Amor y Vida

Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2012

Resolución 1024 X 768 / 32 bit

 

CARTA DE UN HIJO A SU PADRE

 

Papá:

La imagen de tu presencia está siempre detrás de mis ojos. En todos los acontecimientos importantes, en todas las decisiones definitivas, en todas las enfermedades, tristezas y golpes de la vida. Siempre como el eje, el tronco, el responsable.

Mi padre es el control de mis fronteras cuando salgo con mis amigos. Es como las leyes que pregonan en la casa y me vienen a la mente en el momento en que más las necesito. Es la solución de lo que a mí me parece un imposible. Es el modelo que yo critico por fuera y admiro por dentro. Es el control que a veces le echo en cara, porque me creo todo un hombre… y luego la vida me demuestra que lo necesito.

Es ese modelo fuerte, seco, sabio, conocedor, que habla sin titubeos y me descubre lo que yo mismo no me atrevo a confesar. Es ese hombre jacarandoso y bromista que le quita a la vida ese sello adusto y aburrido que tanto detesto. Es el padre que siempre tiene tiempo para mí y todo lo que es importante le interesa. Es como la voz de mando y, sin embargo, nunca contradice a mi madre cuando ella decide algo. Es el padre que conoce los peligros antes que yo, y me alerta, me previene, me pone en guardia. Es el padre que lee en mis ojos lo que yo quiero ocultar y adivina de mi corazón lo que no quiero mostrar a nadie. Y así, me va enseñando a crecer poco a poco.
Cuando triunfo, no deja que me envanezca, lo mide por lo que ha costado conseguirlo, y por la ayuda que he recibido de Dios. Cuando fracaso no me hiere, ni me recrimina, ni me acusa. Me muestra el rayito de luz para seguir y el huequito que siempre deja Dios para reconstruirme, sin quedar más cicatrices que las del amor. Jamás me abandona a mi suerte, pero tampoco quita todo radio de acción para que pueda realizarme solo.

Siempre está sobre aviso, para llegar a tiempo. No me amarra las alas; me enseña a volar. No me disfraza los peligros; me da el alerta para protegerme. No me mueve los pies; ¡me enseña a caminar! No me construye el edificio; me pone los cimientos. No me educa a lo antiguo, ni me deja hundir en lo moderno. No me impide divertirme, pero me hace entender los niveles, los muros, la fuerza que llevo dentro de mí para cuando sea necesario oponerme.

Se puede no aceptarlo a pies juntillas, pero siempre busca la forma de que nuestras vidas encajen. Es un hombre de cubierta dura, pero con una húmeda ternura que la ablanda. Un hombre que parece inflexible, tenaz, indoblegable, pero puerta adentro, tiene incrustado el oro en el corazón y pinceladas de cielo en las ilusiones.

Tiene el tronco recio, pero con una pulpa dulce. La corteza gruesa, pero aterciopelada por debajo. La cáscara seca, pero derretida la semilla. La voluntad de acero, la vista de águila, ¡y el corazón de niño!

Mi padre es un hombre bueno. Hace el bien sin que lo beneficien. Todo lo que me da es con alegría y lo que me pone en el bolsillo pasa como por arte de magia a prenderse en mi corazón.
Leemos en su ejemplo, y su trabajar para nosotros, el mejor libro que puede brindar la biblioteca de la vida. Quiere darnos una niñez feliz, una adolescencia protegida, una madre respetada y un hogar con orden y dignidad. No le pesa la carga… más bien parece que Dios se la confió como un honor.

Mi padre es ése que experimentó lo que yo quiero conocer, y me sirve de maestro. Es ése que modeló su vida y me sirve de ejemplo. Es ése que está vinculado a mi vida con un lazo que nadie puede romper. Lo trato como a un ser único, dispuesto, vigilante, amoroso que nos quiere y nos cuida. Lo quiero con todo mi corazón.

Tu hijo

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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