, queridos esposos, han de ser, de modo especial para sus hijos, signo real y visible del amor de Cristo por la Iglesia. Cuba tiene necesidad del testimonio de su fidelidad de su unidad, de su capacidad de acoger la vida humana, especialmente la más indefensa y necesitada.”

Sus palabras nos dejan claro dos aspectos:

Primero: Dios nos muestra el altísimo valor que tiene para Él la vida humana, no solo con su Palabra revelada en el antiguo Testamento, sino en el hecho mismo de encarnarse, hacerse hombre como nosotros, al ser concebido de mujer y en el entorno de un hogar que lo acoge, el de los esposos María y José. Pudo haber escogido otras muchísimas formas de revelarse y de salvarnos, pero precisamente escogió la más preciada y querida por Él, haciéndose humanidad.

Segundo: La familia es un proyecto de amor concebido por Dios desde la creación. El hombre y la mujer son la obra conclusa de la creación, no solo por la perfección y sublimidad de su ser, sino porque dentro de ellos y entre ellos, se encuentra depositado y activo la esencia misma de Dios que, al decir de San Juan, es el Amor. Sólo con la humanidad quiso Dios compartir el privilegio de amar; es en el matrimonio entre un hombre y una mujer, y en la familia toda, que este don se hace pleno al ser oblativo.

No solo se habló de la familia en ambas misas celebradas por el Sumo Pontífice en la Habana o Santiago, sino que matrimonios y familias completas participaron en el ofertorio, leyeron algunas de las lecturas, fueron portadores de algún presente al Santo Padre o tuvieron el honor de recibir la comunión de manos del Papa.

Sin duda alguna, ha sido una bendición para toda Cuba esta presencia del Santo Padre en marzo pasado, que lejos de querer agregar o quitar una palabra pronunciada por su predecesor, confirmó sus palabras con la sintética intervención que leíamos anteriormente, y que sirven de referente y meta hacia la cual se encamine la acción pastoral que realiza nuestro movimiento y toda la iglesia en Cuba.

Con vistas a poner en evidencia las primeras repercusiones de la visita de Su Santidad Benedicto XVI a nuestro país, y en particular a la Arquidiócesis habanera, reflejamos las impresiones personales, de sus familias y de los cinco entrevistados, participantes directos en la Eucaristía en la Plaza José Martí en La Habana. He aquí un resumen de las impresiones que al respecto nos brindaron cada uno de los entrevistados.

El primero fue el Diácono Miguel Pons Velázquez que fue uno de los cuatrodiáconos que asistió en la misa presidida por el Santo Padre el 28 de marzo. El diácono Miguel fue ordenado hace 20 años, después de un período de estudios de 5 años. Hace 19 sirve en la capilla del cementerio de Colón celebrando las honras fúnebres para después sepultar a las personas, así como en el servicio que presta en la misa en sufragio por el descanso de los fallecidos, el domingo siguiente. Es importante destacar que el diácono permanente vive la doble sacramentalidad en su vida como cristiano: ya que vive el sacramento del matrimonio y posteriormente el sacramento del orden.

El diácono Miguel es también cabeza de familia, la que ha formado con su esposa Miriam García González y que, además, integran sus dos hijos: Magdiel (26 años) y Sarai (24 años). Durante el intercambio de opiniones sostenido nos manifestó el importante apoyo recibido de su esposa en el desempeño de su servicio así como el recibido de sus hijos que desde pequeños se criaron y educaron en el conocimiento del servicio prestado por su padre a la Iglesia.

El Diácono Miguel Pons ha tenido el honor de haber asistido en las dos misas papales celebradas en la Plaza José Martí, en La Habana: la primera, con el beato Juan Pablo II en 1998 y la segunda, en el pasado mes de Marzo con Su Santidad Benedicto XVI. En ambos casos, tanto él como su familia, recibieron la noticia llenos de emoción como un gran regalo de Dios y con mucha alegría.

Nos relataba que la emoción y sano orgullo de sus hijos se tradujo, al momento de informarles a su familia de su participación, en abrazos y besos mojados en lágrimas que corrían por sus ojos, y en medio de la alegría familiar, el agradecimiento a Dios por esta gracia, en la que jamás en sus años mozos pensó alcanzar, junto con la alabanza al Señor, fueron los sentimientos que predominaron y predominan, tanto en los días de Cuaresma que antecedieron al evento como en los posteriores, en los que todavía vecinos de su barriada lo felicitan y le piden su bendición.

Otra pareja con la que contactamos para recoger sus impresiones fue la de José Ramón Pérez y María Cruz García que, con sus 41 años de matrimonio, han formado una bella familia que integran su hijo José Andrés, su nuera Yanais y su pequeña nieta Ana Laura.

José Ramón y Mari Cruz, como normalmente la llamamos todos sus conocidos participaron en la celebración litúrgica que presidió el Santo Padre, José Ramón en las preces y su esposa en la procesión de las ofrendas. Tanto para ellos como para su familia significó un gran regalo de Dios que se recibió con mucha alegría y emoción. En el caso de José Ramón, por razones de su trabajo en el Arzobispado, participó de lleno de todo lo concerniente a la preparación de la misa papal que fue compleja, por los detalles constructivos y de otra índole, ya que se quisoreflejar en ella el profundo sentimiento de acogida que el pueblo cubano quería mostrarle al Sucesor de Pedro, colocando el presbiterio en una casa colonial cubana típica, con sus columnas y vitrales, pues sólo se comparte la íntima vida de la casa, así como sucesos trascendentales, con aquellos que son muy cercanos al corazón de la familia que en ella vive, más en este caso, que se trataba de la visita del Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo en la tierra y, además, una figura sin igual en el orbe por su talla moral e intelectual.

Nos relata José Ramón de la alegría y emoción que sintió su familia al ser designados para desempeñar este servicio en la Eucaristía papal así como de todos los preparativos, dificultades técnicas a solucionar en el propio lugar, de los ensayos realizados para que todo se desenvolviese dignamente, además de las especiales circunstancias litúrgicas, pues nos encontrábamos en plena Cuaresma.

Para él fue muy emocionante ver desde su ubicación, la plaza llena; la asistencia se calcula en medio millón de personas. El silencio y el recogimiento de la multitud, muchos de ellos no practicantes, aunque se confiesen católicos, fue sorprendente.

Por su parte Mari Cruz concuerda con su esposo y nos relata que desde su llegada a la Plaza se esforzó en interiorizar espiritualmente una especial dispocisión para la oración y el silencio. Estando ya frente al Santo Pdre para presentarle las ofrendas, y luego de haber recibido su bendición con el signo de la cruz en la frente, no atinaba a separarse de allí, y ,por un instante, se le disipó todo lo que le rodeaba. Así de intensa fue la experiencia.

Para ellos y su familia todo lo acaecido fue una verdadera bendición de Dios.

También nos entrevistamos con Javier Triff Oquendo, cabeza de la familia que, con su esposa Dulce María Cabañas Casal, fueron seleccionados para comulgar con el Sucesor de Pedro en la Eucaristía celebrada en la Plaza de la Revolución el pasado 28 de marzo, en representación, al igual que otros hermanos de fe, del pueblo cristiano que peregrina en esta tierra cubana.

Javier y Dulce forman una pareja que lleva 27 años de casados y de esta unión nacieron Juan Javier (25 años) y Lorena de 23 años, que ya los ha hecho abuelos de un precioso varón, Daniel Camilo. He aquí su testimonio de ese momento siempre trascendental para el católico, que es el momento de la comunión en que recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo en la sagrada forma, pero que recibida de las manos del sucesor de Pedro, adquiere una connotación que pudiésemos calificar de especial.

Cuando el venerable Juan Pablo II visitó a nuestro querido país en enero del 98, se me encomendó una dura tarea que con mucho esfuerzo salió adelante .Me sentía muy satisfecho y sabía muy bien que junto a mis compañeros de trabajo saludaría al Papa. Me preguntaba en aquel entonces que sucedería cuando viera al Santo Padre frente a mí. Lo único que deseaba era poder mirar de frente a Juan Pablo, porque viendo yo sus ojos, su expresión, trataría de ver en ellos la mirada del pescador de Galilea, aquel mismo que no pudo soportar, mientras le negaba, la mirada compasiva del Maestro. Pero no pude estrechar las manos del Papa, me retuvo la tarea que me habían encomendado, y como a Martha no supe escoger la mejor parte dada entonces a María. Luego vino la reflexión y recordar aquello de San Agustín… ‘’Tengo miedo de Cristo que pasa...’’. Y...el tiempo pasó...Y lloramos a Juan Pablo. Pero no nos quedamos huérfanos. El Señor trajo a Benedicto que con igual cariño vino a vernos. Y otra vez comencé a soñar con el rostro de Pedro. Pero ahora remota era la posibilidad de encontrarme con Su Santidad, porque su estancia seria corta y además su salud no le permitía una agenda de visitas tan largas. Aceptada la realidad nos volcamos en recibir por todo lo alto la imagen de la Virgen Mambisa, pidiendo su intercesión para que la visita del Papa no tuviera contratiempo alguno. No tenía memoria yo de evento tan singular que atrajera la atención y veneración de los cubanos. Indudablemente que nuestro pueblo se siente mariano.

Una mañana de febrero se me acercó monseñor Rodolfo Loiz y me preguntó sobre nuestra disposición de recibir la comunión de manos del Santo Padre. Decir que exulté de gozo es poco decir. Sé que muy dentro estallé de júbilo y gratitud hacia mi Señor. Dulce, mi esposa, lo que oía no creía, al igual mis hijos que quedaron sin aliento. Pero teníamos que prepararnos para cuando llegara ese momento, no solo con nuestra apariencia exterior que también es bueno, sino el de tener barrida y arreglada la casa del alma.

Para ello nos ayudó mucho que entráramos ya en cuaresma. La pastoral diocesana preparó varios viacrucis a nivel de vicarías que representaron los muchachos, fueron extraordinarias por la calidad de las actuaciones y el contenido en las palabras de reflexión. En la novena de oración por la visita del Papa nos vimos contagiados por la espiritualidad vivida por la juventud católica cubana. También nuestros obispos llamaron a tres días de profunda reflexión para que la visita del Santo Padre se desarrollase en paz y armonía: adoración frente al Santísimo, ayuno y abstinencia, y hacer obras de caridad con nuestros hermanos necesitados. Por último el retiro de cuaresma nos dejó con muchas interrogantes sobre nuestra manera de vivir el evangelio.

Dos días antes del 28 de marzo me pregunta mi hija sobre mi estado de ánimo. Pensaba ella que le diría que me sentía algo tenso por las expectativas del encuentro, pero extrañamente me sentía tranquilo. Llegada la noche del 27 les confieso que no encontraba el sueño. Tomé mis precauciones y coloqué las alarmas para las cuatro de la madrugada ya que vivimos muy cerca de la Plaza. El relojito pequeño revoloteo a las tres y media cuando ya el sueño comenzaba a rendirme. Salimos de casa a las cinco y media y lo que normalmente me llevaría 15 minutos de camino se convirtió en un viacrucis de una hora entre tantos laberintos de encierros y cercados ¡Qué alivio la llegada! Ya nos sentamos. Por el camino saludamos a varios amigos, ahora saludábamos a tantos hermanos que mutuamente nos rodeábamos. Ya se acerca la hora. ¡El Papa que llega! Veloz. Por nuestro lado no pasa. Al fin, allí, sobre el estrado, su figura amada. Nos advierten que no debemos de interrumpir la liturgia en aras de una mayor concentración. Vienen las palabras de bienvenida de nuestro Cardenal. El Santo Padre regala a nuestro Arzobispo un cáliz y una patena preciosísimos. Comienza la liturgia, Cantos, Primera lectura, el salmo y luego el Evangelio cantado por Fernandito. Y ahora la sosegada homilía de Benedicto. El tiempo, que es inexorable, se ha empeñado en galopar más rápido que de costumbre. Las preces y luego el ofertorio. Raúl Milanés y Lily bajan emocionados, los niños sonríen. El momento de la Consagración es solemne, la voz del Pontífice se vigoriza. Los que van a comulgar con el Papa comienzan a levantarse...

Y henos aquí, motivo de estas letras. El tiempo detenido y nosotros sobre la amplia escalinata vestida de purpura. Ya el reloj se mueve. No veo al Santo Padre mientras subo, en fila, la escalera. Dulce marcha delante de mí, la siento serena,… también yo. Ya ambos estamos sobre el estrado. Ella se reclina y recibe la comunión. Se levanta. Avanzo sin dejar de observar el rostro del Papa, incluso me reclino sin apartar mi vista: quiero captarlo todo y memorizarlo todo ¡Cuanta bondad y dulzura en su expresión! Paz, me dicen sus grandes ojos pardos donde apenas es un punto su pupila. Su mirada es tan profunda que me parecen planos. -´´El cuerpo de Cristo´´-me dice con voz tenue. Pasó un segundo. Dos segundos… ¡Tres!... ¡Amén!... Y la Sagrada forma que sin saberlo ya está en mi boca. El no apartó su vista de la mía ni un momento. Me voy de allí a regañadientes. Ya de regreso me repito: ¡He visto a Pedro! ¡He visto a la Roca! Quiero rezar por los que hasta allí me han acompañado con su cariño y aliento y no lo consigo. Ante mi aquel rostro bondadoso, con aquellos ojos grandes y profundos, me hablaban desde muy antiguo del amor del único Dios verdadero.

Hoy, mientras sostenía una foto de Benedicto XVI, observé bien su rostro: el Papa sonríe, tiene menos años que el de ayer y además sus ojos son claros y no son tan grandes. Alguien intenta pasar por mi lado y le detengo: dígame Monseñor ¿los ojos del Santo Padre son pardos?- No, Javier: son claros y azules.
Entonces es verdad: Tú eres Pedro.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldrich.
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