No. 3 y 4 Julio - Diciembre  2004

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La verdad de la familia en la Sagrada Escritura
y la reflexión teológica.

 

Monseñor Salvador Riverón
Obispo Auxiliar de La Habana
Presidente de la Comisión de Familia
de la COCC

 

La familia humana, que tiene su origen en la relación conyugal, aparece puesta de relieve, en su fuente primigenia, desde las primeras páginas de la Biblia, cuando el autor sagrado del Génesis, pone en boca de Dios las palabras: “No es bueno que el hombre esté sólo voy a hacerle una ayuda semejante a él” y Dios crea la mujer de la costilla de Adán. El asombro de éste, ante tan singular compañía, tiene su culminación en la convicción con la que se expresa la voluntad de Dios, que emerge en la conciencia como una ley natural y que puede considerarse como la institución divina de la alianza matrimonial: ”Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Cf: Gn 2, 18 ss). Se exalta así la unión matrimonial y su unidad monogámica.

 

Según el relato de la creación, la mujer fue creada por causa del varón, pues éste se nos presenta como indigente, necesitado de ayuda y complemento. La mujer es la respuesta de Dios a esa indigencia del varón y debe ser la compañera del hombre en toda su vida, con ella el varón puede formar una unidad que no tiene punto de comparación en todo el ámbito de las relaciones humanas dado que alcanza una intimidad mayor que las relaciones de filiación, paternidad, y fraternidad. Al hombre y a la mujer se les encarga la tarea de la fecundidad y el dominio del mundo.

En el Antiguo Testamento quedan establecidos los elementos fundamentales acerca de la familia, su origen divino, unidad y autonomía en relación con las demás agrupaciones humanas sucesivamente formadas, al mismo tiempo en que se nos señala una cierta jerarquía de las relaciones dentro de ella, puesta de relieve después del pecado en Gn 3,16ss.; y que concuerda con la concepción del hombre como cabeza de esa unidad. Pero la condena contra la mujer que estará bajo el dominio del varón, no significa una subordinación ético-jurídica, es sólo la constatación de un hecho histórico. Más bien se ha pensado, no sin razón, que la revelación veterotestamentaria considera fundamental esa ordenación jerárquica de los sexos en la que la esencia de Adán pasa a ser arquetipo de la de Eva, pues ese es el fundamento de la relación complementaria entre los sexos y es la que hace posible el llegar a ser una sola realidad. Es decir, que esta jerarquización no tiende a dar preferencia a uno en detrimento del otro, sino que está totalmente orientada a la perfección en la unión. Por esto la diversidad entre el hombre y la hembra debe ser valorada desde su finalidad que es la unidad. La unidad es alcanzada como un fruto de la diferenciación. Esta diversidad supone una igualdad de dignidad y de valor. Puede decirse que en la unión matrimonial la dignidad del varón es ser cabeza de la mujer, y la dignidad de la mujer es ser esplendor y gloria del varón.

Sobre el telón de fondo de estas concepciones, el matrimonio era visto ante todo como una institución que servía para conservar la estirpe del varón, de modo que no se pretendía con él formar una nueva familia, sino más bien continuar la ya existente. El hebreo como el griego carecen de un término equivalente a matrimonio, tampoco la palabra esposo encuentra un equivalente hebreo, pues el hombre que desposaba a una doncella era considerado su dueño y señor y pagaba un precio por ella, de modo que el matrimonio aparece culturalmente como un convenio privado entre las partes interesadas: por un lado el novio o su padre o madre o ambos, y por otro lado uno de los padres de la novia o ambos. Estos pactaban la boda. (Cf: Gn 29,20) Yahvé era el testigo y protector de esta alianza como aparece ya desde Gn 1, 28; 2,18; también en Mal 2,14-16; y en Tb 8,7.

En Israel el matrimonio era visto primariamente en relación con la procreación, como ya dijimos, los hijos como don y bendición de Dios, la fecundidad era el valor primordial al que se subordinaba todo lo demás; mientras que la esterilidad no sólo se consideraba oprobiosa sino también se interpretaba como un castigo divino. Aunque el matrimonio se reconocía como una institución divina que ya estaba dada, no se le veía como algo específicamente sagrado, los textos antiguos no hacen referencia a un ritual religioso, pero el Israelita sabía que Dios le guiaba en la elección de esposa y que los normas que regulaban ese tipo de unión provenían de Dios, a pesar de esto su estructura original sufrió las alteraciones que fue provocando la urgencia de conservar la estirpe.

 

Se anteponía el bien de la comunidad al interés personal de los individuos imponiéndoles leyes y exigencias. Por eso los padres casaban a sus hijos sin consultarlos (Gn 24,2ss; 29,23; Tob 6,3), se excluían algunos matrimonios entre la parentela (Lev 18,6-19) o en el exterior de la nación (Dt 7, 1-3; Esd 9). En beneficio de la estirpe, y por circunstancias sociales y económicas llegaron a justificar la poligamia, permitiendo algunas de sus formas ( Cf Ex 21 ,7-11 Dt 21, 10-15) también incorporaron la ley del levirato (Dt 25,5-10 Gn 38,7ss; Rut 2,20) y otras costumbres porque la ausencia de hijos era vista como maldición. Pero en el Génesis es un descendiente de Caín quien introduce la poligamia y con ella incrementa la maldición original que pesaba sobre esa genealogía.

No obstante la necesidad de descendencia llevó a la aceptación de las relaciones sexuales con la esclava de la esposa para asegurar la misma, así la encontramos en Abraham, y esta costumbre se hizo más laxa en Jacob que engañado al inicio acaba aceptando dos esposas y relaciones con las esclavas de estas, pero todo esto era considerado como sucesos intra matrimoniales.

Posteriormente Esaú se casa con tres mujeres. Se generaliza la costumbre de tener dos esposas o de tomar concubinas y mujeres esclavas. Los reyes establecen múltiples uniones por amor o por intereses políticos y se forman los grandes harenes en los que es imposible la verdadera relación amorosa. (2Sam 11,2ss 1Re 3,1; 11,3; 2Par 13,21)

 

Pero a pesar de todas estas conductas difundidas la monogamia es indicada en la Sagrada Escritura como el ideal matrimonial a través de figuras admirables por la integridad de su vida, pensamos primero en Isaac (Gn25,19ss) luego en José (Gn41,50) que rechaza el adulterio al precio de la cárcel, recibe como esposa a Asenat y engendra de ella dos hijos, bendecidos por Jacob (Gn 48,5 ss) y recibidos como hijos y herederos de las promesas, luego encontramos a Judit la viuda honorable (Jdt 8,2-8), y los hermosos y edificantes ejemplos del libro de Tobías (Tob 11,5-15) el testimonio personal de Ezequiel ( Ez 24,15-18) y el ejemplo del libro de Job (Job 2, 9s); el salmo 128,3(127) parece excluir ya la poligamia, y en el mismo sentido pueden interpretarse los Proverbios 5,16ss y 31,3. A partir de la experiencia del exilio la monogamia se extiende. La verdadera concepción del matrimonio prevaleciente en la revelación veterotestamentaria aparece puesta de relieve especialmente en el libro de Tobías, concretamente en 8,5-8.

La ley del Levirato por la que la viuda de un hombre que muere sin hijos debe casarse con el cuñado para obtener descendencia para el difunto era consecuencia de un principio de derecho hereditario existente en el oriente y se conservaba todavía en tiempos de Jesús.

La valoración moral del Antiguo Testamento ante todas estas costumbres queda plasmada en cierto modo en el capítulo 18 del Levítico, donde las numerosas prohibiciones quieren proteger las relaciones en el seno de la familia en sentido amplio (Cf Lev 20, 10-21.). Y la literatura sapiencial evocará la alegría y las dificultades del hogar monogámico (Prov 5.15-20; 18,22; 19,13; Ecl 9,9; Eclo 25,13-26,18)

A pesar de que la boda se convenía por anticipado con todos los detalles incluido el precio, no se trataba de una compraventa porque el marido no podía disponer de la mujer como de un objeto o de una esclava. Seguía siendo una persona libre y debía ser respetada como esposa. El matrimonio se contraía a los 18 años por regla general (Eclo 7,23 ) A partir de la entrada en la tienda, en el nuevo hogar la mujer era consideraba casada (Gn 24,63-67.) Se celebraba también una fiesta que solía durar hasta siete días (Tb 10,8; Gn 29,27;) La esposa debía guardar fidelidad bajo pena de muerte (Dt 22,20) pero tenía una protección contra las calumnias que castigaba con multas de hasta 100 monedas de plata y con la perdida del derecho al divorcio por parte del marido (Dt 22,15) Se eximía del servicio militar al novio que no se había casado para evitar que muriera en combate y otro tomara a su esposa.

 

A pesar de las normas y costumbres establecidas que parecen someter el matrimonio a cierta coerción se conservó muy viva la espontaneidad del amor, a veces porque los sentimientos coincidían con una relación impuesta Gn 24,62-67 Rut 3,10), a veces porque ambos miembros de la pareja se habían elegido (Gn 29, 15-20. 1Sam 18,20-26; 25,40ss), incluso contra la voluntad de los padres (Gn26,34ss; Jue 14,1-10). Aparecen hogares unidos por un amor profundo (1Sam 1,8) y se vive la fidelidad incluso más allá de la muerte (Jdt 16,22). El Cantar de los cantares recoge para hablar del amor de Dios a su pueblo el lenguaje apasionado propio del amor humano conyugal tal como se daba entre ellos.

En cuanto al libelo de repudio; podemos decir, que a pesar de que la enseñanza divina que nos quiere comunicar el Génesis, el cual bendice la unión matrimonial una e indisoluble, la legislación mosaica incorporó la práctica por excepción del divorcio como se refleja en el Dt 24, 1-5 pero poniendo un limitación al mismo: esta consistía en que al menos existiera una causa, tópico que dividió después las escuelas rabínicas según su interpretación desde la más severa que admitía como causas sólo el adulterio o la mala conducta moral de la esposa hasta la que lo autorizaba por cualquier motivo incluso banal. En la diáspora el divorcio se aceptó por iniciativa de cualquiera de las partes.

 

Recogiendo las enseñanzas más significativas del Antiguo Testamento sobre el matrimonio y la familia, encontramos en primer lugar los dos relatos del Génesis sobre la creación del hombre y la mujer y la formación de la pareja humana. El relato más antiguo el yahvista de Gn 2, 18-25 nos trasmite un mensaje fundamental que podemos resumir en cinco afirmaciones claves: 1. la soledad e indigencia del hombre sin la mujer, 2. la igualdad fundamental de ambos: hombre y mujer en cuanto a su origen, su dignidad personal y su destino sobrenatural, 3. la atracción misteriosa y poderosa de los sexos, 4. la singularidad de la unión total e íntima, 5. la exclusividad y perennidad de la alianza esponsal.

En efecto el ser humano fue creado hombre y mujer y ambos se complementan de tal modo que sin la comunicación con el otro sexo en el plano natural se da una soledad e indigencia originaria que en notable medida es resuelta por la relación matrimonial.

Esto es posible porque la diversidad entre el hombre y la mujer se da inmersa en la igualdad de naturaleza y origen de ambos, que se reconocen con la misma dignidad personal lo cual posibilita una comunicación corporal y espiritual del más alto nivel.

El atractivo misterioso de los sexos libre de todo sentimiento de vergüenza en su integridad original anterior al pecado, aunque productor de turbación a causa de éste, conduce de modo instintivo pero libre a la unión de ambos y tiene un valor y significado unitivo y pro creativo muy fuerte.

 

La unión conyugal tiene unas características únicas, es más íntima y fuerte que la de padres e hijos porque se establece simultáneamente en el plano físico, corporal y conyugal en sentido amplio y genital, involucrando intensamente la dimensión sicológica, cultural, moral y personal. El término hebreo dabaq, alude a la idea de aglutinarse o adherirse y es usado para la unión íntima del hombre y la mujer y la expresión una sola carne es clara y misteriosa al mismo tiempo pues abarca no sólo el plano físico sino la totalidad personal incluido lo espiritual.

El sentido profundo del ser los dos una sola carne, vale decir un solo ser, conlleva una unidad que rechaza por antinatural la división o separación, como nos recordará en nuestros tiempos el Concilio Vaticano II cuando dice: “ esta íntima unión de los esposos, puesto que se trata de la donación íntima de dos personas, así como también el bien de los hijos, exigen plena fidelidad de los esposos entre sí y urgen la indisolubilidad del matrimonio” (G.S.48).

Esto es válido por verdadero, aunque muy pronto el pecado haya introducido una grieta que, comenzando en el capítulo 3 del mismo libro del Génesis, se consuma en lo que a ruptura de la unidad y exclusividad de la alianza conyugal se refiere en el siguiente.

La segunda narración menos dramática, se encuentra en Gn 1, 26-28. Allí se nos entrega la revelación divina de la altísima dignidad del hombre y la mujer creados a imagen y semejanza de Dios, y la sexualidad aparece como un bien dado por Dios Creador al ser humano hombre y mujer, además la fecundidad que aparece como su fin, es fruto de la bendición de Dios.

Podemos pues afirmar que el matrimonio fuente de la familia aparece en el plan de Dios revelado ya desde el Antiguo Testamento como una comunidad de amor entre hombre y mujer, comunidad que los plenifica a ambos y es una institución que proviene de Dios con unas características fundamentales de unidad e indisolubilidad, orientada hacia la procreación y educación de los hijos.

 

Este bellísimo y noble plan divino será deformado históricamente por el pecado de los humanos y pasará por un proceso lento de restauración en la historia de la salvación a través de la pedagogía divina que irá purificándolo en dos dimensiones constitutivas del mismo: el amor y los hijos.

 

Dios mismo es el que capacita al hombre y la mujer para el amor, y mostrándole su grandeza y belleza, al mismo tiempo que su ordenación hacia la transmisión de la vida a la prole, irá ayudando a la dignificación del matrimonio y la familia.

Los profetas harán una teología del amor. Exaltarán el amor matrimonial tomándolo como referencia comparativa del amor de Dios a su pueblo, el primero en poner de relieve este simbolismo fue Oseas 1,3 . Ellos hablarán en primer lugar del amor gratuito de Dios a su pueblo y de las conductas adúlteras con que el pueblo le ha correspondido. En el mensaje profético están encerradas enseñanzas excelentes para la vida y santificación de los esposos, las cuales repercutieron no solo en el aspecto vivencial sino también en la comprensión de la realidad matrimonial más en conformidad con el proyecto divino original.

Después del exilio se da una recuperación moral y espiritual notable y la monogamia como ideal matrimonial aparece como una tendencia marcada. Las familias judías que aparecen en el libro de Tobías entre otras, eran monógamas. Aquí se nos presenta una concepción verdaderamente espiritual del hogar que es preparado por Dios fundado bajo su mirada en la fe y la oración siguiendo el modelo del Génesis, conservado por la fidelidad cotidiana a la ley, estos textos ratifican que ya se habían superado las imperfecciones aceptadas provisionalmente por la ley mosaica. La literatura sapiencial invitará al varón a centrar de modo exclusivo su gozo matrimonial en la esposa única de la juventud sin pretender ninguna otra (Prov 5,18). La unión monogámica está presente como el trasfondo ideal en otros textos. (Cf Jr 3,1). Malaquías alza la voz condenando el libelo de repudio de parte de Dios (Cf Mal 2,14-16) e invitando al dominio de sí y a la fidelidad matrimonial.

 

También entre los esenios se constató la misma tendencia hacia el matrimonio monógamo. El documento de Damasco condena la poligamia y acusa y excusa el pecado de David al respecto diciendo que no conocía la ley divina de la monogamia que ellos veían plasmada en el arca de Noé que encerró los animales por parejas según mandato de Dios.

Ante un mundo que pretende instaurar una fraternidad sin padre la Sagrada Escritura ya desde el Antiguo Testamento nos revela que Dios es esencialmente Padre, y lo hace partiendo de la experiencia de padres y esposos de los seres humanos a quienes la naturaleza misma va ofreciendo la posibilidad de ejercer la autoridad y vivir el amor. En fuerte contraste con las formas aberrantes con que el paganismo atribuía a sus dioses esas dimensiones humanas, en la Biblia se nos revela el amor y la autoridad del Dios vivo con las imágenes del padre y del esposo.

El padre es considerado el jefe indiscutido de su familia, al que la esposa reconoce como amo y señor, ya aclaramos que ella no es su esclava, pero él es el primer responsable de la educación de los hijos (Eclo 30,1) debe transmitirles el legado religioso que a su vez el ha recibido, especialmente los mandamientos de la ley divina (Dt 6,7; 11,19) también es responsable de que se cierre el pacto matrimonial, y de la libertad de las hijas. El representa la familia entera cuya unidad realiza, de ahí que la familia sea llamada “casa paterna” (Gn34,19)

 

La madre ocupa un lugar distinguido en el Antiguo Testamento , Adán al llamar a su mujer Eva indicaba su vocación de “madre de los vivientes” (Gn 3,20) por la maternidad la mujer entra en la historia de la vida y despierta en su esposo un afecto más intenso (Gn 29,34) y debe ser respetada por los hijos al igual que el padre como establece el Decálogo (Ex 20,12) las faltas para con la madre merecen el mismo castigo que las cometidas contra el padre (Ex 21,17 Lev 20,9 Dt 21,18-21) Los escritos sapienciales insisten en ese deber de respeto para con la madre, añadiendo que debe ser escuchada y se deben seguir sus indicaciones (Prov 1,8; 19,26; 20,20; 23,22).

 

El Antiguo Testamento traduce metafóricamente los rasgos de la madre, usándolos para expresar actitudes divinas. Israel llama a Dios padre y madre. Especialmente para expresar la misericordiosa ternura divina alude a las entrañas maternas y al afecto tan intenso que experimenta la madre para con sus hijos (Sal 25,6; 116,5).Se evoca el consuelo que da la madre, y la sabiduría de Dios se dirige a sus hijos como una madre (Prov 8y9).

Por su parte los niños bendición divina, son la “corona de los ancianos” (Prov 17,6), como plantas de olivo alrededor de la mesa (Sal 128,3), pero como criaturas en formación necesitan una educación firme pues “la necedad está arraigada en su corazón (Prov 22,15).

Los padres tienen ante los niños una autoridad respaldada por la ley (Ex 20,12) pero que tiene por fin su buena educación (Prov 23,13 Eclo7,22), se invita a los hijos a escuchar al padre y a la madre (Prov 23,22) pero esto va mucho más allá del consejo es un mandato sancionado gravemente ( Prov 30,17 Dt 21,18-21) y se recomienda a los padres las correcciones firmes e incluso de castigo físico (Eclo 22,6; 30,1-13; Prov 23,13)

 

La familia y la casa son designadas con la misma palabra hebrea (bayt, bet, Bet-el es casa de Dios) el hombre necesita un techo y un nido que proteja su vida privada ese es su familia y su casa, su hogar (Prov 27,8 Eclo 29,21) En esta casa bien arreglada debe reinar el encanto de la mujer pero una mala esposa puede hacerla inhabitable (Eclo 26,16; 25,16) allí se vive con los hijos que están en ella permanentemente mientras que los servidores pueden abandonarla, el hogar tiene tanto valor que quien acaba de construirlo no debe ser privado de él ni siquiera por una guerra santa (Dt 20,5; 1Mac 3,56) Construir una casa no es sólo edificar unos muros sino fundar un hogar, engendrar una descendencia y transmitirles la fe religiosa con sus tradiciones dándoles ejemplo de virtud, todo esto es obra de sabiduría, un trabajo en el que la mujer virtuosa es irremplazable (Prov 31,10-31) es una obra divina que el hombre sólo no puede llevar a término (Sal 127,1) Los Salmos 126 y 127 nos dan a comprender el aprecio religioso por la familia que respira el texto sagrado.

 

Pasando al Nuevo Testamento encontramos que los Evangelios atribuyen a Cristo el título de Esposo que los profetas veterotestamentarios daban a Yahvé y toda el mensaje acerca del Reino de Dios puede entenderse a través de la alegoría matrimonial de las bodas que el Rey que es Dios mismo, prepara para su Hijo con la humanidad (Mt 22,2ss). Hay pues en continuidad con el Antiguo Testamento una valoración tan alta del amor matrimonial que puede simbolizar adecuadamente las relaciones de Dios con su pueblo y de Cristo con la Iglesia y con la humanidad.

Por otra parte Jesús por haber nacido de una mujer y por su vida en Nazaret consagra la familia tal como esta había sido preparada por todo el Antiguo Testamento, pero al nacer de una madre virgen y al vivir el mismo en virginidad nos presenta ésta como un valor incluso superior al matrimonio, de modo que la visión neotestamentaria de la unión matrimonial representa una novedad significativa.

Cristo afirma el carácter indisoluble del matrimonio proveniente del designio creador del Génesis (Mt 19, 1-9 Mc 10, 2-12 Lc 16,18). Dios mismo es quien une al hombre y a la mujer, dándole a la libre elección de la pareja una consagración que sobrepasa la decisión personal de los miembros de la misma. Serán una sola carne ante Dios mismo y el repudio tolerado en la antigua alianza por la dureza de los corazones queda excluido en la Nueva Alianza en la cual todo debe volver a su perfección original.

 

La indisolubilidad del matrimonio aparece afirmada claramente en los tres evangelios sinópticos. En el evangelio según San Mateo que afirma también la indisolubilidad de modo absoluto, aparece una cláusula que parece insinuar una posible excepción a ésta y que ha requerido un estudio detenido (Mt 19,9 y 5,32) algunos exegetas la han considerado una adición del propio Mateo; indicando como una permisión de orden pastoral. Otros exegetas traducen la expresión en cuestión ( “me epi porneia” , literalmente: en caso de fornicación ) no como en caso de adulterio sino como en caso de concubinato, es decir que la palabra griega porneia indicaría un falso matrimonio, una unión ilegítima, así traduce Alonso Schöekel y la nota de la Biblia de Jerusalén aclara que dada la forma absoluta de la afirmación de los textos paralelos de Mc y Lc y de 1Co 7,10s es poco verosímil que los tres hayan suprimido una cláusula restrictiva de Jesús y es más probable que uno de los últimos redactores de Mateo la haya añadido para responder a una determinada problemática rabínica presente en sus destinatarios judeo cristianos. Se trataría de una decisión eclesiástica de alcance local y temporal. Por otra parte el sentido de porneia es visto por algunos como la fornicación dentro del matrimonio, es decir el adulterio y así lo interpretan las iglesias ortodoxas y protestantes concediendo el divorcio en tal caso. Pero para ese sentido de adulterio se esperaría otro término moijeia, pues porneia en el contexto parece corresponder a lo que los rabinos llamaban la zenut o prostitución que era toda unión convertida en incestuosa por un grado de parentesco prohibido por la ley expresada en el Levítico, uniones de este tipo se daban entre paganos o prosélitos judios, convertidos luego al cristianismo y es lógico que se considerara la disolución de semejantes uniones que en el fondo no eran sino matrimonios nulos. Otra solución piensa que la licencia concedida por tal expresión no sería equivalente al divorcio sino a la de la separación sin nuevo matrimonio, esta última práctica desconocida dentro del judaísmo sería una novedad del cristianismo, que en cuanto tal es indicada por 1Co 7, 11. Por tanto la excepción que parece aparecer en el caso de fornicación (Mt 19,9) no es una justificación del divorcio, más bien se trata del rechazo de una mujer ilegítima o de una separación sin posibilidad de nuevas nupcias.

 

Para los discípulos de Cristo que se reconocen como templos del Espíritu Santo desde el bautismo, el matrimonio es un “gran misterio en relación con Cristo y con la Iglesia” (Ef 5,32), y los esposos deberán imitar en su vida matrimonial el amor de Cristo a la Iglesia su esposa y la sumisión de esta a Cristo esposo. En la revelación neotestamentaria a través de San Pablo el matrimonio aparece como don y carisma de Dios, es una vocación y queda situado en la perspectiva del misterio de la salvación ocupa un lugar dentro de la vocación cristiana bautismal y eclesial con proyección escatológica.

La revelación de Dios como Padre alcanza su punto más alto en el Nuevo Testamento, Cristo Jesús es el revelador del Padre, está tan centrado en esa su misión que no se detiene en consideraciones directas sobre los padres de familia de este mundo, pero entre los padres humanos y Dios, existe una semejanza que permite aplicar a éste el nombre de Padre y más aún sólo la paternidad divina da a las paternidades humanas su pleno significado en el plan de salvación, así todo lo que Jesús nos dice del Padre tiene su punto de partida para nuestra comprensión en la experiencia de lo que es y debe ser la paternidad humana. ¿Si un hijo le pide a su padre un pan le dará una piedra?....

 

Indirectamente pues, el Nuevo Testamento nos habla de la ternura misericordiosa que debe caracterizar a los padres ( Lc 15,11-32 ) los hijos deben reconocer a su padre y confiar en él, los padres deben ser propensos al perdón e imitar la perfección del padre celestial. La piedad filial hacia los padres y madres es parte de la catequesis apostólica que aparece en Colosenses y Efesios y Jesús reacciona con fuerza ante quienes eluden sus responsabilidades hacia los padres con pretextos cultuales (Mt 15, 4-9) no obstante en la perspectiva del Reino el discípulo debe amar a Jesús más que a los propios padres (Mt 19,29; Lc 24,26; Mt 10,27)

 

La figura de la madre y esposa en el hogar encuentra en el Nuevo Testamento su modelo insuperable en María de Nazaret la Madre de Jesús, por la trasparencia de su fidelidad esponsal, por la acogida amorosa del Hijo, por su disponibilidad, de ella recibe la lección del silencio y la paciencia amorosa que la llevaba a meditarlo todo en su corazón y también la de la oración jubilosa del Magníficat, la lección del trabajo cotidiano pero además la de la iniciativa servicial pública como en Caná, la del acompañamiento maternal de los amigos de su Hijo en Pentecostés, y la de la fortaleza ante el sufrimiento al pie de la cruz.

El amoroso cuidado del recién nacido y la piedad religiosa expresada en la presentación en el templo (Lc 2, 12.27) la búsqueda angustiosa del hijo adolescente perdido de su vista, la presencia en las bodas de Caná, el acompañar a los parientes al encuentro del Hijo cuando estos se inquietan por las conductas que juzgan desconcertantes en Él, la cercanía en el momento de la cruz, ponen de relieve todo un clima de cariño familiar que son punto de referencia ineludible para la familia cristiana.

La autoridad de la familia aparece estructurada en los escritos apostólicos confirmando la enseñanza del Antiguo Testamento, dándole un nuevo basamento: la mujer debe estar sometida a su marido pero no de cualquier manera sino como la Iglesia a Cristo, pero al mismo tiempo el marido debe amar a su mujer no según su modo sino como Cristo ama a su Iglesia (Cf Ef 5,22-33); los hijos por su parte deben obedecer a sus padres porque toda paternidad proviene de Dios (Col 3,20s; Ef 3, 15; 6,1-4) pero los padres al educarlos deben evitar lo que les lastima o irrita.

Hasta aquí hemos hecho un rápido recorrido por la Palabra de Dios entresacando las enseñanzas principales que contiene el texto sagrado acerca del matrimonio y la familia. Partiendo de ellas la Iglesia ha ido desarrollando una reflexión y profundización que ha quedado plasmada en el pensamiento de los Santos Padres, y en su Magisterio, que a su vez ha sido enriquecida y ampliada por la reflexión teológica retomando, aclarando y evaluando el legado de las diversas culturas y del pensamiento filosófico al respecto, teniendo también presente en los tiempos más recientes las aportaciones de la sociología y la sicología y otras ciencias afines.

 

Es imposible en el tiempo asignado para esta conferencia presentar ni siquiera sintéticamente una visión panorámica completa de toda la riqueza de pensamiento y doctrina que encierra la reflexión teológica especialmente la teología moral y la doctrina social de la Iglesia al respecto del matrimonio y la familia. Se impone una selección que puede dejar insatisfechos a quienes les hubiera agradado más otra de entre tantas posibles, una selección que permita al menos dejar indicados algunos aspectos fundamentales.

Arrancando de los aspectos naturales de la institución familiar podemos decir que la familia procede del matrimonio y corre la misma suerte que este y que el matrimonio está ordenado a la familia por su misma naturaleza. Si en tiempos muy antiguos la familia fue comprendida como un medio para conservar la especie o la tribu o la estirpe y el matrimonio quedó absorbido por esos intereses hoy, en gran medida gracias al cristianismo, se reconoce que cada persona tiene una dignidad y un valor por sí mismas y que no están en función de la serie, de la especie o de la estirpe sino al revés y que por tanto también el matrimonio monógamo es el núcleo decisivo de la familia. La familia es naturalmente y ontológicamente anterior a la nación, a la sociedad y al estado, estos se forman por la agrupación de familias y no al revés. La nación, la sociedad y el estado deben estar al servicio de las familias y no al revés. Pero la familia se compone de personas en cierto sentido anteriores a ella, cuando de un nuevo matrimonio surge una nueva familia, la nueva familia existe por ellas. La familia está al servicio de las personas que la integran y no al revés. Esto no anula sino que coloca en su verdadero lugar el valor de la reciprocidad, de la generosidad y la solidaridad tanto al interior de la familia como hacia fuera de la misma.

En la familia se da una comunidad biológica que caracteriza el parentesco, pero unida a una comunidad de amor de los padres entre sí, de estos hacia los hijos y viceversa, así como entre los hermanos y demás parientes, este amor produce una comunidad económica o de intercambio de bienes y servicios, la mejor y más completa a la que se puede aspirar pues tiene un fundamento natural que genera relaciones personales profundas y que a su vez estimula la generosidad, la entrega, el sacrificio y el dominio de sí.

 

Como el intercambio de bienes no se limita a las cosas materiales se desarrolla una comunidad de afectos, por la confianza, el aprecio, el respeto y se intercambian ideas, convicciones, sentimientos; llegando a formar una comunidad de personas incomparable en la cual se comparten las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos.

Por todas estas características la familia en el pensamiento católico es como una pequeña iglesia, alimentada continuamente por el amor, un amor que a su vez se basa en la fe y por eso no pasa ni se extingue aunque pase por dificultades, pasen los años y se produzcan algunas separaciones espacio-temporales. Pero este amor debe dejar fuera las inmoralidades los pleitos y las ambiciones como en una iglesia y si el jefe de la familia es padre de esta pequeña iglesia como dice San Agustín “coepíscopo”, en ella se debe orar en común y contribuir a la edificación del cuerpo de Cristo.

Dado que matrimonio y familia tienen su fundamento en la naturaleza misma creada por Dios se rigen ante todo por la ley natural y la ley de Dios de un modo más inmediato o directo que cualquiera otra institución social.

La sacramentalidad del matrimonio afecta en primer lugar y directamente a los esposos y como el matrimonio es un sacramento que dura mientras vivan los esposos y el amor matrimonial se expresa y desarrolla naturalmente en la paternidad y maternidad ésta participa de modo derivado de la dignidad y la gracia del sacramento. Bíblica y teológicamente la fecundidad pertenece a la función esencial del matrimonio, aunque la peculiaridad de la indisoluble comunidad conyugal subsiste con todo su valor aunque eventualmente no se de la fecundidad.

 

La vida humana, el amor humano, la fecundidad y comunidad de las familias humanas tienen su fuente original en la Vida, el Amor, la fecundidad y la comunión Trinitaria o tripersonal del Misterio divino.

En el pensamiento de los Santos Padres aparece la convicción de que si la familia en relación con la vida religiosa y moral es como una pequeña iglesia, en relación con la vida económica y civil es como un pequeño estado, en el que además de la transmisión de la vida debe contar con medios económicos para protegerla y transmitir los conceptos y valores sociales con una función integradora y de estabilidad.

Dos documentos del Concilio Vaticano II han prestado especial atención a la familia: la Constitución Gaudium et Spes que le dedicó todo el primer capítulo de su segunda parte a la dignidad del matrimonio y la familia y el decreto Apostólicam actuositatem en su tercer capítulo que al hablar sobre los diversos campos del apostolado de los laicos en la Iglesia y el mundo II indica como primer ámbito de este último a la familia.

Pienso que no puede darse mejor visión sintética de los caminos por los que ha transitado la más auténtica reflexión teológica posterior que recoger los criterios básicos expuestos por estos documentos conciliares.

El Concilio valora y se alegra de cuanto permite avanzar hoy al matrimonio y la familia como comunidad de amor y en el respeto a la vida. Enseguida constata los factores que oscurecen esta institución señalando: la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones y profanaciones del amor matrimonial como el egoísmo el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Indica también las situaciones económicas, socio-psicológicas y civiles perturbadoras, que suscitan angustia en las conciencias. Pero constata que a pesar de todas esas problemáticas la experiencia pone de relieve el vigor y la solidez de la institución matrimonial y familiar.

Para destacar el carácter sagrado del matrimonio y la familia se expresa así: “Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aún ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de a prole, con las que se ciñen como con su corona propia.” (G.S.48)

Enseña luego que de la naturaleza de la unión íntima de los esposos y del bien de los hijos brota la exigencia de fidelidad e indisolubilidad. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino pues Cristo sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio y permanece con ellos para que se amen con perpetua fidelidad como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. Los esposos quedan pues fortificados y como consagrados por un sacramento especial que los ayuda y fortalece en la misión de la paternidad y maternidad, así imbuidos del espíritu de Cristo al cumplir su conyugal y familiar se acercan a su propia perfección y santificación mutua.

 

Y sostiene que, gracias a los padres que les preceden con el ejemplo y la oración en familia, los hijos y cuantos conviven en el círculo familiar encontrarán más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad. A los esposos sobretodo compete el deber de la educación principalmente religiosa de los hijos. Los hijos por su parte también contribuyen a su manera a la santificación de los padres, con el agradecimiento, la piedad filial, la confianza, asistiéndoles en las dificultades y en la ancianidad.

 

Además, la familia cristiana debe hacer partícipe de sus riquezas espirituales a otras familias. Luego reconoce que para ser fieles a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere insigne virtud; y dice: “ por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración” (Cf G.S 49)

A continuación hace notar que: “ Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participa en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio.”

El Concilio reafirma que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos considerados el don más excelente del matrimonio contribuyen intensamente al bien de los padres, y en el deber de transmitir la vida humana y de educarla los cónyuges son cooperadores del amor de Dios Creador y como intérpretes suyos. En este campo los esposos cristianos no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia iluminada por la ley divina en docilidad al Magisterio de la Iglesia que la interpreta auténticamente a la luz del Evangelio. Así los esposos glorifican al Creador y tienden a la perfección cuando con generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. En este aspecto son dignos de mención muy especial los esposos que de común acuerdo aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.

Reconoce el Concilio que con frecuencia los esposos pueden hallarse en circunstancias en las que el número de hijos al menos por cierto tiempo no puede aumentarse y el cultivo del amor y la intimidad de vida tienen dificultades para mantenerse normalmente y cómo cuando se interrumpe la intimidad conyugal puede correr riesgos la fidelidad y dañar el bien de la prole. Y constata: “que hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo recuerda que no puede haber contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de al vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual del hombre y la facultad generativa superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba sobre la regulación de la natalidad.”(G.S 51)

 

Este texto del concilio Vaticano II que he querido citar íntegramente es de la máxima actualidad, pues lamentablemente también en ámbito católico se han dado planteamientos que parecen ignorarlo o soslayarlo, buscando soluciones fáciles que atentan contra la dignidad del ser humano y de su sexualidad, así como del genuino amor conyugal.

Este documento conciliar también reconoce y enseña que la familia es escuela del más rico humanismo, y quiere proteger el clima de benévola comunicación, unidad de propósitos y cooperación cuidadosa entre los cónyuges en la educación de los hijos, defendiendo el papel de ambos: la presencia activa del padre y el cuidado de la madre en el hogar especialmente de cara a los hijos menores y evitar que la legítima promoción social de la mujer se de en oposición a estos valores fundamentales. Los hijos deben ser educados para que al llegar a la edad adulta responsablemente sigan su propia vocación aun la sagrada, o fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas adecuadas.

La familia constituye el fundamento de la sociedad, en ella se armonizan los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social. Por lo cual todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. Reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia es una obligación del poder civil, que debe protegerla, ayudarla, asegurando la moralidad pública y favoreciendo la prosperidad doméstica. El concilio sostiene que hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos, y debe existir una legislación e instituciones adecuadas para ayudar suficientemente a quienes desgraciadamente carecen de una familia propia.

 

El decreto sobre el apostolado de los seglares, después de decir que los padres son los primeros predicadores y educadores de la fe ante los hijos, con la palabra y el ejemplo, les invita a demostrar con su vida la indisolubilidad y santidad del vínculo matrimonial y afirmar valientemente su derecho y obligación de educar cristianamente a la prole y defender la dignidad y legítima autonomía de la familia; exhorta a los esposos y los demás cristianos a que cooperen con los hombres de buena voluntad para que se conserven incólumes estos derechos en la legislación civil y recomienda que se tenga en cuenta en el gobierno de la sociedad las necesidades familiares de vivienda, educación de los niños, condiciones de trabajo,

seguridad social etc y que se salve la convivencia doméstica en la organización de las emigraciones.
Luego reitera que: “la familia a recibido directamente de Dios a misión de ser la célula primera y vital de la sociedad. Cumplirá su misión si, por la mutua piedad de sus miembros y la oración en común dirigida a Dios, se ofrece como santuario doméstico de la Iglesia; si la familia entera se incorpora al culto litúrgico de la Iglesia; si finalmente, la familia practica el ejercicio de la hospitalidad y promueve la justicia y demás obras buenas al servicio de todos los hermanos que padecen necesidad”.

Y señala entre las obras de apostolado familiar: adoptar como hijos niños abandonados, acoger a los forasteros, colaborar con la escuela, aconsejar y ayudar económicamente a los jóvenes, ayudar en la preparación de los novios al matrimonio, colaborar en la catequesis, sostener a esposos y familias en peligro material o moral, atender a las necesidades de los ancianos.

Hasta hace no mucho tiempo la pastoral ha transitado por dos vías más o menos unilateralmente. En una se acentuaba el individualismo religioso atendiendo aisladamente a los distintos sectores: niños, hombres, mujeres, jóvenes y pocas veces se ha tomado a la familia como comunidad. En lo referente a la vida familiar la pastoral ha prestado atención preferencial ya a la moralidad sexual y de regulación de la natalidad, ya a la sacramentalidad pero no ha considerado suficientemente la realidad humana de la familia en su conjunto desde el valor polifacético del amor matrimonial.

Hoy ya se va superando esa tendencia. El hombre es como una recapitulación de todo lo existente en su rica multiplicidad y la familia es pues como la síntesis y la armonía viviente de esa pluralidad con todas sus tensiones y cohesiones. En su seno encontramos cuerpo y espíritu, instintos y libertad, sexo y amor, personas y comunidad, abuelos y padres e hijos y nietos, como pasado y futuro y tios y primos combinado todo en el presente, tradiciones e innovaciones, autoafirmación y entrega, hasta la naturaleza y la gracia se encuentran entrelazadas en la familia de forma única a la vez personal y enlazada con la humanidad constituyendo así una unidad fecunda que engendra y educa a la vida. Hasta los más nimios detalles pueden alcanzar en ella como signo y expresión del amor y de la fidelidad una alta significación humana y una manifestación de la gracia. La diversidad y las tensiones en su seno no son tanto origen de conflictos cuanto fuente de crecimiento y fecundidad, y como el fundamento de la familia radica en el amor matrimonial ratificado por la gracia sacramental que en la familia alcanza su plena floración toda la creación se convierte allí de algún modo en vehículo de gracia y medio de salvación.

 

 

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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
Diseño versión digital: Raúl León Pérez