Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2012

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El pasado año monseñor Fernando de la Vega partió hacia la Casa del Padre. Asesor eclesial de Amor y Vida, nos había dejado, con su habitual y generosa preocupación por la revista, sus próximos textos, que, como prometimos en el número anterior, continuaremos publicando.

 

Bajo el mismo techo

Por MONSEÑOR FERNANDO DE LA VEGA

 

La discusión de si un padre que envejece, o que se ha quedado viudo, debe instalarse en la casa de un hijo casado, es un problema que no es nuevo después que aquellas familias patriarcales desaparecieron.

Aunque las causas y consecuencias puedan ser distintas a las de hace cincuenta años, el análisis debe comenzarse con dos preguntas claves: ¿No hay otra alternativa? ¿Eso es lo que desean ambas partes, es decir, padres e hijos?

El cambio de hogar a veces no es lo ideal por múltiples razones, para las personas de la tercera edad: los viejos se levantan tarde y se acuestan temprano y los hijos a la inversa; la casa es demasiado pequeña para acomodar a una persona más; se pierde la intimidad en la familia joven, cada generación tiene sus gustos, etc.

No es tan excepcional que padres e hijos se comprenden mejor cuando tienen un poco de espacio físico y emocional de por medio. Vivir bajo el mismo techo puede revivir antiguos problemas y actitudes que nadie desea, y que deben evitarse.

Es muy aconsejable la honestidad desde el principio, por eso hay que preguntarse ¿Por qué voy a hacerlo? ¿Por una obligación o por que deseo hacerlo? Porque cuando comience la rutina diaria de seguro se producirán roces, y entonces, es necesario tener una muy buena razón para haberlo hecho.
De todos modos, antes de dar un paso en cualquier dirección, es necesario sentarse y poner sobre el tapete algunas reflexiones. Cambiarse de casa para vivir juntos puede ser tan estresante para el papá como para los hijos. La persona mayor, papá o mamá o ambos, pueden estar tristes porque perdieron su casa y con ella, su propia manera de vivir y su privacidad. Los mayores habrán tenido que decir adiós a sus vecinos, sus amistades, quizás a su comunidad y también a su estilo de vida y a sus gustos.
A los jóvenes también les puede afectar. Es difícil ver como se deteriora la salud de un padre o una madre; es difícil renunciar a la privacidad y pedir a su cónyuge y a sus hijos que hagan lo mismo porque el abuelo, la abuela o ambos, van a vivir con ellos.

Pero si no hay otra alternativa, debemos dejar que los mayores determinen lo que se llevarán de su casa, quizás sean cosas que los jóvenes les parezcan insignificantes, que desentonan o hasta que son inútiles. Hay que tratar de ser respetuosos con los mayores, pues conservan objetos que a los jóvenes no les dicen nada pero que para ellos, están cargados de recuerdos.

Hay otro aspecto que también es importante. Al abuelo o la abuela, le gustará probablemente hacer algunas tareas en la casa, de modo que sientan menos que pueden ser una carga y se vean a sí mismos como colaboradores de la familia; quizás puedan ayudar a los nietos con las tareas escolares, o quedarse cuidándolos mientras la pareja joven sale a una fiesta. Esto ayudará a todos a pensar que hogar es más que sólo una casa y que una familia, es mucho más que un grupo de personas viviendo bajo el mismo techo.

Cada miembro de la familia tiene derecho a vivir en un ambiente de amor, de paz y de armonía, unos porque están al final del camino y otros porque lo están comenzando, y todo ello sin ignorar las diferencias intergeneracionales. Esa es la meta que hay que lograr y que no es fácil, si no queda otra alternativa que convivir dos o tres generaciones juntas. Tampoco es imposible si cada uno hace pequeñas concesiones a favor de los demás para mantener la paz y el equilibrio en el hogar.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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