Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2011

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Casa de muñecas:
¿renovadora o destructora?

Por MARÍA DEL CARMEN MUZIO

La obra Casa de muñecas del dramaturgo noruego Henrik Ibsen está considerada una de las grandes obras del teatro realista. Tanto es así, que desde que se representó por primera vez en 1879 despertó las más encontradas opiniones. Hubo quienes se levantaron airados de sus butacas y los que, por el contrario, la alabaron como renovación dentro de su género.

Drama en tres actos, su conflicto se vislumbra desde el inicio. Nora es una mujer felizmente casada con Torvaldo Helmer y tienen dos niños. Pronto vemos que todo es apariencia en ese matrimonio en que el esposo acostumbra a llamar a la protagonista con ridícu-los diminutivos como “ardilla”, “alondra” y ella tiene que comer las almendras de que tanto gusta, a escondidas del marido, por prohibición de este. En cuanto aparece el otro personaje femenino de importancia, Cristina Linde, se nos explica la dificultad principal por la que atraviesa Nora: ha falsificado un pagaré con la firma de su padre, ya fallecido, para un préstamo de dinero. No lo hizo por malgastar, sino para pagar un viaje al extranjero que mejoraría la salud de su esposo. Pero lo hizo a espaldas de él, y después, un empleado del banco donde trabaja Helmer la chantajea exigiéndole cuotas de dinero.

Nora vive con la angustia de que su esposo descubra el engaño, ya que es hombre que no tolera las mentiras. Y en el último acto, descubierta, la actitud del esposo resulta intransigente. Con duras palabras la considera hasta incapaz de educar a sus propios hijos. No era la reacción que esperaba ella. Y aunque todo puede tener una feliz solución, cuando el tenebroso Krogstad (el que la chantajeaba) le devuelve el pagaré con la promesa de no hacerlo público, Nora toma su resolución.

Aquí es el momento en que la obra adquiere su connotación mayor, que lo mismo puede ser aceptada que rechazada: decide abandonarlo todo, esposo, hijos. Nora manifiesta que debe procurar educarse a sí misma.

El siguiente fragmento es muy ilustrativo:

Helmer: ¿Has perdido el juicio…? ¡No te lo permito! ¡Te prohíbo…!
Nora: Después de lo que ha pasado, es inútil que me prohíbas algo. Me llevo todo lo mío. De ti no quiero nada, ni ahora ni nunca.
(…)

Helmer: ¡Abandonar tu hogar, tu marido, tus hijos…! ¿Y no piensas en el qué dirán?

Nora: No puedo pensar en esos detalles. Sólo sé que es indispensable para mí.

Helmer: ¡Oh, es odioso! ¡Traicionar así los deberes más sagrados!

Nora: ¿A qué llamas tú los deberes más sagrados?

Helmer: ¿Habrá que decírtelo? ¿No tienes deberes con tu marido y tus hijos?
Nora: Tengo otros deberes no menos sagrados.

Helmer: No los tienes. ¿Qué deberes son esos?

Nora: Mis deberes conmigo misma.1

O sea, Nora antepone su realización femenina. Como se puede apreciar en esta lectura fragmentaria de la obra, lo que Ibsen pone en tela de juicio a través de sus personajes, son la problemática del matrimonio, de la maternidad y de la mujer. Los tres, como sabemos, están indisolublemente unidos. De ahí las fuertes críticas que tuviera que afrontar el autor.

Desde el aspecto puramente literario se consideró Casa de muñecas como una obra de renovación del teatro por la minuciosidad con que describe el lugar en que han de desarrollarse las distintas escenas, también por la naturalidad gestual de los actores, en busca de un acercamiento mayor a la vida real y el tomar temas de la vida cotidiana. Fuerte crítica al matrimonio burgués de su tiempo, denostada por esta clase social, el momento final del drama, la salida de Nora en la que se escucha sólo un portazo para que de inmediato caiga el telón, es considerada el inicio del teatro moderno.

Otras obras escribió Ibsen, incluso se dice que Espectros, la que escribió a continuación de Casa de Muñecas, refleja la vida de una Nora que no abandonó su hogar. Pero sin dudas, la más famosa, llevada al cine y de continuo representada en el teatro, es Casa de Muñecas a la que se ha calificado como “obra de tesis” dentro de un “teatro de ideas”.
Hay que recordar que estamos hablando de una obra de finales del siglo XIX. Para muchos lectores contemporáneos, acostumbrados a los temas de la liberación de la mujer y otros por el estilo, ya no les causa tanta conmoción; sin embargo, no dejan de considerar negativo el hecho de que se marchara sin sus hijos.

Con independencia de sus valores dramatúrgicos, no nos puede pasar por alto que Ibsen ataca no sólo la sociedad burguesa, sino el matrimonio como institución, y la maternidad como algo que dificulta el pleno desarrollo de la mujer. Resultan ideas vigentes en nuestros tiempos, cuando los jóvenes le restan importancia a la oficialización de su status como pareja, y algunas mujeres posponen o rechazan la concepción como molesto obstáculo para su desarrollo profesional.

Todavía hoy, desde sus innegables méritos literarios, Casa de Muñecas nos invita a meditar sobre aspectos que, aunque se quieran obviar, es imposible hacerlo, porque el matrimonio y la maternidad, en especial esta última, es uno de los grandes dones de la mujer.

Henrik Johan Ibsen (1828-1906).
Nació el 20 de marzo de 1828 en el puerto de Skien, pequeña ciudad al sur de Noruega y murió el 23 de mayo de 1906 en Oslo. Considerado el más importante dramaturgo noruego y uno de los autores que más ha influido en la dramaturgia moderna, padre del drama realista moderno y antecedente del teatro simbólico.
En su época, sus obras fueron consideradas escandalosas por una sociedad dominada por los valores victorianos, obras que cuestionaban el modelo de familia y sociedad dominante. Es uno de los autores no contemporáneos más representado en la actualidad. En 1903 recibió el Premio Nobel de Literatura.


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