Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2010

Resolución 1024 X 768

 

EL GÉNERO COMO IDEOLOGÍA

Por HABEY HECHAVARRÍA PRADO

 

Cualquier persona no informada podría pensar que el título de este trabajo refiere solo un problema conceptual o una metáfora de implicaciones filosóficas, y no una circunstancia de la sociedad contemporánea que influye en el ámbito familiar. Los problemas de la sexualidad han abandonado el ámbito privado en la medida que han alcanzado no solo los espacios visibles de la vida pública, sino una desproporcionada importancia a la hora de entender la condición humana.

Después de siglos, en los cuales científicos y pensadores atendieron las relaciones culturales, políticas y económicas para explicarse distintas realidades sociales, hoy las concepciones sobre el sexo y el género se transforman en una perspectiva que ya se instituyó en un amplio círculo de estudios académicos, mientras se articulaba teóricamente para erigirse en una ideología con aspiraciones hegemónicas.

Si la teoría de género plantea serios desafíos al mundo actual, la ideología de género pone en riesgo tanto la concepción del matrimonio y la familia de los últimos tres milenios como la propia civilización.

 

Formación de una perspectiva

A partir de los años 60 del pasado siglo, un nuevo análisis socio-cultural se abrió camino en los ámbitos académico y político: era la llamada perspectiva de género. Su novedad consistió en asumir los ideales renovadores de la época para articular un pensamiento sobre la base de determinados conceptos de sexo y género. Las preocupaciones en torno a la justicia social, los derechos humanos, las estructuras tradicionales de poder, junto a los sistemas coloniales y neocoloniales, se mezclaron a la exigencia de libertades en cuanto a la práctica de la sexualidad y de determinadas convenciones sociales. Desde entonces, el feminismo radical será uno de los pilares que marcará el rumbo de una perspectiva de investigación, crítica y acción, cuyo impacto tendrá un alcance social.

Los estudios de género, y la construcción teórica que de tal perspectiva se desprende, tuvieron un apoyo significativo en buena parte del movimiento intelectual de ruptura de Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. Pensadores como los alemanes que integran la Escuela de Frankfurt, además de los franceses Michel Foucault y Jacques Derridá, crearon un soporte favorable para el desarrollo de los estudios de género. Como ya se dijo, la edificación del género, en cuanto categoría sociológica, no existiría sin la teorización feminista que en las postrimerías del siglo XX organiza un discurso sistémico ampliamente aceptado.

En resumen, la perspectiva de género se debe, en gran medida, al impulso que recibió del ambiente intelectual y social que se gestó durante los movimientos del posestructuralismo y la posmodernidad, al final de un siglo que se bamboleó ante corrientes ideológicas que movilizaron a masas sociales.

Una larga historia de maltratos e injusticias impulsa al movimiento feminista y a los esfuerzos a favor de la homosexualidad, promotores y beneficiarios de dicha perspectiva de género. Algunas de esas prácticas negativas (hoy reunidas bajo el término homofobia) se llevaron a cabo no solo desde el poder, sino por parte de gente sencilla.

Tampoco debemos olvidar los argumentos seudorreligiosos que han sido y son manipulados para justificar daños a otros seres humanos. Sin embargo, el desarrollo histórico y los cambios a favor del crecimiento de la conciencia traen una mejor comprensión de la verdad, y nos permiten afirmar que no es posible anteponer ningún criterio al mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo.

Conceptos fundamentales


Los estudios de género consisten, en principio, en una investigación interdisciplinaria de categorías y enfoques provenientes de las ciencias sociales, la filosofía y otras materias.

Atienden un área de análisis que indaga en los aspectos relacionados con las diferencias entre los sexos, entendiéndolos no desde la condición biológica, sino como un fenómeno social e históricamente determinado. Es decir, sustituyen el concepto de sexo (un dato biológico) por una peculiar noción de género (una instancia histórica, relativa y transformable). El estudio de los presupuestos sociales y culturales intenta subvalorar el factor natural, considerando al sexo un aspecto biológico, para jerarquizar al género, en tanto elemento construido y manipulable, como una simple convención o pacto. El sexo ya no es determinante en la constitución de la persona, sino el género que se define bajo determinadas circunstancias socioculturales.
Mediante ese andamio teórico se promueve la idea de que la persona no se determina por el sexo con el que nace y que puede escoger el género con el que desea vivir. Simone de Beauvoir, pareja del filósofo francés Jean Paul Sartre, proclamó: “Una no nace mujer, sino que se hace mujer.” Y por tal sendero comenzaron las investigaciones sobre la feminidad y la masculinidad, entendidas como categorías en mutación de acuerdo con la época, la cultura, el país. Luego, vinieron estudios sobre homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y otras definiciones que atañen al ejercicio de la sexualidad. A partir de aquí, el género se iguala a una tipología de roles sexuales.

Otros conceptos fundamentales que se desprenden de lo anterior son los de orientación sexual (preferencia) e identidad sexual (autodefinición genérica), derechos sexuales y reproductivos (atribuciones legales), los cuales apoyan la secuencia lamentable del aborto, los seudomatrimonios entre personas del mismo sexo y el desmontaje teórico de la maternidad y de la familia sustentadas en el amor entre una mujer y un hombre.

Otro de los presupuestos de los estudios de género se encuentra en la noción de Hegemonía Cultural. Mediante la contribución del filósofo Antonio Gramsci, la idea de la lucha de clases que promueve la revolución adquiere una nueva eficacia dentro de la teoría cultural y la acción política. Este marxista italiano del siglo XX razona que solo un cambio orgánico en la cultura puede provocar una verdadera transformación social desde el interior del individuo, la cual cambiará sus valores, pensamiento y comportamiento hasta darle un giro orgánico a la sociedad.

La idea de la Hegemonía nos explica cómo ciertos grupos mantienen el poder desde las construcciones culturales que han forjado. Así controlan el campo psicológico a partir no solo de instituciones y estructuras, sino de las reglas y normas que los propios controlados preservan y reproducen. Cambiar poco a poco las bases de la cultura se convierte en meta para quienes asumen el concepto gramsciano, aunque durante el proceso deban remover las bases de la civilización, especialmente las de matriz cristiana. Esa herramienta teórica ha devenido instrumento principal de los arquitectos de la ideología de género en el mundo.

La concepción materialista que se evidencia comprende la sociedad y la historia como un campo de enfrentamientos entre jerarquías de poder y sectores explotados, algo que los estudios de género aplican a la dimensión sexual de la vida, tanto en el interior de las familias como en el resto de los ambientes sociales. Sus representantes afirman que la división social del trabajo distribuyó ocupaciones y funciones según los sexos y géneros, y que a las mujeres les correspondió las tareas domésticas, menos remuneradas y dependientes.

Una perspectiva antropológica queda al descubierto al decir o sugerir que el ser humano carece de una condición ontológica propia. Este postulado disminuye el valor de la persona, la relativiza y la convierte en un objeto del cual se puede disponer plenamente.

Para esta antropología, si así puede llamarse, la persona queda vacía de sentido (excepto el que pueda otorgársele desde fuera) y centrada, no en un principio natural, y de ningún modo sobrenatural, sino en la idea de que el género y las relaciones sexuales constituyen el aspecto medular de la vida.

Repercusión de una ideología

 

Los estudios de género han penetrado significativamente en diversos ámbitos sociales. El lenguaje experimenta cambios importantes porque se escogió como campo de batalla cultural para conquistar la Hegemonía desde los cimientos del pensamiento, la sociedad y el individuo, lo cual vemos en el uso de términos de reciente aparición y giros a las expresiones del habla común que hasta “ayer” se creían innecesarios, y hoy pocos se atreven a no emplear.

Por otra parte, advertimos que el culto al cuerpo, los aspectos vinculados a la sexualidad y, sobre todo, la violencia contra la condición natural del cuerpo, demuestran el desprecio a la naturaleza, que el papa Benedicto XVI ha considerado dentro de la carencia de una Ecología que considere el respeto a la persona humana.

El pensamiento alrededor del género que le ha dado mayor visibilidad a las minorías reflexiona sobre el lugar de la mujer en la sociedad moderna, cuestiona las posturas discriminatorias, mueve la opinión hacia algunos sectores de la población donde se habían acumulado prejuicios e injusticias, permite concienciar posturas culturales, repensar lugares comunes de la ciencia y los comportamientos civiles, afecta también de manera grave la dignidad de la mujer (a la cual extrae su esencia maternal) y asesta un duro golpe al corazón de la familia humana.

Por eso no extraña que promueva políticas contrarias a la vida y a la institución matrimonial. Esta ideología se afana en producir cambios drásticos impulsando el llamado matrimonio homosexual, la adopción de niños por estas parejas, la experimentación con células madres, la fecundación in vitro y medidas a favor del aborto y la contracepción.

Los proyectos de ley, o las leyes aprobadas en diferentes continentes, apuntan, en medio de numerosas polémicas, a la reconfiguración de planes de estudio en todos los niveles de enseñanza con el objetivo de moldear a los más jóvenes con modelos éticos fabricados la noche anterior.

Los mensajes afines, a través de los medios de difusión masiva, buscan un cambio de conciencia que ya ha ocurrido en algunas mentes a escala planetaria.

Lo anterior coincide con una violenta crítica laicista contra la Iglesia católica, la cual repercute sobre el cristianismo en su conjunto. Quizá la intención sea corregir supuestos daños históricos, pero en la práctica esos empellones, en ocasiones de una dudosa legitimidad moral, parecen atacar al mensaje evangélico que transformó el antiguo mundo occidental y fundó la civilización contemporánea.

El neopaganismo actual quiere desandar el camino recorrido y barrer con el mundo conocido, mediante la promesa de que su proyecto podría edificar una civilización libre de ataduras morales y dogmas ilusorios.

La civilización de los últimos 2 mil años le parece un error que debe reconsiderarse desde concepciones constructivistas. La mencionada “transformación” del mundo a través de la noción de persona, del matrimonio y de la familia, no traerá los beneficios que tales ideólogos propugnan porque equivale a una destrucción de los pilares de ese mundo y no a un desmontaje ni a una deconstrucción. Nadie saldría beneficiado con la extensión del aborto o el divorcio del amor y la vida que desdibuja al matrimonio, convirtiéndolo en cualquier cosa menos en lo que es.

Los efectos inmediatos se ubican en el cambio que experimentan algunos sectores de la intelectualidad y la clase política de los países influidos. Las manifestaciones se advierten en dos campos preferidos por los ideólogos de género: la educación y las leyes.

La formación de las generaciones del mañana, y de las conciencias del presente, equilibran una preocupación manifiesta por dictar los códigos que gobiernan la sociedad y el mundo para estar más cerca de apropiarse de las normas, ese engendro cultural que guía el comportamiento y el ideario de las comunidades y de las personas e impide acceder a la anhelada hegemonía.

Vale recordar que norma y hegemonía, en referencia a los problemas de sexo y género, se consideran parte de una construcción socio-histórica y no una expresión circunstancial del orden natural de todas las cosas.

 

Hacia un diálogo sobre la verdad y el bien común

La ideología de género sorprendió a las sociedades desprovistas de un discurso crítico sistematizado e incluso de una posición firme desde el punto de vista legal. La mezcla que forman las injusticias y los desatinos hacen inútil cualquier discurso que huela a moralina de viejas comadres.

De momento, el recurso principal es conocer los términos y mecanismos para dialogar con seriedad, siempre que se pueda. Una pista importante será hacer visible la nueva norma que se promueve como algo natural o indiscutible, y los sutiles manejos de entronización que ayudan a transitar de una minoría a la deseada Hegemonía.

Deben estimularse los esfuerzos de entendimiento con los ciudadanos de buena voluntad, que suelen ser mayoría, en torno a las líneas principales de convivencia que conducen a la unidad y al respeto.

El planteamiento conceptual de la perspectiva ideológica permite dialogar hacia el interior de las sociedades sobre dos temas neurálgicos: la condición humana y el bien común. En ese registro, el Magisterio, la Doctrina Social y la Tradición contienen una riqueza apreciable que la Iglesia atesora y transmite como Madre y Maestra.

Las posibilidades que tenemos los fieles, ordenados y laicos, de exponer las enseñanzas de la fe hacia dentro y hacia fuera de la institución constituyen un deber a la hora de contribuir a los debates.

Hacer inolvidable a Jesucristo es una misión hasta el fin de los tiempos y una exigencia de nuestra época sacudida por crisis, cataclismos naturales, destrucción del medio ambiente y guerras. Frente a tantas adversidades, el caudal de amor, fe y esperanza que posee la Iglesia aumenta con sabiduría renovada.

La concepción de género no tiene ninguna posibilidad de suplantar la ley natural que, por demás, no reconoce. Que el ser humano existe en la naturaleza como hembra y varón, no es solo un versículo del Génesis, sino una realidad comprobada por la ciencia y la observación.

Esta premisa demuestra que un individuo podrá usar su libertad para transformar sus genitales y otras partes de su cuerpo (luego conseguirá cambiar su identidad ante la sociedad), pero seguirá perteneciendo al mismo sexo con el que llegó a este mundo.

Por su condición de criatura espiritual y corporal, el cuerpo identifica al ser humano. De ahí que la teorización sobre el género nunca suplantará al sexo como parte de la verdad del dato biológico, que coincide con la verdad del ser natural y social.
Algo semejante hallamos en el análisis del aborto, cuyos defensores reconocen el “derecho” de la mujer de decidir sobre su cuerpo, (entiéndase bien: decidir la muerte del niño), pero a la vez desconocen el derecho a la vida de la criatura en gestación, a partir del cual podrá disfrutarse luego el resto de los otros derechos.

Reconocer que el matrimonio se confirma en la disponibilidad biológica de los sexos en cuanto a unirse para concebir hijos (algo que solo tienen la mujer y el hombre) no implica una ofensa para ninguna persona porque todos hemos nacido del mismo acontecimiento biológico, y no de la unión sexual de dos hombres ni de dos mujeres.

Considerar el matrimonio como cualquier otra unión que no sea la que le da sentido al término no solo falta a la realidad y la verdad, sino que introduce una confusión que mina la institución familiar y daña la misión social que esta tiene de acuerdo con el bien común.

Resulta caprichoso pretender igualar, bajo cualquier terminología, los seudomatrimonios que no tienen ni el origen, ni la finalidad, ni la connotación del verdadero matrimonio.

El entramado social es sacudido cuando se intenta disolver la célula primigenia que le da sentido a todo el resto de la estructura, la cual sufre un daño mortal al ser removidos los pilares de la auténtica familia humana, con la ilusión de extirpar de ese modo la homofobia o por la conveniencia de un acuerdo político o una coyuntura ideológica circunstancial. De entronizarse y extenderse tal uso, las consecuencias serían incalculables.

Los temas anteriores, tan claros desde la fe, generan muchas opiniones sin consenso. Corresponde a quienes ahora poblamos la Tierra discutir sobre ellos y decidir también sobre el mundo que necesitamos sin dejarnos atrapar en las redes de una idea seductora o de una opinión interesante.

Deberíamos pensar en el bien común sin anteponer el bien propio, pensar en nuestros padres y abuelos, hijos y sobrinos, en todos nuestros hermanos y en quienes pronto nacerán con igual dignidad que la nuestra.

Por todo lo anterior, Cristo nos invita a crear la Civilización del Amor, expresión del Reino de Dios y de su Justicia.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldich
EDITOR: Andrés Rodríguez
DISEÑO DIGITAL: Raúl León P.
CORRECCIÓN: Zoila Martinez
CONSEJO DE REDACCIÓN: Habey Hechavarría, Raúl León, Gisell Grass, Estela Martinez y Navia García
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