Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2011

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Escuela de padres

 

Pista libre al explorador

Es proverbial la fama de las madres cubanas por sobreprotejer a
sus hijos. He aquí unos pequeños consejos que nos ayudarán al mejor desarrollo de ellos; claro, sin perderlos de vista. Y también a conocer sus características en esta temprana infancia que, a la vez, nos sirve como método evaluativo de sus adelantos.

 

Se construye la personalidad.

En el artículo del número anterior abordábamos las características generales de la denominada primera infancia o infancia temprana (1 a 6 años), donde se establecen en el niño las bases futuras de su personalidad y carácter como ser humano, las que, por lo general, serán muy difíciles de cambiar en su posterior desarrollo. En particular hacíamos referencia a esta primera etapa, comprendida de 1 a 3 años, en la que muestra interés y empieza a conocer el mundo que le rodea, denominándolo el “explorador” y en la que resulta importante tomar las debidas precauciones para evitar los lamentables accidentes, tan frecuentes en esta etapa.

Desarrollo general del niño de 1 a 3 años

Del año al año y medio.
-Ya anda solo.
-Colabora cuando se le viste.
-Tiene preferencias en la alimentación.
-Siente afecto o celos por otros niños.
-Explora armarios y gavetas.
-Frecuentes berrinches y pataletas.
-No fija la atención.

Del año y medio a los dos años.

-Sabe desnudarse solo.
-Pronuncia claramente varias palabras, incluso frases breves.
-Intenta ayudar en el hogar.
-Habla solo o con sus juguetes.
-Intensa curiosidad por conocerlo todo.
-Repite lo que hace, muchas veces.
-Come solo, y cada vez mejor.

De dos a tres años.

-Cada vez más exigente.
-A veces se pelea con otros niños.
-Cambia a menudo de preferencias del padre a la madre, y a la inversa.
-Habla con frases completas.
-Se lava solo las manos.
-Empieza a preguntar.
-Salta alternativamente sobre uno u otro pie.
-Le gusta más jugar con otros niños que solo.
-Sabe su nombre y dirección.

Control muscular y destreza

Es posible que no haya otro período en la vida del niño en el que la madre deba tener tanta paciencia como durante el segundo año; y habrá, indudablemente, momentos en que mirará hacia atrás, añorando los primeros meses, cuando el niñito permanecía en su cuna.

La tarea de la madre durante este período es triple: debe dar a su niño toda clase de oportunidades y la mayor libertad posible para desarrollar sus músculos y satisfacer sus curiosidades; debe protegerlo de los daños físicos y debe cuidar que no haga demasiadas averías a las cosas que lo rodean.
El niño que tiene suficiente espacio y libertad para caminar, correr o trepar, cavar y transportar, se vuelve muscularmente fuerte y bien coordinado, y adquiere poder y control. Si se le permite ensayar las cosas por sí mismo, y se le da una variedad de objetos y materiales para manejar, adquiere el sentido de discriminación, se vuelve diestro en el uso de sus manos y desarrolla su iniciativa.

También, si se le admite informarse por sí mismo, en vez de llamarle la atención constantemente sobre las cosas, sus propios poderes de observación aumentan, y el niño no estará sobreestimulado.

Este proceso de adquisición de control muscular y destreza es, sin embargo, muy lento, y está acompañado de muchas caídas y accidentes menores. El niño está aprendiendo a usar sus manos y a mantener el equilibrio; a coordinar su cuerpo, su mente, sus deseos y la forma de hacer las cosas.
Posiblemente, los contratiempos le enseñen más rápidamente –que cualquier dosis de instrucción paternal–, en el adecuado manejo de los objetos, la apreciación de las distancias y la regulación de los movimientos.

Los adultos son tan diestros en la mayoría de sus acciones, que no valoran cuántas de ellas dependen de su destreza en regular y juzgar las distancias hasta en centímetros.

Ellos saben y, por consiguiente, pueden controlar la fuerza con que inclinan una jarra para verter el agua en un vaso; conocen, antes de levantarlo, el peso de un plato y qué fuerza requiere el asirlo para que no se deslice de los dedos; saben cuánto se ha de tirar del mantel para acomodarlo sin sacarlo de la mesa. Pero el niño no se ha familiarizado todavía con estas leyes naturales de fuerza y gravitación, y al descubrirlas por sí mismo, forzosamente ocurrirán accidentes.

Una madre puede ayudar al máximo a su hijo durante este período particular de prueba y error, si mantiene una actitud calmada y alentadora respecto a sus variadas actividades, permitiéndole tomar la iniciativa.

Los padres excesivamente cuidadosos pueden resultar una verdadera desdicha. La madre teme que su hijo se caiga y se lastime, que se canse por demás, que se lleve algo sucio a la boca. Por eso repite todo el día: “ten cuidado, no te caigas, no te trepes allí”; “deja esas tijeras, te vas a cortar”.

Un niño tímido, oyendo esta avalancha de prevenciones, se hace la idea de que el mundo es un lugar peligroso, en el que no se puede mover una mano o dar un paso sin correr algún grave peligro.
Las madres y los padres deben usar un poco de reflexión en sus esfuerzos por proteger a sus hijos. Una caída ocasional, un chichón, un tajo en un dedo, un pulgar martillado, una hemorragia nasal, equivalen a otro tanto de conocimiento ganado, y ninguna dosis de instrucción por parte de los padres puede reemplazar a estas valiosas lecciones de causa y efecto.

Las restricciones deben reservarse para aquellas ocasiones en que existe verdadero peligro de un accidente serio, como cuando un niño se asoma mucho por una ventana o un balcón.
Fuera de estas y otras ocasiones, es mejor que el niño descubra por sí mismo, aún a riesgo de un leve accidente, cuál es la naturaleza y las consecuencias del peligro, o a lo que se expone.

Contemplando el placer que un niño experimenta al hacer algo por sí mismo y recordando su propia alegría cuando se le deja hacerlo solo, es más probable que una madre refrene el impulso, tan general de los adultos, de reprender y ayudar.

En el próximo número, seguiremos profundizando en importantes aspectos en que los padres podemos ayudar al desarrollo pleno de las habilidades y potencialidades de nuestros hijos, como son el lenguaje y la inteligencia, entre otros.

¡Hasta la próxima!


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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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