Amor y Vida

Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Segundo trimestre 2012

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El pasado año monseñor Fernando de la Vega partió hacia la Casa del Padre. Asesor eclesial de Amor y Vida, nos había dejado, con su habitual y generosa preocupación por la revista, sus próximos textos, que, como prometimos en el número anterior, continuaremos publicando.

LA BANDERA AUSENTE

Por MONSEÑOR FERNANDO DE LA VEGA

 

Si la justicia y la libertad han sido banderas polémicas alzadas por los países, ideologías y movimientos de nuestros tiempos, queda una tercera, un tanto olvidada o ignorada, la bandera de la fraternidad.

La sociedad actual ya no se fía de quienes proclaman la fraternidad universal como motor de la historia. Hay, sin embargo, figuras de nuestro tiempo que proyectan, con su propia vida, un ideal de justicia. Pensemos en la Madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo II y tantos hombres y mujeres anónimos que silenciosamente gastan su vida en bien de los demás.

El ideal de libertad está arraigado en la conciencia de las personas, pero sus formas de manifestarse muchas veces no van más allá de una tolerancia sin contenidos precisos. Fuera de ella no se da ningún compromiso con la libertad del prójimo. Notemos que esos pronunciamientos sobre el derecho a la libertad siempre se refieren a los ciudadanos y nunca se utiliza la palabra prójimo, la cual queda reservada al mandamiento del Amor que Cristo nos ha dado. Hay un espacio para la filantropía, pero no para el heroísmo altruista.

Los cristianos concebimos la fraternidad como don y tarea. El amor mutuo ha de ser nuestro permanente distintivo. Y así ha sido en una historia milenaria, en la que el pecado ha servido para que sobreabundara la gracia del amor fraterno. Porque gracia es la actitud de aquellos que, por encima de diferencias y fronteras, se unen para crear un amor tan entregado, que no tiene similar en la sociedad humana.

Este es nuestro aporte peculiar, la bandera de la fraternidad como signo de la existencia de un Dios que es Padre de todos y patria común. Por eso, porque somos, por voluntad divina, signo y semilla del Amor universal, los cristianos de nuestra Iglesia nos autodenominamos católicos.

Juan Pablo II nos invitó a construir la civilización del amor, de la que ya había hablado su predecesor Pablo VI. El actual papa, Benedicto XVI, ha hecho del amor la piedra angular de su magisterio.

Sean cuales fueran las condiciones sociológicas en las que tengamos que vivir, debemos estar acostumbrados, como San Pablo, a la privación y a la abundancia; nada nos debe impedir vivir la fraternidad entre nosotros para abrirnos después a los demás.

Este amor sincero, manifestado en la fraternidad, facilita el enriquecimiento mutuo entre los hombres, pasando por encima de cualquier diferencia de las tantas que hoy dividen a la humanidad. No pocos piensan que muchos de nuestros contemporáneos están hastiados de vivir sin un objetivo que valga la pena.

Algunas veces escuchamos hablar del éxito de las sectas y de algunos grupos que prometen experiencias espirituales sin el rigor de un compromiso institucional. Este es un asunto complejo, pero no sería justo concluir de ello que la Iglesia debe ser una institución que, ante todo, ofrezca prácticas de piedad, devociones varias, cultos llamativos... envuelto todo en la atmósfera de una misteriosa espiritualidad.

La Iglesia sabe que su camino es la humanidad con sus aspiraciones, grandezas y miserias. Ella, como el grano de mostaza, tiene que proponer a los hombres la Buena Nueva. O el Evangelio va por delante, incluso de los propios cristianos, o no es tal. No somos los dueños del mismo, sino sus servidores, muchas veces siervos inútiles que, por miedo, enterramos los talentos.

A veces no hemos tenido lo anterior en cuenta. De ahí que la Iglesia, mediante sus representantes más calificados, ha pedido perdón por sus pecados históricos, en un ejercicio de sincera humildad que la honra y que, al mismo tiempo, manifiesta su peculiaridad frente a otras instancias sociales incapaces de toda autocrítica.

El éxito de la Iglesia y el de la sociedad son diferentes, pero correlativos. No se edifica la Iglesia sobre las ruinas de una sociedad, un sistema o una ideología, sino sobre Jesucristo, el único cimiento que nos ha sido dado. Quiera Dios que nunca olvidemos esto.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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