Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2011

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La imagen de la esperanza

Por Giselle Grass Velazco

 

El rostro y las dos manos hechas de pasta de maíz, el tronco de madera y el bastidor de varillas de cedro, cubierto de telas y que descansa en una base, eso es todo lo que conforma la imagen de la Virgen que resguarda el santuario de El Cobre. Impresiona la simpleza escondida detrás de lo que simboliza para el pueblo cubano creyente o no: expresión viva de religiosidad, devoción y veneración, ícono que evoca la Patria desde cualquier latitud. Es, además, un vínculo de unión entre los hermanos dispersos por el mundo, también para las familias. Pero por encima de todo, esa pequeña imagen que apenas sobrepasa los 30 centímetros de altura, representa a la Señora, Madre Santísima de Jesús, hijo de Dios y Salvador.

Las cosas de María son así de simples y sencillas. Ella ha estado siempre rodeada por la humildad, se muestra solícita ante cualquier súplica o necesidad. Las escrituras la recogen presta al servicio: asistiendo a su prima Isabel, protegiendo a su hijo, quien hiciera su primer milagro como respuesta al reclamo oportuno de su madre por los necesitados, allá en las bodas de Caná. A mí me gusta creer que cruzó el mar para quedarse con nosotros, nada más y nada menos que con el nombre de Virgen de la Caridad. Y Caridad significa Gracia, Amor, Misericordia.

Su llegada fue acogida, sin mucho ruido, por los pobladores del Hato de Barajagua; ellos fueron sus primeros devotos, indios y negros esclavos reales, quienes le construyeron su primera morada: una casa cubierta de guano, cercada de tablas de palma y alumbrada siempre con una lámpara de cobre. Había pobreza y esclavitud, entonces allí estaba ella. Son muchas las gracias y los bienes que Dios regaló a los moradores que acudían hasta allá en busca de la intercesión a sus anhelos y esperanzas, hechos que quedaron impresos en los documentos de la época como testimonio de amor. Por lo que no es de sorprender que más tarde se escogiera la plaza situada frente al Santuario, construido luego con el esfuerzo y las donaciones de sus fieles, para hacer lectura pública de la Real Cédula donde se otorgaba la libertad a los esclavos del Rey, efectuado por el padre Alejandro Paz Azcanio, quien fuera Capellán del Santuario.

Con el transcurso del tiempo se fue expandiendo la devoción a la Virgen de la Caridad desde un extremo a otro de la Isla, hasta alcanzar amplios sectores de la población. La imagen del rostro moreno identificó al cubano criollo dentro y fuera de Cuba, y se propagaron rápidamente las manifestaciones de amor entre los grupos más humildes de la sociedad, las que acrecentaron, poco a poco, una diferencia entre lo autóctono y lo peninsular en el aspecto religioso.

Los muchos milagros que se le reconocieron como mediadora incrementaron las demostraciones de fe y respeto, algunas de trascendencia histórica. Según cuenta la tradición, Carlos Manuel de Céspedes portaba una bandera elaborada con tela azul del manto que adornara un altar a la Virgen en una casa de La Demajagua, y que, luego de la toma de Bayamo, se dirigió a El Cobre para poner a los pies de María el destino de las luchas por la libertad. Entre los mambises se consideraba a la Virgen de la Caridad como protectora, llevaban en sus sombreros una cinta tricolor con la medida de la imagen. Los cubanos emigrantes o exiliados se llevaron consigo la devoción más allá de las fronteras. Se construyeron Ermitas, altares y Santuarios en su honor, que trasmitían tanto fervor religioso como su condición de símbolo de cubanía y nacionalidad.


Gracias a sus muchas revelaciones para con los más desposeídos, se le otorgaron a la Virgen los títulos de Patrona y Reina. El 10 de mayo de 1916, a petición de un grupo de antiguos oficiales, combatientes mambises y más de dos mil veteranos, el papa Benedicto XV declara a la Virgen de la Caridad del Cobre Patrona de Cuba; luego, en el año 1936 fue coronada mediante delegación Papal, por el arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Valentín Zubizarreta; y el 24 de enero de 1998, el papa Juan Pablo II, la coronó personalmente.

La imagen de la Virgen que se venera hoy en el Santuario de El Cobre –elevado a Basílica Menor desde 1977– no ha sido invulnerable a las inclemencias del clima. Con los años ha sufrido el cambio de sus diversos mantos, los que aún se atesoran en el Camerino de la Virgen. Algunos son fruto de las necesarias restauraciones; y otros, hechos según la ocasión. Entre ellos se destaca, por su belleza y simbolismo, el donado por las Carmelitas Descalzas de Sancti Spíritus para la coronación del ´36, donde aparecen bordados el escudo nacional al centro de la saya y los de las entonces seis provincias, tradición que perdura hasta nuestros días. Otro que impresiona es el llamando “Manto de las lágrimas de las madres cubanas” donado por una familia santiaguera, como voto por la vida de sus hijos que luchaban por la libertad, impreso con tinta indeleble, entre oraciones, dedicatorias e intenciones, con una lista de los nombres de los jóvenes, al dorso del forro de la saya. Voto que se cumplió en 1959, a pocos meses del triunfo revolucionario.

El traje que luce la Virgen de la Caridad de El Cobre conserva algunas de las formas tradicionales más significativas. En él sobresalen: el escudo nacional, piedras que exhiben los colores de la patria y bordados de grandes ramas que recuerdan a las pencas de las palmas. No sólo por sus vestiduras se le reconoce fácilmente entre las muchas y diversas advocaciones marianas, sino por un conjunto de atributos y rasgos particulares que la distinguen: el manto le cubre la cabeza –indicativo de mujer casada y madre–, la piel morena, el cabello oscuro, partido al frente y peinado hacia atrás para resaltar el rostro. Además, su silueta muestra una estructura triangular que sugiere estabilidad y permanencia. Está de pie, con una cruz y el rosario obsequiado por Juan Pablo II en su mano derecha; el niño lo carga a la izquierda, muestra de Camino de Salvación; el vértice del triángulo apunta al cielo que, junto a la esfera de nubes y ángeles que le sirven de base, y a la medialuna, aportan gran fuerza ascensional a la imagen. Complementan todo el conjunto el halo, la aureola con las 12 estrellas, el monograma MR (María, Madre y Reina de misericordia) y la corona que la identifica como Reina.

Todo número de símbolos y alegorías que conforma la imagen resulta entrañable a la vista de los creyentes; ya sea por una lágrima de amor que se asoma a los ojos, o por el inmenso cariño tras un favor o gracia que les haya concedido, fruto de la fe y la perseverancia en la oración. Es por eso que pocas veces se repara en lo material, y lo significativo le gana a lo artístico. Esperemos que la Buena Madre nos siga amparando, desde lo alto del Cerro, y Dios derrame sus gracias, según la fidelidad de sus siervos.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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