Amor y Vida

Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2012

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CRISTO EN LA FAMILIA:
bienestar para la sociedad

Por ANA MARÍA BALDRICH y RUBÉN GRAVIÉ
Presidentes del MFC

 

Como ya se va haciendo tradicional, desde el pasado 13 de mayo, Día de las Madres, hasta el próximo 17 de junio, Día de los Padres, estamos celebrando la Jornada Nacional de la Familia, en muchas de nuestras comunidades católicas, a lo largo del país. “Cristo en la familia: bienestar para la sociedad” es el lema que preside esta XVI Jornada.

Ésta se lleva a cabo en el marco del año Jubilar, iniciado el pasado 7 de enero, en el que celebramos los 400 años del hallazgo y la presencia de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre acompañando a nuestro pueblo, año de gracia para la Iglesia que peregrina en Cuba, y para todos los cubanos.

Recién hemos recibido la visita del Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, como “Peregrino de la Caridad”, gran acontecimiento para nuestra Iglesia y pueblo, que con sus palabras, gestos y oraciones ante la Reina y Patrona de Cuba, nos bendijo y confirmó en el único camino para el logro de una sociedad justa y fraterna, que es el seguimiento a Jesucristo.

En el mes de mayo se celebrará en Milán, Italia, el VII Encuentro Mundial de Familias que tendrá como lema “La familia: el trabajo y la fiesta”; y es por ello que esta XVI Jornada la hemos dedicado a estas dos grandes modalidades: la familia, célula primera y vital de la sociedad, habita el «espacio» social, y vive el «tiempo» humano. Para ello hemos concebido dos temáticas para reflexionar: una dedicada al trabajo y otra a la fiesta.

La familia, en la que Cristo ocupa el lugar central de su existencia cotidiana, necesita un determinado estilo de vida que conjugue adecuadamente el trabajo y la fiesta. No sólo se vive de relaciones funcionales a la economía. Se requiere de un tiempo para cultivar las relaciones gratuitas de los afectos familiares, de los vínculos de parentesco y amistad. El hombre no debe ser esclavo del trabajo.

El cristiano debe entender el trabajo como una llamada a participar de la obra de Dios, Creador del Universo; y por ello, como un verdadero lugar de santificación, donde el hombre realice las distintas tareas, desde las más sencillas a las más complejas, sin descartar el trabajo doméstico, con amor y de la mejor manera posible, da gloria a Dios; y contribuye a mejorar el mundo en que vive, haciéndolo más acogedor para los demás, sus hermanos. El trabajo, cuando se organiza y desarrolla en pleno respeto a la dignidad humana y al bien común, satisface al ser humano, no sólo por los bienes materiales que crea y de los que puede disfrutar, sino porque expresa su dignidad y la aumenta, haciéndolo más hombre.

La familia y el trabajo están íntimamente unidos. La Carta Encíclica Laborem Exercens del Beato Juan Pablo II, en su número 10, nos recuerda que «El trabajo es, en un cierto sentido, una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que esta exige los medios de subsistencia que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo. Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo el proceso de educación dentro de la familia, por la razón de que cada uno «se hace hombre», entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo proceso educativo» y más adelante concluye que «…la familia es, al tiempo mismo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre».

Como contrapartida necesaria al trabajo está el tiempo sereno y gozoso del descanso y de la fiesta. El hombre moderno ha creado el tiempo libre y ha perdido el sentido de la fiesta, dándole, en algunos casos, sentido de evasión. Es preciso recobrar este aspecto, y en particular, el domingo como «Día del Señor» y «un tiempo para el hombre», es más, un «tiempo para la familia». Volver a encontrar el corazón de la fiesta es decisivo para humanizar el trabajo, para darle un significado que no lo reduzca a ser una respuesta a la necesidad, sino que lo abra a la relación y al compartir con la comunidad, con el prójimo y con Dios

El domingo «Día del Señor» es la fiesta primordial que debemos santificar, con la asistencia de toda la familia a la Eucaristía, en la que volvemos a actualizar la Pasión, Resurrección y Gloria de nuestro Señor Jesús, para dar gracias a Dios, que nos «hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 Pe 1, 3). En ella venimos a ofrecer a Dios las alegrías, trabajos, sufrimientos y las penas de la semana que pasó; y obtener, además, las fuerzas espirituales para la semana que se inicia. El domingo debe ser, además, día de alegría, de descanso, de compartir en familia y también de solidaridad con los que más nos necesitan.

Confiados en Jesucristo, para que en esta XVI Jornada todos meditemos sobre estos dos aspectos que marcan nuestra vida, la de nuestra familia, así como de la sociedad, demos congruente testimonio de ello, felicitando, además, de todo corazón, a las madres y a los padres por ser colaboradores con Dios de la vida, en su más amplio sentido, rogamos bendiciones para todos.

Que así sea

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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