No. 3 y 4 Julio - Diciembre  2004

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Dios ha enviado a la familia para que sea su amor

 

Hoy día hay tantos problemas  en el mundo y yo creo que muchos de estos problemas comienzan en casa. El mundo está sufriendo tanto porque no hay paz. No hay paz porque no hay paz en la familia. Debemos hacer de nuestras casas centros de compasión y perdonar sin cesar, y así habrá paz. Ustedes han de ser una familia que sea la presencia de Cristo el uno para el otro.

Dios ha enviado la familia para que sea Su amor. Ámense los unos a los otros con ternura, como Jesús ama a cada uno de ustedes.

Jesús siempre está allí para amar, para compartir, para ser la alegría de nuestra vida. El amor de Jesús es incondicional, es tierno, siempre perdona, es completo. Sólo deja que la gente vea a Jesús en ti: que vea como rezas, como llevas una vida pura, como tratas a tu familia, y que vea cuanta paz hay en tu familia.

La consideración hacia los demás es el punto de partida para una gran santidad. Si aprendes ese arte de la consideración, te harás más y más parecido a Cristo, porque su corazón era manso y Él siempre pensaba en las necesidades de los demás. Si tenemos esa consideración los unos a los otros, nuestras casas realmente se convertirían en el hogar del Señor Altísimo.

¿Conoces primero a los pobres de tu propia casa? Tal vez en tu casa haya alguien que se siente solo, no muy acogido, no muy amado. Tal vez tu esposo, o tu esposa, o tu hijo, se sienten solos. ¿Sabes eso?   

Hoy día ni siquiera tenemos tanto tiempo de mirarnos el uno al otro, de hablarnos, de divertirnos en la compañía de otros … Y así cada vez estamos menos en contacto el uno con el otro. El mundo está perdido por falta de dulzura y amabilidad. La gente siente una gran hambre de amor porque todo el mundo tiene tanta prisa …

Sean felices … y dedíquense muy especialmente a ser un signo de felicidad de Dios. La alegría se refleja en los ojos; es evidente cuando uno habla y camina. No la podemos encerrar dentro de nosotros mismos. Cuando la gente encuentra en tus ojos esa felicidad habitual, entenderán que ellos son los hijos amados de Dios. La alegría es muy contagiosa. Nunca sabremos todo el bien que una sonrisa puede causar. Sean fieles en las cosas pequeñas. Sonría el uno al otro. Tenemos que vivir bellamente.

Si introducimos la oración dentro de la familia, la familia quedará unida. Se amarán los unos a los otros. Reúnanse por sólo cinco minutos. Es de allí de donde vendrá su fuerza. El tiempo que pasamos teniendo nuestra audiencia diaria con Dios es la parte más preciosa de todo el día. Quiero que ustedes llenen su corazón con gran amor.

Hagan de sus casas, y de sus familias, otro Nazaret donde el amor, la paz, la alegría y la unidad reinen, porque el amor comienza en el hogar.
¡Qué Dios los bendiga!

 

                                                                           Colaboración de Gladys González, Comunidad de Reina.
                                                                                   (Mensaje de la Madre Teresa a las familias l989


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Redacción: Casa Laical Tte. Rey e/ Villega y Bernaza. Habana Vieja
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Raúl León Pérez