Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2012

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Hola, mis niños y niñas. Hoy me he inventado este cuanto que tiene mucho de realidad y fantasía, porque los cuentos, para que sean buenos, tienen que ser así. Aunque siempre les he dejado una bonita enseñanza: se trata de confiar, de reír; y, por supuesto, de soñar. Tambien comprenderán que a veces las cosas no son lo que parecen, solo hay que tener paciencia para llegar a descubrir el verdadero tesoro que representan. Espero que lo disfruten y recuerden que los verdaderos cristianos son los eternos enamorados de Jesús, quien representa el gran desafío a lo “imposible”: Resucitar, Amar, Confiar, Perdonar y Esperar. ¡Hasta pronto!

 

Cuento

Había una vez... ¿un pececito?

Por GISELLE GRASS VELAZCO

Yo soy Anita y vivo en una casa grande. Tengo trenzas muy largas y negras, mis ojos y mi piel también son oscuros. Yo tengo una familia muy especial, ¡imagínense que tengo un bisabuelo que tiene 105 años! Todos lo queremos mucho y le decimos Tatá. ¡A mi me han dicho que el cielo es un lugar muy lindo! Según me dijo mi tía Caridad, para allá se van a vivir todas las personas buenas y las más viejitas. Pero a mí me parece que a Tatá no le gusta mucho allá, yo le pregunté que si un día se iría también y con su bastón de majagua en alto me dijo: “yo soy un negro viejo, que tiene mucha guerra que dar todavía.” Ciertamente, si él decide mudarse para allá arriba, yo lo voy a extrañar mucho, es que lo quiero cantidad. Los mejores cuentos del mundo son los que él se sabe, y ¡sabe muchísimos…! Además, la manera de decirlos es lo que más me gusta, si mi mamá me los cuenta ya no es lo mismo, es que la voz de Tatá es lenta y de un tono tan grave… que suena como un arrullo.

Mi mamá es dulce, cariñosa, y le gusta mucho cantar, su voz es alegre y melodiosa, resuena por toda la casa, mientras trajina va llenando todos los rincones de cascabeles. Cuando yo sea grande voy a cantar igual de lindo. Pero todavía tengo que practicar mucho. Todos los días salgo al patio y canto a los cuatro vientos. Tatá me aplaude desde la terraza, donde descansa en su taburete forrado de cuero de chivo. Mi papá me sonríe al mismo tiempo que me alza en sus brazos, luego me llena de besos y me dice: “mi princesita de chocolate, mi linda.” Sí, porque mi papito me ha dicho que todas las niñas somos princesas. También tengo un hermanito pequeño, se llama Luis, pero todos le llaman Tito. Es un poco travieso y a veces se porta mal. Ahí es cuando yo le digo: “Un día te va a llevar el gambucino, por cogerme mis muñecas y por romperle las ruedas a tus carritos.” Pero nada, él estira la bemba, se cruza de brazos, luego me mira y se ríe.

También tengo otros abuelos, que viven con mis primitos, a tres calles de aquí; y otros por el campo que son muy cariñosos; y tíos y tías, y muchos parientes. Siempre que hay fiesta se reúne toda la familia en mi casa grande, comemos, cantamos y bailamos. Las fiestas que yo prefiero son las de Nochebuena porque hace frío y hay regalos. Siempre es una alegría poner el arbolito, hasta Tito ayuda: papá arma el pinito, Tatá dirige desde lejos y marca el ritmo con su bastón, al tiempo que mamá canta cancioncitas muy graciosas de la Virgen, el Niño y los peces en el río. Hablando de peces ¡a mí me encantan!, en la terraza tenemos una pecera llena, son de diferentes colores.

Cierta vez estábamos todos reunidos un 24 de diciembre; desde muy temprano mi abuelo Paco se afanaba haciendo los buñuelos de yuca, mi papá con mis tíos estaban en el apogeo del lechoncito asándose en puyas, al fondo del patio; las mujeres todas en la cocina; y yo, jugaba con Tito y mis primos por todo el jardín. Corríamos divirtiéndonos de lo lindo. En eso, descubrimos que en un charquito de agua estaban viviendo unos pececitos muy extraños. ¡El alboroto fue grande! Enseguida nos los repartimos entre todos y cada uno puso al suyo en un vasito de plástico, les pusimos nombres y jugamos mucho con ellos. Se movían muy cómicos, al mío le puse Nani. Muy contentos, corrimos a enseñárselos a Tatá, él solo dijo: “Usted verá…” y soltó una risita.

En ese instante abuela Fela llamó: “¡A comer!” Y partimos veloces. Después de la cena vino el canto al Niñito, después los regalos, después la Misa del Gallo; y después todos se fueron para sus casas. Yo me acosté a dormir con mucho sueño y… ¡Ah! ¡Ay, ay, ay! ¡Se nos olvidaron los pececitos! – Apúrate, Tito, que los gatos se los comen.

Recorrimos todo el jardín y nada; el patio, nada tampoco. Al fondo del pasillo, allí debajo de una hoja de malanga estaba uno: ¡Era Nani! Lo sé porque a mi vasito yo le había dibujado una margarita. ¡Qué alegría sentí en mi corazón! Le prometí cuidarla mucho y cantarle todos los días. La puse en la pecera y como nadie se la comió, allí la dejamos. Más tarde, Tito le hizo una cuevita de piedrecitas, (por si las moscas). Ella estaba tan a gusto que, no me lo van a creer, pero una vez me dijo:
─ Gracias por todo, Anita.
─ Pero ¿tú hablas, Nani mía? ─ le pregunté llena de asombro.
─ Claro que sí. Además, quiero decirte que tienes una voz muy linda. ¡Cómo me gustaría cantar así como tú!
─ Bueno, los pececitos no cantan, aunque como tú sabes hablar, si practicas mucho, algún día podrás hacerlo.
─ Sí ─ interrumpió Nani─ pero antes tengo que aprender a caminar para poder salir de aquí. Quiero treparme a una de esas matas de plátano, pues seguro desde allí mi voz se oirá mucho mejor.
─ ¡Oh! Nani linda, yo creo que los pececitos no caminan. Sin embargo, en el agua pueden nadar muy bien... ─ no quise seguir porque creo que la vi algo triste.

Esa misma tarde, en la mesa, le pregunté a mi mamá que si yo le pedía algo a Papá Dios, especialmente para otra persona, o para un pez, si fuera posible que me hiciera caso. Ella me dijo: “Claro que sí, mi chiquitica”; Tatá, que estaba atento, echó otra risita y dijo: “Usted verá…” Esa noche, en mis oraciones de antes de dormir puse a Nani después de Tito.

Pasaron varios días y una mañana Nani me dijo: “Hola, Anita, mira mis paticas.” En serio que tenía dos paticas minúsculas al lado de su colita. Corrí donde Tatá para contarle: “!Milagro, milagro!” Pero él otra vez con su risita y con su “Usted verá…”

Al cabo de un tiempo, Nani volvió a salir de su cuevita. ¡Yo no podía creer lo que veían mis ojos! Esta vez estaba más gordita, había crecido y sus paticas también, ¡eran perfectas! Además, tenía bracitos diminutos a cada lado de su cuerpo, la colita ya casi no se le veía. La verdad que ya no estaba tan linda como antes, pero igual me alegré mucho por ella y fui corriendo a contarle a Tito. Cuando pasaba junto a Tatá, oí como se reía diciendo: “Usted verá…”

Ese fin de semana nos fuimos para el campo; antes de salir llené los comederos de la pecera y me despedí de Nani. Al regreso del viaje, Tito y yo fuimos a saludar a los pececitos, y nos encontramos que la tapa de la pecera estaba descorrida y Nani ya no estaba. ─ ¿Será que un gato se la llevó? ─pensé, y me puse tan triste que ese día no quise comer.

Entonces Tatá vino despacito con su bastón y me dijo al oído:

“Trae un poco de arroz con leche a la terraza que quiero que escuches algo, avísale también a tu hermanito.” Fuimos los dos y nos sentamos cada uno en un banquito, al lado de Tatá. Al poco rato sentimos un “Cruac” perfectísimo que venía de la mata de plátano, luego otro y otro. Eran cada vez más sonoros y estrepitosos.

─ Anita, esa es Nani. ─ dijo Tatá saboreando su tazón de dulce.

Todos nos reímos mucho porque Nani era rana y no pez. ¡Ahora sí que podría caminar y hasta saltar! Porque ya estaba claro que sabía cantar y lo hacía muy bien.

 

TRABALENGUAS

No hay tanto canto tampico
ni tanto cuento tampoco.

 

ADIVINANZA

No está adentro, ni está afuera, no está arriba ni está abajo.

La ventana

 

Termina el dibujo de abajo guiándote por el de arriba; luego coloréalos según tus colores favoritos.

 

¡Hasta la próxima!

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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