No. 3 y 4 Julio - Diciembre  2004

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¿Cómo  estar  seguros de que podremos ser fieles toda la vida?

Tomado de 50 preguntas acerca de la vida y del amor, de la revista Il est vivant

 

No se trata de saber si el día de mi boda, estoy seguro o segura de que seré feliz toda mi vida, sino más bien de preguntarse si estoy convencido o convencida de que el hombre o la mujer de mi vida es él o la que he elegido. Estamos llamados a renovar cada día el compromiso asumido en la Iglesia el día de nuestra boda, cada día debemos decir: “Sí, me entrego a ti y te tomo libremente”. Ser fiel es hacer crecer juntos esta entrega mutua que comenzó el día de nuestra boda y que no dejará de crecer durante los años que pasemos juntos. Hace falta tiempo para crecer, para construirse. Se trata de un proyecto que tiene que diseñarse juntos. Amar es poder decirle al otro: “Pase lo que pase estaré contigo, en la alegría o en la tristeza”.

. La fidelidad es el testimonio de una mujer que perdió a su marido, tras cincuenta años de vida en común, y que nos decía: “¡Teníamos aún tantas cosas que decirnos…!”. El camino de la fidelidad se recorre creyendo en el otro, compartiendo esperanzas, preocupándose por él, aceptándole día tras día. El camino es a veces difícil, duro, pero nos proporciona alegrías y nos ayuda a evolucionar como personas.
. No obstante, quien es fiel no está libre de tentaciones. Al ser la fidelidad un camino, una construcción, es necesario establecer marcas que nos ayuden a seguir siendo fieles. Mostrarse indiferente con nuestra pareja destruye la felicidad. Decir “no tengo tiempo”, “mi carrera, realizarme, el deporte, la música… es lo primero”, o bien anteponer amigos o relaciones sociales; querer preservar la propia libertad, reservar los espacios propios de libertad, etc., hace que poco a poco la comunicación deje de existir. Cada uno vive su vida en lugar de compartirla y es entonces cuando, insatisfecho y frente a las múltiples tentaciones de la vida, se puede caer en la tentación de romper la promesa de fidelidad.

. Debemos mantenernos “en guardia”, estar atentos a lo que sentimos, a lo que miramos, a lo que decimos para preservar nuestra fidelidad como se guarda un preciado tesoro. Las tentaciones del mundo son fuertes: pornografía por doquier, transformación del acto  sexual en algo banal, búsqueda del placer por el placer, modas provocativas, películas que predican la infidelidad sexual, etc.

Son tantos los desórdenes que pueden afectar nuestra fidelidad. Prometerse fidelidad se convierte en una audacia; la fidelidad corre un riesgo por el que sólo Dios, eternamente fiel, puede responder. Cuanto más amemos a Dios, mayor será muestra fidelidad.

El sacramento del matrimonio es una fuente inagotable de fidelidad, a la que podemos acudir cada día. El amor, que tiene a Dios como origen, puede superar con éxito el desafío de la fidelidad, si no se olvida nunca la palabra que Jesús dirige a cada uno de nosotros: “Estad ciertos que yo mismo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos”. (Mt. 28,20).

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez