Amor y Vida

Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2012

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Romeo y Julieta:
familias enfrentadas.

Por MARÍA DEL CARMEN MUZIO

El problema de la crisis familiar no es privativo de nuestro país, es un problema que se ha extendido a todo lo largo y ancho del orbe. En nuestro caso, abundan las familias divididas, no sólo por el divorcio, sino que hay casos más tristes como la de miembros que viven en el mismo espacio, sin dirigirse tan siquiera la palabra y utilizando la cocina en formas alternas con los abastecimientos separados. Resultan casos tristísimos que han llevado incluso al suicido a alguno de sus moradores, como fue el caso cercano que conocí de una vecina con su hermana.

De más está señalar la importancia que tiene para el individuo su entorno familiar, al ser este su medio de descanso, de refugio para las preocupaciones externas. Por ello, una familia sin amor, indiscutiblemente, no funciona. Recordemos la homilía del Santo Padre, Juan Pablo II, en la Eucaristía celebrada en Santa Clara el 22 de enero de 1998: “La Palabra revelada nos muestra cómo Dios quiere proteger a la familia y preservarla de todo peligro”.

Las tempestades que se han cernido sobre la familia cubana han sido muchas: separaciones ideológicas, emigración, divorcios, embarazos precoces o las eufemísticamente llamadas “interrupciones de embarazo”. Y sabemos la respuesta a lo que ha faltado: el amor, la caridad cristiana, porque se ha vivido de espaldas al Evangelio y al humanismo.

En nuestra literatura ya se aprecia casi como algo natural el reflejo de las familias fraccionadas por innumerables razones sin que de ello se derive una mejora humana para el que disfruta de esas obras literarias; y a la postre, se vuelve un círculo vicioso en que apreciamos lo antinatural de manera común y normal.

Por ello resulta interesante a veces volver la vista a los clásicos, esas obras que por algo han trascendido y no envejecen a pesar de los siglos transcurridos. Tal es el caso de la tragedia Romeo y Julieta de William Shakespeare, quien falleciera un 23 de abril de 1616, coincidentemente con otro grande de las letras castellanas, Miguel de Cervantes, y se les recuerda, cada año, al instaurarse esa fecha como el Día del Idioma.

Los eternos enamorados de Verona superviven en las magistrales páginas de Shakespeare, y aunque en una lectura superficial o vista su puesta en escena, prácticamente irrepresentable en esta época por su extensión, sólo apreciamos la imposibilidad de dos jóvenes que se aman, y que por rencillas antiguas de sus familias contrapuestas, se ven imposibilitados a vivir su amor a plenitud.

Aunque los Montesco y los Capuletos no estaban emparentados entre sí por lazos familiares, eran muy conocidos entre ellos por habitar la misma ciudad-estado, y el odio los dividía de forma tal, que cuando Romeo y Julieta se conocen y se enamoran, ignorante cada uno de su procedencia, deciden ocultar ese amor juvenil, puro, de sus propios padres.

La historia es conocida por la mayoría aunque no haya leído nunca la tragedia, muchos la han visto en la excelente versión cinematográfica que de ella hiciera Franco Zeffirelli y que la televisión cubana ha proyectado más de una vez.

El personaje de fray Lorenzo posee dentro de la trama un lugar importante, es quien los casa a escondidas y el que concibe la estratagema de la aparente muerte de Julieta para que ella pueda escapar después con Romeo, desterrado a Mantua. Y la carta que nunca llega a manos de Romeo, escrita por el fraile y llevada por otro a su destinatario. Para este fraile las rencillas familiares no tienen validez alguna si de amor se trata, por eso los secunda en sus planes secretos y les ofrece una alternativa para que puedan escapar juntos.

La escena final es de las más famosas de la literatura universal. Romeo, en la creencia del fallecimiento de la amada, se envenena; y cuando Julieta despierta de su letargo, ante la muerte del esposo, en la incapacidad de beber el mismo veneno, toma la daga de él y decide morir.

Las familias opuestas, contritas, y ante la admonición del Príncipe, se reconcilian. Final trágico, en el que la fatalidad se ensañó con esta pareja, pero donde según la doctora Beatriz Maggi, profesora y estudiosa de la obra del escritor inglés: “Lo fundamentalmente bueno de este nuevo orden tiene que imponerse: sobre los dos conmovedores cadáveres se liquida la rencilla criminal”.

Romeo y Julieta conserva los grandes méritos que la han hecho imperecedera, los enamorados capaces de enfrentarse a cualquier obstáculo por la preeminencia de su amor, hasta el punto de llegar a morir juntos, unido a la elegancia del lenguaje de Shakespeare con frases que se han eternizado. Tomemos únicamente dos para ejemplificar: “¡Amor, préstame fortaleza, y la fortaleza me dará remedio! (Julieta); ¿No habéis oído decir que secreto entre dos es malo de guardar? (fray Lorenzo)”.

Una clara conclusión nos brinda Shakespeare desde su lejana época isabelina, el odio enemista, separa; en cambio, el amor en su más extensa acepción, une.

Cabe preguntarse entonces, ¿quién triunfó verdaderamente? ¿la muerte o el amor?

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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