No. 3 y 4 Julio - Diciembre  2004

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Los medios  de comunicación y la familia católica.

Por HABEY HECHAVARRIA PRADO

 

La influencia de los medios sobre la familia

Los Medios de Comunicación Social (mass media), que constituyen uno de los poderes en la sociedad contemporánea y cuentan con recursos multimillonarios e influencias decisivas a nivel global, plantean una oposición evidente y silenciosa a los valores tradicionales de la familia, por no decir a la familia misma como institución. Esto ha ocurrido en los últimos cincuenta años de manera creciente pero es un resultado de la evolución natural del pensamiento que nació con la modernidad, a entender, de la racionalidad renacentista (pienso en Nicolás Maquiavelo), que a través del desarrollo científico, se volvió hegemónica hacia el siglo XIX.

La televisión, el cine, la radio, la prensa de todo tipo, la literatura barata y el mundo del  sub-espectáculo, nos arrinconan muy a menudo con lo que antes eran productos marginales, ideologías de bolsillo, artículos para zonas de tolerancia que ahora, de un plumazo, se convierten en propuestas y discursos de primer orden u oficiales. Y podríamos reconocer, he aquí el mundo que nos tocó -difícil, como todas las épocas-, pero lo inadmisible es verse atrapado en la siguiente disyuntiva: ¿apagamos el televisor para que nuestra familia no reciba con pasividad acrítica la mezcla de valores y anti-valores?, ¿o tendremos que organizar debates hogareños después de cada capítulo de la novela?, ¿quizás debamos prohibir terminantemente ciertos juegos de computadora o nintendo donde la crueldad asume diversas formas? Al menos en Cuba, desgraciadamente, no contamos con libre acceso a la autopista de la información, Internet, que es hoy otra fuente de preocupación en este sentido.

Para los Medios de Comunicación Social, en ocasiones, la familia es solo un segmento de mercado, alguien, muchas veces “algo”, a quien se puede manipular, con técnicas subliminales o no, en función de objetivos comerciales e ideológicos la mayoría de las veces. Se olvida la persona humana para atender los “gustos” de una masa sin rostro que significa números y no gentes. Ante el recuadro de la mercadotecnia será imposible esperar que se atienda seriamente el campo de la espiritualidad, y menos la cristiana, si no es por la exigencia pragmática de cierta coyuntura o por una necesidad dramatúrgica, o estrategia circunstancial.

Una cultura de la violencia, la crueldad, la sexualidad degradante y la muerte se extiende por todos lados, y alcanza los juguetes, las películas con que “relajamos” y el trato ordinario. Alarma también el prolongado tiempo frente al televisor que aleja a la familia. La generalización del fenómeno permite a los productores justificar sus ofertas tras la demanda de los consumidores, que somos nosotros mismos, hasta el punto de no saberse quién nació primero, la necesidad o el producto, el huevo o la gallina.

En sentido contrario, los “mass media” no pueden verse como un pandemonium, una  fuente perenne de corrupción, pues son el resultado de la inteligencia y la sensibilidad humanas. Son justamente medios y no fines, carecen de ideología y de voluntad pese a la enjundiosa teoría, casi filosofía, que les sostiene. Dependen por entero del individuo que les gobierna, y tienen igual misión que el resto de las obras y artilugios de la civilización, esa segunda naturaleza: hacer mejores a los hombres.

La Familia no es un dibujo

Una vez, al final de mi adolescencia, un amigo de mayor edad me comentó que la familia es lo mejor y lo peor para el desarrollo de una persona. Independientemente de lo que tal criterio muestra sobre una experiencia individual, debo reconocer que la duda sobre la verdad o no de ese criterio me duró hasta después de la fundación de mi propia familia, y creo que todavía me acompaña.

Entonces comprendí que no se trataba de una supuesta maldad dentro de la organización natural de seres humanos entre los cuales median relaciones de consanguinidad. La destrucción de un sujeto social responde a la actitud hacia ella o él, y a aquella actitud que el sujeto asume para consigo mismo. Vista así, la familia refleja el entrecruzamiento de circunstancias y consideraciones que el medio socio-histórico determine. Como conozco los avatares de mi amigo evito juzgarle, antes le compadezco.

Pero el asunto en cuestión es cómo pueden sembrarse criterios, formar opiniones en la gente, mucho más si son jóvenes, a partir de bases sólidas o falsas. Téngase en cuenta que las concepciones que incorporamos a edades tempranas programan en nosotros buena parte de eso a lo que después llamamos destino. Pues si una opinión vertida al azar y sin mayores pretensiones puede influirnos, ¿qué no podrá ocurrir con los mensajes, bien elaborados desde el punto de vista de las técnicas de la comunicación, que de manera sistemática recibimos a diario con sus correspondientes modelos de comportamiento a los cuales, conscientemente, se les rechaza?

Sin embargo, Dios nos ha hecho libres en la misma medida que hijos suyos.

El Señor vencedor de la muerte, el Señor de la Historia y de todo lo creado y por crear, no “diseñó” la familia al modo de un comic ni de un edulcorado programa de televisión, la hizo posible desde el modelo de Nazaret, una encarnación del sagrado principio trinitario, aunque luego nuestros actos y decisiones transformen la problemática familiar en una multicompleja e indeseable realidad.

La libertad de amar por encima de la adversidad, la libertad de escoger el bien entre un sinnúmero de facilismos y tentaciones, identifica a los hijos de Dios y a la familia cristiana que, al conocer dificultades de todo tipo a lo largo de 2000 años, no se encuentra indefensa en ninguna parte del mundo; pues tiene, en comunión con la Iglesia, un poder superior a cualquier otro: la fuerza divina del amor manifestada en la influencia mutua de los parientes, y del ejemplo vivo de la fe allí donde no alcanzan las palabras.

La influencia de la Familia sobre los Medios

 Sobre la influencia de los Medios en el ámbito de la familia, se pronunció el Simposio Nacional de Familias, ocurrido en la Parroquia de los Padres Pasionistas de La Habana a principios de año, mediante un agudo informe de la Diócesis de Santa Clara, su posterior análisis y sugerencias. Una vez comentadas sus ideas principales, me referiré a la capacidad de respuesta que la institución familiar, en particular la católica, tiene ante el aluvión de mensajes lesivos a su naturaleza que, en el peor de los casos, recibe envueltos en el encantador embalaje de lo ultramoderno.

No resulta una operación sencilla la discriminación de los “mensajes buenos” de los “mensajes malos”. En ocasiones, la falta de propuestas informativas y entretenimientos televisivos nos hacen buscar opciones foráneas que llegan a ser peores que las nacionales, dañinas en grado sumo, peligrosas por seductoras. Justo en ese sentido, debe ejercerse una censura formativa, unida al análisis profundo y al crecimiento interior. El permisivismo frente a los modelos negativos pone en riesgo la integridad y la felicidad. No obstante, el cristiano debe conocer el entorno para que su esencial humildad no se haga ingenua ni débil.

La selectividad se dificulta más cuando los productos culturales incorporan la sutileza de la elaboración artística, y el sustrato de dicha obra mezcla presupuestos sin responder a una doctrina. Para ello siempre tendremos el enfoque humanista que proclama la dignidad, el respeto y la vida como baluartes de la existencia, cuya concomitancia ni conoció ni conoce diferencias con el cristianismo, aún sin mencionar el Evangelio de Jesús.

Por otra parte los cristianos existen en comunidad, y esas comunidades ejercen una influencia social innegable, sea oficialmente reconocida o no, capaz de desmontar, decimos hoy, cualquier discurso, e incluso producir un discurso propio.

Las comunidades generan, aún sin saberlo, una cultura. Organizar esa cultura cristiana y católica, abierta al diálogo social, generaría una respuesta imprescindible al poder de los Medios cuya repercusión en términos de evangelización, difusión de conocimientos y valores, creación artística (ya perceptible en parroquias y diócesis) es un hecho. En definitiva, del aliento de una verdadera inspiración evangélica solo saldrá una estética de la piedad y la misericordia, que tampoco es un recurso nuevo, al poseer brillantes antecedentes en la historia de la salvación.  

El cristianismo encontró sus propios medios de comunicación desde los orígenes (ritos, sermones, cartas, homilías, acciones), y sus lenguajes o recursos (parábolas, cantos, ilustraciones, signos), según la época y sus desafíos. Por ejemplo, durante el Medioevo, y aún después, la mirada cristiana del mundo católico y del ortodoxo erigió no pocos monumentos a la presencia de Dios y el Reino entre nosotros, que la actualidad todavía no ha olvidado.

El más reciente filme de Mel Gibson, La pasión de Cristo, ejemplifica una experiencia interesante sobre la posibilidad de un contradiscurso artístico a la avalancha de anticristianismo y anticlericalismo. Gibson ha producido en la meca del cine comercial, con todo lo que ello significa, una obra de impactante expresionismo formal, a la vez que conmovedora en la solidez teológica y en una auténtica experiencia de fe.

En tal caso se trata de un tipo de arte católico, que mucho me recuerda los autos sacramentales del Renacimiento español y el teatro jesuita europeo del siglo XVII.

Pero podría no ser arte, o no ser religioso, más allá de su sentido de religarse con lo mejor de la condición humana. En definitiva, el humanismo no será nunca contrario a los valores de la religión, ni podrá dañar los fundamentos de la sociedad. Recordemos cuántos pensadores y artistas, en diversas manifestaciones, han tomado motivos religiosos para su creación, o cuántos no echaron mano a estos motivos, y sus resultados guardan absoluta consonancia con los principios morales más acendrados.

Una cultura católica que nazca, orgánicamente, del ámbito de la familia, del credo que abre a una vida nueva, sacudirá las trampas de la corriente común y el adocenamiento, poniendo en solfa la banalidad. Emergerán las interrogantes fundamentales que están por atenderse: ¿quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos? Las anteriores, formando el título de un famoso cuadro del pintor francés del siglo XIX Paul Gauguin, para un cristiano de fuertes convicciones no implican ningún acertijo. Pero sí lo son en el mundo actual que busca con desesperación respuestas complejas para preguntas simples.

Inspirados en el Divino Maestro y sus apóstoles, guardamos un precioso tesoro en una vasija de barro.

Ese tesoro, transmitido en nuestros hogares, esa alianza, no conoce siquiera el límite de la fatalidad material. Ya que, en un final, la familia -sumergida en los barrios, integrando diversas generaciones, transmitiendo antiguas tradiciones y creando otras- es el primero, más genuino e importante Medio de Comunicación Social.

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez