Amor y Vida

Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2012

Resolución 1024 X 768 / 32 bit

 

A LA MESA

Por ESTELA MARTÍNEZ CHAVIANO

 

Recuerdo un día, cuando pequeña, en el que mi madre y yo fuimos a visitar a un señor muy mayor, quien vivía en una casa enorme. Minutos antes de irnos su esposa se le acercó y le preguntó si demoraba mucho. Su respuesta fue:
– No, ve tocando la campana.

En la puerta oí el sonido suave de una campanilla. El señor nos explicó que aquella era una costumbre familiar muy antigua. Que el toque de campana se hacía para anunciarles a sus hijos y nietos que debían bajar a almorzar y lo mismo se hacía a la hora de comida. Muy orgulloso nos explicó que en su casa nadie comía fuera de horarios, a no ser por una urgencia; y que todos, sin excepción, debían sentarse a la mesa. Mi madre celebró aquella tradición mientras yo la encontré bastante exagerada y completamente pasada de moda. Mi primer pensamiento fue para los niños de su familia a quienes les estaba prohibido comer mientras miraban la televisión, acto que yo disfrutaba tanto. Quizás lo inusual de tal confesión hizo de aquella visita un hecho que me viene a la mente en varias ocasiones, sólo que hoy, ya adulta, mi percepción sobre este asunto es otra.

Comer y beber son dos acciones esenciales para la existencia del hombre. Comemos para sobrevivir, para reponer el gasto de energía diario. El hecho de comer es una necesidad biológica del ser humano y una muestra de su dependencia de la naturaleza. La carencia de alimentos, el hambre y la lucha por la supervivencia física ha escrito páginas sangrientas en la historia de la humanidad. Pero el hombre también ha sabido compartir el pan.

Xabier Basurko, autor del libro Para comprender La Eucaristía, destaca la siguiente reflexión antropológica: “comer con otros es esencialmente diferente del comer a solas. Mientras comer a solas parece limitarse a una función biológica, comer con otros es una conducta eminentemente social que supera el acto de la alimentación”1.

Los distintos encuentros en torno a la mesa (desayuno, almuerzo, comida) son momentos privilegiados de la vida familiar. En Cuba, sentarse a la mesa para comer juntos es una costumbre que está en crisis; y no sólo en nuestro país, creo yo, sino en todo el mundo. La agitación con la que el hombre vive en la actualidad no le permite consolidar este espacio de reunión. Lo peor es que la mayoría de las familias, aún cuando están todos en casa, dejan escapar la oportunidad y cada miembro de la familia come cuando puede o, al mismo tiempo, pero en habitaciones separadas. Sería bueno reflexionar sobre ello. Creo que la solución puede estar relacionada con un refrán que dice algo así como: una acción realizada en repetidas ocasiones se convierte con el tiempo en virtud. Comer en comunidad no debe estar reservado únicamente para días festivos, sino que debe ser un hábito diario.

Cuando me refiero a comer todos juntos no menciono esas cenas de antaño en las que hablar era mala educación y reinaba un silencio absoluto. Todo lo contrario. Comer en familia debe ser un espacio de comunicación, sobre todo ese tiempo que permanecemos sentados después de haber acabado nuestro plato y que suele conocérsele como sobremesa. En ese momento privilegiado que dura, por lo general, menos de una hora, ocurren pequeñas acciones que fortalecen y consolidan la relación entre los diferentes miembros: primero, nos vemos después de varias horas sin saber los unos de los otros; conversamos, nos contamos lo que nos sucedió en el día, nos divertimos, aunque también compartimos lo que más nos preocupa; escuchamos a los otros; elogiamos el sazón de quien con amor preparó la comida. Un momento importante es la bendición de la mesa y la acción de gracias a Dios por los alimentos que nos ha proporcionado. Así como Él nos invita a su Cena en cada Eucaristía; nosotros, humildemente, le hacemos un puesto entre los nuestros.

La comida es casi siempre el elemento central de toda fiesta. Por tanto, aunque los manjares no sean los mejores, lo que debe reinar es un espíritu de gozo, una alegría interior por tener cerca a quien más amamos en el mundo. No dejemos que la costumbre banalice esos breves, pero insustituibles encuentros. Alejemos de ellos las discusiones, las críticas, las ofensas sin disculpas. Hagamos del llamado ¡a la mesa! una convocatoria, una reunión donde siempre encontremos paz, unidad, y sobre todo amor, mucho amor.

 

Nota:
1- Basurko, Xavier. Para comprender La Eucaristía. Editorial Verbo Divino. España, 1997, p. 16.

 

Volver a la Portada


Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldrich.
CORRECCIÓN: María del Carmen Muzio. DISEÑO VERSIÓN DIGITAL: Raúl León P..
ASESOR ECLESIAL: Monseñor Antonio Rodríguez Díaz.
CONSEJO DE REDACCIÓN: Felipe Oliva, Giselle Grass, Navia García Fabeiro, Estela M. Martínez Chaviano y Raúl León Pérez.
REDACCIÓN: Casa Laical. Teniente Rey y Bernaza, Habana Vieja.
Teléfono: 863-1767.
Se permite la reproducción, total o parcial, de los trabajos, siempre que se indique la fuente.