Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2010

Resolución 1024 X 768

 

“Poetas, revolucionarios y místicos (la misma cosa en el fondo) no sirven para maridos; necesitan todo el tiempo para sus quimeras y sacrificios”. La frase es de Ramón Vasconcelos, sagaz periodista y controversial político cubano. Sin embargo, pecó de absoluto.

Así lo demuestra el siguiente trabajo de Navia García.

Agramonte y Amalia: FIDELIDAD


No pretendo escribir acerca de Ignacio Agramonte en su condición de admirable combatiente y autor, entre otras hazañas, del audaz rescate del brigadier Julio Sanguily. Mi intención es reflejar, aunque sea mediante una breve pincelada, la pasión amorosa que, hasta que la muerte los separó, compartieron él y su esposa, Amalia Simoni.

Para comprobar ese amor excepcional basta asomar la mirada a la correspondencia sostenida por ambos cónyuges, quienes desde niños se conocieron en su natal Camagüey. Se trata de cartas que quizá carecen de vuelo literario, pero que tienen la elocuencia profunda de las palabras humedecidas por el tibio aliento del alma.

Semejante intercambio epistolar no fue interrumpido siquiera por las vicisitudes de las campañas militares o por el destierro forzoso que obligó a Amalia Simoni a partir al exterior cuando estaba embarazada.

“Y tú, adorada mía, no dudes jamás que vivo pensando en ti; que mi más ardiente deseo se cifra en que volvamos a reunirnos para no separarnos nunca más, que no conozco otra ventura ni otro bien que tu amor…”

Poco antes de que el Mayor, aquel diamante con alma de beso, como lo llamara Martí, cayera abatido en el potrero de Jimaguayú, el fatídico 11 de mayo de 1873, Amalia Simoni le envió, lejos de la patria, una carta conmovedora, en la cual en uno de sus párrafos expresa:

“…Sólo tengo como sufrimiento no verte. Cuídate más, amor mío, cuídate; yo quiero verte aún en esta vida. Recuerda que tu amor es mi bien, y tu existencia indispensable a la mía; que quiero que vivas y espero te esfuerces en complacer a tu esposa que te adora y delira incesantemente por ti”.

Se dice que esa carta no llegó nunca a manos de Agramonte, cuyo cadáver fue quemado por las autoridades españolas del antiguo Puerto Príncipe. Se dice igualmente que una mano piadosa cortó unos cabellos del héroe, la única reliquia que conservó la viuda hasta su fallecimiento, ya en Cuba republicana, en 1918.

“…ama siempre a quien te adorará con toda el alma, aun después de la muerte, y será feliz, tu Ignacio”.

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldich
EDITOR: Andrés Rodríguez
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CORRECCIÓN: Zoila Martinez
CONSEJO DE REDACCIÓN: Habey Hechavarría, Raúl León, Gisell Grass, Estela Martinez y Navia García
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