No. 3 y 4 Julio - Diciembre  2004

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La Inmaculada  Concepción de María

La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que por una gracia especial de Dios, María fue preservada de todo pecado desde su concepción. Esta doctrina es de origen apostólico, aunque el dogma fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de l854 en su bula Ineffabilis Deus, ocasión en la que expresara:

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

La concepción es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres; es el momento en que comienza la vida. María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre, Santa Ana. Es decir, María es la “llena de gracia” desde su concepción. Cuando se habla de la Inmaculada Concepción, no se trata de la concepción de Jesús, quien, claro está, también fue concebido sin pecado.

La Biblia no menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada Concepción, pero se deduce de la Biblia cuando esta se interpreta correctamente a la luz de la Tradición Apostólica.

Muchos santos, como San Francisco (Siglo XIII) han tenido gran devoción a la Virgen Inmaculada. El Papa Sixto IV, en 1483, casi cuatro siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente. Se dice también que el Franciscano Dun Scotto preparó el camino para la definición dogmática. Se cuenta que la inspiración de este Franciscano le vino al pasar por frente de una estatua de la Virgen y decirle: “Oh, Virgen sacrosanta, dadme las palabras propias para hablar bien de ti”.

A Dios le convenía que su madre naciera sin ninguna mancha. Esto era lo más honroso para Él. Y como Dios lo puede todo, pudo hacer que esto sucediera, que su madre naciera sin mancha: Inmaculada. Recordemos que lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.

María, por ser una de nuestra raza humana, aunque no tenía pecado, necesitaba salvación, que sólo viene de Cristo, y es entonces que recibe singularmente por adelantado los méritos salvíficos de Cristo. La causa de este don: el poder y omnipotencia de Dios. Dios quiso prepararse un lugar puro donde su hijo se encarnara.

María estuvo inmune de todo pecado personal durante el tiempo de su vida. Esta es la grandeza de María, que siendo libre nunca ofendió a Dios, nunca optó por nada que la manchara o que le hiciera perder la gracia que había recibido.

La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María tiene un singular llamado para todos nosotros y muy en especial para las familias:

1.- Nos llama a la purificación: ser puros para que Jesús habite en      nosotros.

2.- Nos llama a la consagración al Corazón Inmaculado de María,        lugar seguro para alcanzar el conocimiento perfecto de Cristo y camino seguro para ser llenos de Espíritu Santo.

Su Santidad, Juan Pablo II, expresó el 5 de diciembre de 2003:

“Con la Inmaculada Concepción de María comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la sangre preciosa de Cristo. En Él toda persona está llamada a realizarse en plenitud hasta la perfección de la  santidad”.

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez