Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2010

Resolución 1024 X 768

 

Más que poetisa

La autora dialoga con el historiador William Gattorno para darnos a conocer un rasgo poco conocido de Dulce María Loynaz: su condición de esposa generosa

Por MARÍA DEL CARMEN MUZIO

 

El día de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de 1946, Dulce María Loynaz contrae matrimonio religioso con Pablo Álvarez de Cañas. También en ese mismo año se traslada a su casa en la calle 19 de la barriada del Vedado, hogar de la pareja.

Ninguno de los dos era desconocido. Ya la Loynaz era una poetisa de renombre –su poemario Versos y la Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen habían sido publicados– y Álvarez de Cañas era uno de los más destacados cronistas sociales de la época.

Bastante se conoce, por la propia poetisa, del surgimiento de la relación, que ella relató en su libro Fe de vida, pero poco o nada se sabe de la abnegación que demostró como esposa con motivo de la enfermedad de Pablo. Para ello, me di a la tarea de entrevistar a William Gattorno, en la Villa de la Asunción de Guanabacoa.

En las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, Gattorno era un joven historiador que entabló amistad con Dulce María cuando esta vivía prácticamente confinada en su casa. Aún no le habían conferido el Premio Nacional de Literatura ni tampoco el codiciado Premio Cervantes. Pero no es finalidad del presente texto realizar ningún tipo de análisis literario sobre su obra, –que abundan bastante– sino de su rasgo, poco conocido, como esposa generosa.

En 1959, como consecuencia de los drásticos cambios que se efectuaron en nuestro país, Pablo Álvarez de Cañas, por lealtad al grupo que dirigía el periódico Diario de la Marina, del cual se sentía deudor, decide marcharse al exterior, según me cuenta el historiador guanabacoense. Por el libro La hija del general, de Vicente González-Castro, se sabe de la decisión de la autora de Jardín para no partir con el esposo.

Gattorno visitaba a Dulce María en su casa del Vedado, a las cinco de la tarde, hora en que acostumbraba recibir a las pocas amistades que le quedaban. Supo entonces de varios asuntos que le confió la escritora.
“Mientras Álvarez de Cañas permaneció en Estados Unidos, Dulce María consideró un deber insoslayable escribirle una carta diaria, –me explica–. Luego, cuando este enfermó allá, la poetisa se dirigió al gobierno cubano con el objetivo de solicitar el permiso de regreso para él. En este aspecto, recibió la ayuda de Celia Sánchez”.
“En 1972 regresa, ya viejo y enfermo, Pablo Álvarez de Cañas, y Dulce María lo cuida durante los dos años que le restaron de vida”.

Fue una época difícil para nuestra población por la escasez existente. Entonces William Gattorno la ayudaba. Cada vez que podía, le suministraba el alcohol que le resultaba muy necesario para cocinar. A Pablo lo habían instalado en una parte de los salones de la planta baja, ya que no podía subir las escaleras porque su salud se encontraba muy deteriorada. Del otrora hombre robusto, sólo quedaba un anciano enflaquecido.

Sin embargo, la esposa no se apartó de él, lo mimó y cuidó con esmero. Incluso, me explica Gattorno, en la capilla San Martín de Loynaz, en la propia casa, se oficiaba una misa diaria por la salud del enfermo. El entrevistado asistió a algunas de ellas, oficiadas por un capellán de la iglesia del Carmelo.

Eran pocos los visitantes en aquel tiempo, como fueron pocos los que asistieron al funeral, entre ellos Gattorno. El afamado cronista social falleció el 3 de agosto de 1974 y fue enterrado en la Necrópolis de Colón en el panteón de los Loynaz. Según me cuenta el entrevistado, Dulce María no se preocupaba por arreglarlo porque decía: “Ellos no están ahí”. Ese era su concepto de la trascendencia y de no rendir lo que consideraba excesivo culto a los muertos.

Gattorno, quien sostuvo una amplia correspondencia con la autora de Poemas sin nombre, conserva más de 100 cartas inéditas de ella. Como testimonio, cede una para que sea publicada, redactada por la poetisa ya viuda, en una hoja con el membrete del esposo fallecido, la cual transcribimos:

La Habana, Sept 5 de 1974
Sr. W. Gattorno
Estimado señor:
Muchas gracias por sus líneas de condolencia y por la constancia de su recuerdo.
Si algo fuera capaz de consolarme en tan tristes momentos serían las demostraciones de simpatía humana que he recibido, entre ellas, la suya, queda de Vd. muy atentamente,
Dulce María Loynaz

Mujer de temperamento fuerte, supo sobreponerse siempre a las adversidades de la vida. Incapacitada de tener descendientes, uno de sus más bellos poemas, con un tema poco tratado en la poesía, es Canto de la mujer estéril:

¡Y cómo pierde su
filo, cómo se vuelve lisa
y cálida y redonda
la Muerte en la tiniebla de tu vientre!...1

Se trata de un poema desgarrador aun para aquellas que han conocido el valor de la maternidad. Soportó la muerte no solo de su esposo, sino de sus padres y hermanos. En 1966 había fallecido Enrique; en 1977, Carlos Manuel, y en 1986, Flor.

Reconocimiento destacado merece Angelina de Miranda, quien fuera su secretaria y fiel acompañante por más de 50 años. Dulce María quedó en la más completa soledad, auxiliada por su sobrina, María del Carmen Herrera, quien la cuidó con cariño y devoción junto al doctor Montoro y la enfermera Serafina. El historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, fue también de los que ayudó a la poetisa en aquellos tristes días.

La fe, acerca de la cual los medios literarios acostumbran a tratar poco, fue el más firme sostén de Dulce María Loynaz. Ya lo había demostrado en exquisitos poemas como La novia de Lázaro o la Oda a la Virgen, entre muchos otros.

Hoy tengo aquí a mis pies un camino de tierra
dura, gris... ¡Y una prisa
turbadora de andarlo de una vez!... Pero
aun me vuelvo en la indecisa
hora y pruebo a llamarte
con los bellos nombres de las Letanías...2

Y realmente fue así, como lo predijo en el anterior poema, el duro camino que tuvo que andar. En realidad, el mayor impulso para que su obra se diera a la publicidad lo recibió de su esposo. Él fue quien siempre la alentó. Cuando en una pareja existe un vínculo tan estrecho se convierte en un verdadero matrimonio, del que sólo Dios puede desatar sus lazos.


1 Loynaz, Dulce María, Poesía completa, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993, p. 70.
2 Ibídem, p. 24.

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