Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2011

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MEDITEMOS

Matrimonio para toda la vida

Por MONSEÑOR FERNANDO DE LA VEGA

 

La unidad y la indisolubilidad del matrimonio no reciben su razón de ser únicamente, del hecho de que el matrimonio es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo, sino que ya vienen dadas por la misma naturaleza del matrimonio. El acto por el que los esposos se entregan y aceptan mutuamente, posee en sí mismo una tendencia interna a ser un acto definitivo y exclusivo.

Quien se entrega a sí mismo, de forma libre y voluntaria en manos de otra persona, ya no se pertenece a sí, sino al otro. El lazo de la fidelidad matrimonial está, por tanto, orientado a la exclusividad y definitividad. Es por ello que el Antiguo Testamento de la Biblia, considera que la unidad y la indisolubilidad del matrimonio tienen su fundamento en el orden que Dios estableció en la Creación (Gen. 2,24)

La fidelidad de Dios a su pueblo, constituye un tema constante en el Antiguo Testamento y la fidelidad matrimonial aparece como una imagen de esa fidelidad divina. Sobre este trasfondo hay que interpretar la afirmación de Dios recogida en el Deuteronomio (24, 1-4) referente a la expedición del libelo de repudio. De lo que se trata en este texto no es del “permiso para divorciarse”, sino de la prohibición del matrimonio con alguien que se ha divorciado.

Sólo el judaismo posterior dedujo de este pasaje la licitud del divorcio para el caso en que el hombre descubriese en la mujer algo “indecente”. Semejante regulación significaba, no obstante, una cierta salvaguarda jurídica para la mujer. Por lo menos ahora el hombre no podía repudiarla por razones triviales o en un arranque repentino de cólera, sino únicamente, tras un determinado proceso jurídico de adulterio comprobado.

La cuestión de la indisolubilidad del matrimonio recibe una respuesta definitivamente clara, con la llegada de Jesús. Según nos narra el evangelista Marcos (10, 2 - 12) son los judíos los que plantean la espinosa cuestión sobre si puede un hombre repudiar a su mujer. La respuesta del Maestro es típica de su estilo de predicación. No responde a la pregunta sobre qué es lo permitido y lo no permitido.

En la medida en que uno propone la cuestión en esos términos, ya está pretendiendo delimitar la voluntad de Dios, manifestada en la Creación de que “serán dos en una sola carne”.

No basta por tanto, que un matrimonio o una separación estén en regla ante el notario, porque lo que está en juego es el corazón del hombre. Por eso el Maestro afirma también que “Todo el que mira a una mujer para desearla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior” (Mt. 5,28).

Se trata de un punto de vis ta inaudito en su radicalidad y comprendemos perfectamente que los discípulos afirmen sorprendidos que si tal es la situación del hombre en el matrimonio, es mejor no casarse. De hecho una unión entre un hombre y una mujer con esas características, en la prosperidad y en la adversidad, puede llegar a convertirse en una carga insoportable y en una exigencia desmesurada.

Sólo se puede entender la frase de Jesús si somos capaces de situarla en el contexto de todo su mensaje. El Maestro no pretende imponerle al ser humano un sobrepeso y exigir de él realizaciones extremas. La frase de Jesús no supone un párrafo de una legislación cristiana, ni una especie de exigencia ética, por eso tampoco es adecuado hablar de un mandato ideal o de una meta a conseguir.

Para los esposos que viven separados hay un deber permanente de perdón y una esperanza de reconciliación. Es posible, y más en nuestros tiempos, que esto parezca estar en contradicción con la experiencia humana. Sin embargo la fe nos permite partir del presupuesto de que el amor y la fidelidad de Dios no cesan, aún cuando el amor y la fidelidad humana han fracasado.


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v Juan Pablo II

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