Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2012

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Escuela de padres

 

La edad de los por qué y sus adquisiciones

En el artículo anterior intentamos caracterizar el período de la primera infancia entre los 3 a 6 años, y habíamos llamado al pequeño comprendido en este, el insaciable preguntón, debido a su descubrimiento de una realidad exterior, independiente de él, y a la que debe tener en cuenta para conseguir sus fines

 

Aunque es importante que los padres sepan cómo es el niño y cómo tratarle para evitar errores futuros, lo que realmente mejora su desarrollo y personalidad, es el tipo de relación en la que sus padres le ofrecen seguridad afectiva, además de posibilidades de ganar autonomía e independencia. Pero veamos las principales adquisiciones del pequeño en esta etapa.

Inteligencia representativa

En el artículo anterior comentamos que en este período el niño pasa de una inteligencia sensomotriz o práctica (donde resolvía problemas a través de la constante experimentación con los objetos) a la inteligencia representativa o imaginativa. Este es un paso de gigante que le permite interiorizar su experiencia con lo que no tiene que experimentar en la práctica sino que con imágenes, resuelve mentalmente los problemas que su actividad y su relación con los objetos le pueda plantear.

También, en esta nueva etapa, el lenguaje va a desempeñar un papel importante, al ser este una representación de la realidad; por lo tanto, la capacidad que el niño tenga para representarse y comprender el mundo que le rodea, depende de su capacidad de comprensión y de expresión del lenguaje. El pensamiento del niño se asienta cada vez más en ese sistema ordenado que es el lenguaje hablado; gana coherencia, claridad y comunicabilidad. Sabe observar mejor que antes la realidad concreta, crece su experiencia, recuerda mejor las situaciones pasadas y puede sorprendernos con sus razonamientos.

Lógicamente, la inteligencia representativa lleva aparejado el desarrollo de la memoria, en la que queda grabada su propia experiencia: la puede recordar, representarla en su mente y volverla a aplicar.

Pero la inteligencia representativa tiene sus propias limitaciones, ya que cuando el niño se encuentre con situaciones en las que necesita destacar propiedades o relaciones imposibles de representar en forma visual, es decir, mediante imágenes mentales, no puede comprenderlas, porque está muy condicionado por las percepciones más inmediatas, como carece de razonamiento lógico abstracto (más allá de lo que percibe), no sabe explicárselas.

Veamos un ejemplo en un ejercicio que realizó Piaget, conocido psicólogo dedicado al estudio de la inteligencia:

Se le presentan a un niño dos vasos iguales llenos de idéntica cantidad de líquido. Se le comenta al niño que los dos vasos contienen la misma cantidad, y el niño fácilmente lo reconoce. En los dos vasos el agua llega a la misma altura. Después se toma otro vaso alto y estrecho y delante del niño se vierte en este el líquido de otro cualquiera de los dos vasos anteriores. Como es lógico, en el vaso más estrecho el líquido alcanzará un nivel más alto. Se le pregunta entonces en cuál de los vasos habrá más agua; pues bien, el niño de seis años contesta que en el más estrecho, ya que para él la cantidad de agua va unida al nivel que alcanza en el vaso.

En el niño puede más su percepción concreta e inmediata del nivel del agua que cualquier otra consideración. No sabe sacar conclusiones del traslado de agua, ni tampoco de que una misma cantidad de líquido pueda estar en diferentes recipientes de forma distinta. Diríamos que está “pegado” a las formas, que es la percepción más inmediata que él tiene. Lo mismo le sucede si se repite el experimento con trozos iguales de diferentes formas.

La inteligencia representativa es un paso evolutivo muy importante en el desarrollo de la inteligencia del niño, y aunque tiene sus limitaciones, coloca al niño en situación de llegar al razonamiento. Cuanto más enriquezca su experiencia con actividades, explicaciones y conversaciones, se acrecienta, desarrolla y amplía su capacidad de representación y; por tanto, más preparado se encuentra hacia el siguiente paso de la evolución intelectual, la lógica.

La socialización con los iguales

La socialización es el proceso personal del niño se integra a la sociedad, asumir sus normas. Desde su tercer año pasa con rapidez las estrechas fronteras de la familia y comienza a frecuentar el trato con algunos de su misma edad, y con ellos descubre la realidad de los otros, sin apenas concederle atención alguna a sus iguales; los maneja como si se tratasen de objetos, limitándose a esforzarse por apropiarse de sus juguetes.
Hacia los tres años aparecen dos indicios claros que revelan un cambio en la actitud infantil:

Por una parte, es capaz de explicar a sus amiguitos lo que se propone hacer. Esto no constituye una colaboración, pero representa una “toma de consideración del compañero”.

Por otra, aparecen las rivalidades entre niños, se ocupa de lo que hace su compañero hasta el punto de descuidar considerablemente su propia actividad y sus realizaciones.
El niño empieza a darse cuenta de que el compañero desea participar, pero se confunde con él, le atribuye sus propios deseos e interpreta egocéntricamente sus intentos, lo que impide toda coordinación de esfuerzos y acarrea inevitables conflictos.

A partir de los cuatro años la competición se hace más objetiva. La cooperación sigue siendo rudimentaria en este nivel. Predominan entre los cuatro y los seis años los comportamientos de pseudos cooperación, que corresponden más a una actividad paralela y simultánea que a una verdadera cooperación; y en él desempeña un papel importante la terquedad. Pero a partir de los cinco, los deseos de los compañeros comienzan a ser tenidos en cuenta. El juego es colectivo y cada uno debe desempeñar su papel. “Tu serás mamá y yo papá”. Si no lo cumple, el juego se pierde en la confusión, originando disputas.

Aparece una primera regla de juego. La imitación se hace más realista. También el material de juego se hace más concreto: carritos, muñecas, armas, utensilios.

Ese realismo creciente de la imitación y del material constituye el mejor medio de hacerse comprender por sus compañeros.

El vocabulario del niño aumenta de mil a dos mil palabras entre los tres y los cinco años, con lo que el intercambio verbal mejora de modo constante. En resumen, puede decirse que en este período pasa de la actividad de “cada uno para sí”; o, de espectador que se identifica con la actividad de los otros, a formas de actividad paralela, en las que pueden dibujarse los primeros trabajos de colaboración, aunque esporádicos y limitados.

Están a la orden del día las disputas y los conflictos. Estos son frecuentes, pero breves y tiende a disminuir con la edad, aunque aumenta su duración.

De las diversas investigaciones resulta que los niños pelean más que las niñas; y los compañeros habituales más que los ocasionales. Los intercambios sociales serán tanto más fructíferos cuanto menos numerosos sean los participantes; el grupo ideal es de tres a cuatro niños.

La socialización del niño encuentra su mejor ámbito en el Círculo Infantil; y algunos investigadores revelan la indiscutible superioridad (desde el punto de vista de independencia, confianza en sí mismo, adaptabilidad social y curiosidad intelectual) de los que frecuentan el Círculo, ventajas que se conservan varios años después de haber salido de él.

Sin embargo, es necesario que esta experiencia no sea prematura, que sus comienzos sean graduales, continuando la madre como personaje principal en esta edad; además de que tenga unos buenos educadores en el Círculo, conscientes de las necesidades afectivas y de los conflictos normales en esta edad.

La adaptación a este nuevo marco no es siempre cómoda y no está determinada solamente por la personalidad de los educadores; las actitudes de los padres y las formas de disciplina familiar a la que el niño se ve sometido, desempeñan un papel esencial. Para la mayoría de ellos, desde los tres años, un buen Círculo Infantil, ofrece posibilidades de experimentación social e intelectual que la familia, generalmente, no está en condiciones de proporcionarle.

No obstante, es necesario recordar que el nudo de la vida infantil a esa edad es de orden afectivo y familiar; y si el niño se beneficia mucho de las actividades ordenadas en contacto con otros, su personalidad naciente también necesita de soledad y tranquilidad, actividad autónoma, “manipulando” en su rincón “para él”, con sus tesoros personales, donde hace sus descubrimientos más importantes y aprende a actuar sin que su conducta esté siempre motivada o influida por otros.

Hasta aquí hemos tratado de describir dos aspectos fundamentales del desarrollo del niño, comprendido entre los tres y seis años, los que se pudiesen resumir; primero, sus nuevas adquisiciones que le ayudan a descubrirse y a descubrir el mundo; y una segunda, que consiste en su necesidad de adaptarse al medio que lo rodea y a las exigencias que este le hace. ¡Hasta la próxima!

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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