Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2010

Resolución 1024 X 768

 



A propósito de las becas
OTRA MIRADA DESDE LA MISMA ACERA

Por GISELA MARÍA LÓPEZ SUÁSTEGUI
Foto: ADO

De la televisión española hemos visto un serial, que emite su sexta temporada y tiene elevada audiencia, El Internado Laguna Negra, el cual narra las vicisitudes de unos chicos que viven en uno de los mejores internados de ese país y que alberga a 400 muchachos de diferentes edades. Sin entrar a analizar la trama de la serie, me pregunto ¿qué es ese internado sino una beca con otro nombre?

Traigo a colación lo anterior, porque desde hace años se vive en muchos hogares de nuestro país la esperanza de que desaparezcan las becas. ¿Qué conduce a esa situación si tenemos en cuenta que las becas no constituyen un invento de la actual sociedad, sino que existen desde hace muchos años con otras características y en el contexto de las realidades de cada lugar?

Pienso que no es propiamente el hecho de estudiar lejos de la casa, en un régimen interno, lo que molesta a numerosas familias. El problema radica, en primer lugar, que a los padres no se les ha concedido la opción, que por derecho natural les pertenece, de determinar qué tipo de educación desean para sus hijos.

A esto se adicionan otras consideraciones. Pudiera mencionar entre ellas, de manera particular en el último tiempo, las dificultades, en materia de respeto, entre alumnos y profesores, así como la merma de la profesionalidad en una parte nada desdeñable de estos últimos.

No obstante esos inconvenientes, quisiera compartir con los lectores algunas experiencias personales a propósito de la época en que también fui una muchacha que estudió fuera del hogar donde recibí, desde pequeña, amor y escucha.

Creo que Dios a veces tiene caminos insospechados para mostrarnos su Amor y cuánto valemos como personas. Los años de estudiante serán toda la vida un grato recuerdo en mi memoria. Jesús me permitió, desde pequeña, tener buenos amigos que me acompañaron durante 15 años en mis estudios. Después de “estar acostumbrada a ellos” y de ser entre todos una familia, llegó la realidad de comenzar a formar amistades, ahora en un ambiente totalmente distinto, lejos de la casa y de la mayoría de las personas que me querían. Mentiría si dijera que la soledad de los primeros días, en aquellos pasillos inmensos de mi beca, fue fácil de soportar.

Sin embargo, esos años fueron un regalo de Dios. Aprendí el valor de la Amistad y de la Familia (en mayúscula), a ser responsable totalmente de mis decisiones, pues nadie estaba para asumir las consecuencias de mis actos, y tomé conciencia de todo lo que era realmente importante en mi vida. En el día a día crecí como persona y como católica, lejos de mi comunidad, de mis amigos de la catequesis y de mi grupo de jóvenes.

Existieron días luminosos y otros tan grises que llegué a pensar que Dios me había abandonado. Yo estaba sola a pesar de que había otros católicos, aunque a la mayoría no los conocía. Lo anterior no hizo que desfalleciera, sino que fuera más fuerte, pues la fe no depende de los hombres y sus actitudes. Los domingos comenzaron a ser realmente una fiesta, volvía a encontrar a mis amigos y contemplaba a Jesús cara a cara, conversaba más con Él y le contaba todo lo ocurrido en mi semana. María, junto a Él, me acompañaba todos los días con su amor de Madre.

En las vacaciones extrañaba a mi grupo de la beca y era inmensa la alegría del reencuentro en los pasillos de nuestra escuela. En la beca aprendí que la vida no es en blanco y negro, sino que existen los tonos grises, que Dios se manifiesta en todas las personas, aun en las que no lo conocen o no creen en Él, que con Su Amor soy mejor y que sus caminos escapan a mi razón la mayoría de las veces. En aquellos pasillos me fui convirtiendo en adulta sin darme cuenta, y junto a mí toda una generación.

Conozco a muchos, creyentes o no, que disfrutaron sus años de estudio fuera del hogar. Unos se convirtieron en adultos responsables; otros extraviaron el camino. No creo que exista una fórmula perfecta para conseguir lo primero, pero no me queda duda de que el apoyo de los que quedan en casa, y la formación que hasta ese momento se ha tenido, influyen mucho en la manera en que se afrontan las dificultades que se presentan en cada momento de la vida.
Hace tiempo, conversando con alguien que estimo recordábamos que nuestros triunfos lejos de casa dependieron, en gran medida, del amor que recibimos en esta, de la forma en que nos educaron nuestros padres, del apoyo de nuestros grupos de adolescentes o jóvenes y de nuestros amigos, quienes, a pesar de vernos solo los fines de semana, siguieron contando con nosotros, rezando por nosotros, y hasta en muchas ocasiones se subordinaban a nuestras necesidades de descanso o estudio.

Después de 10 años, mi grupo de la beca sigue siendo el mismo que se conoció cuando la mayoría teníamos 15. Seguimos llamándonos por teléfono y recordando los cumpleaños, aunque en ocasiones con meses de retraso, y quienes permanecemos en Cuba intentamos reunirnos, al menos, dos veces al año.

A pesar de que cada uno ha seguido su propio camino, tenemos la seguridad de poseer un pedacito del corazón de los otros en nosotros y continuamos amándonos con la ingenuidad de esos niños que se conocieron hace tiempo y supieron crecer formando una gran familia.

Depende de nosotros (entiéndase la familia, los amigos, la comunidad) el llevar a nuestros jóvenes a descubrir la belleza del camino que Jesús tiene para cada uno, aun cuando este sea duro. Es nuestra tarea que ellos lo encuentren a Él sin importar las apariencias y las dificultades, y quizás a los que más difícil les sea es a aquellos que se van de su casa el domingo o el lunes y no regresan hasta el viernes o el sábado. Pero la manera no es decirles una y otra vez, hasta el cansancio, que estuvo mal el haberse becado; la mejor forma es hablarles desde la experiencia, con palabras acordes con su edad y su tiempo, de las realidades de la vida, sin miedo a ellas; escuchar sus opiniones, sus dudas, sus relatos de toda una semana y amarlos, sobre todo amarlos.

Antes de comenzar una convivencia de becarios, hace ya unos años, pude conversar largamente con alguien que estuvo en una beca al igual que yo y coincidimos en que fue un tiempo provechoso para nuestro crecimiento personal y espiritual.

En otras ocasiones he tenido la oportunidad de escuchar diversas referencias sobre el tema a personas de más edad y que vivieron también esta experiencia. La mayoría coincide en que fueron más los momentos felices que los tristes. Pienso que compartimos esa opinión porque teníamos presente que Dios estaba con nosotros y eso hizo que nuestras realidades fueran mejores.

Descubrir a Jesús a mi lado en cada momento me infundió fuerzas para seguir adelante siempre, y esa es una parte de la otra mirada que necesitamos para poder disfrutar todos los momentos que Él nos regala.

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Juan Pablo II

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