Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2010

Resolución 1024 X 768


Como dice la zarzuela

 

Yo soy Cecilia Valdés
Por MARÍA DEL CARMEN MUZIO

Aunque sea de manera referencial y no el propósito de su obra, muchos escritores relatan, en ocasiones, aspectos interesantes de lo que han sido las familias en distintas épocas.

Lo anterior ocurre en cualquier literatura, pero en el caso específico de la cubana, casualmente o gracias al genio creador de sus autores, donde mejor reflejada aparece la familia es en dos novelas que constituyen pilares de nuestra literatura. Del siglo XIX está la archiconocida Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, y del XX, Paradiso, de José Lezama Lima.

Hay otras en las que también se ofrecen rasgos que sirven para el estudio de este aspecto, pero me detendré, por el momento, en esas dos. Por razones de espacio y de tiempo, además de no cansar a los lectores, abordaré la primera mencionada, y prometo que es mi intención escribir también sobre la segunda.

Algunos consideran que conocen la novela Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. La han oído mencionar innumerables veces, han visto versiones televisivas, han escuchado la conocida zarzuela, con música del maestro Gonzalo Roig, o la han leído fragmentariamente por estudios secundarios, pero no todos se acercan al libro en su total amplitud. Y resulta importante hacerlo porque esta novela refleja, como ninguna otra de su época, la variedad social que existía en la Cuba de la primera mitad del siglo XIX, además de mostrar la conformación de la familia en esa centuria en nuestro país.

No por gusto su autor la tituló Cecilia Valdés o La Loma del Ángel; en ella aparece representada la amplia gama de clases sociales de su época. La mayoría de las personas recuerda solamente la trama incestuosa entre Leonardo y Cecilia, quienes ignoran la mezcla de sangre, o los triángulos amorosos. En realidad, nada de ello es lo más importante en la novela.

Villaverde, con su magistral pluma para representar las características y costumbres, ofrece una visión global de la sociedad y, aunque no es su propósito, de manera tangencial caracteriza a la familia cubana en el siglo XIX.
Como es conocido, nuestras familias se originaron, fundamentalmente, de los matrimonios entre peninsulares y criollas. Así aparece en el enlace de don Cándido Gamboa con doña Rosa Sandoval, entre cuyos hijos se cuenta Leonardo. De la relación extramatrimonial de don Cándido con la mestiza Rosario Alarcón nace Cecilia, “casi blanca”.

Es conveniente detenernos en la caracterización de estos personajes contrapuestos con referencia al hijo; mientras la madre le tolera y lo apaña en sus excesos, el padre representa la figura del español de oscura estirpe, pero enriquecido, quien resulta refractario a tales excesos del “niño consentido” por la madre.

La estructura de los matrimonios entre esclavos aparece en los personajes de la infeliz María de Regla con Dionisio, el cocinero. A través de ellos, el autor nos muestra la esclavitud doméstica, la más llevadera si la comparamos con la que afrontan los esclavos de plantación. Además, está la clase de los mulatos libres con diferentes oficios, entre ellos el sastre, y también músico, José Dolores Pimienta.

La otra familia que aparece, aunque pálidamente, es la de Isabel Ilincheta, joven que, a pesar de su consentimiento en lo tocante al matrimonio concertado con Leonardo, no deja en ocasiones de estar en desacuerdo con él, sobre todo en el tratamiento a los esclavos.

Leonardo es voluble y caprichoso, maltrata a los negros sin consideración, mientras que Cecilia, aunque ama sinceramente a este, aspira a un matrimonio que la eleve dentro del status social entonces existente.

Aunque el novelista no hubiera matizado la historia romántica con el hecho de que sean hermanos, Leonardo jamás se hubiera casado con Cecilia, fruto de relaciones ilegítimas. Para ello estaba Isabel, de familia adinerada, cuyo padre, don Tomás Ilincheta, es propietario de un cafetal. Don Cándido, dueño de un ingenio, aspira, por otra parte, a un título nobiliario que espera le llegue pronto de ultramar.

La relación de amor entre hermanos ya había aparecido en nuestra literatura en 1838 con la novela Petrona y Rosalía, de Félix Tanco, la cual circuló manuscrita y no se publicó hasta 1925. Si en ésta los esclavos hablan mediante un lenguaje falso, presenta el mérito no sólo de haber sido la primera novela antiesclavista, sino de mostrar una horrenda escena de maltrato a los esclavos.

El rasgo distintivo de Villaverde radica en no concretarse únicamente en la relación amorosa, sino en ofrecer una visión de conjunto de aquellos años coloniales con la adecuada caracterización de los personajes según sus clases, desde los más encumbrados hasta los de estratos más bajos.

 

Cal y arena

No hay un criterio unánime (inevitable en toda obra humana) en relación con la calidad literaria de Cecilia Valdés. Para el reconocido crítico argentino Enrique Anderson Imbert, por ejemplo, se trata de una “novela folletinesca de burda trama”.

Sin embargo, maestros de la crítica, como José Martí y Enrique José Varona, se refieren a ella con documentados elogios. De “novela inolvidable, triste y deleitosa”, la calificó el Apóstol de nuestra independencia. Varona, por su parte, sentenció que “Cecilia Valdés es la historia social de Cuba”.
“... la mejor novela que, sobre tema cubano, se ha escrito en nuestro país”. Así lo expresó, en pleno siglo XX, la doctora Anita Arroyo durante una disertación que ofreciera, en 1952, en la Universidad del Aire del Circuito CMQ.

 

Rauda visión del autor

Cirilo Villaverde (1812-1894) se dedicó al periodismo literario y a la enseñanza antes de verse forzado a tomar el camino del destierro, en 1848, por sus actividades conspirativas contra el dominio colonial de España. Al arribar a la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos, se dedica a la ejecución de proyectos insurreccionales que lo llevan, entre otras tareas, a desempeñarse como secretario del general Narciso López, hombre controversial que encabezó dos expediciones armadas a Cuba para desgajarla de la metrópoli hispana.

Como otros cubanos de su época, en un momento determinado abraza el anexionismo. En ese sentido, el crítico Raimundo Lazo sostiene que Villaverde “en la busca desesperada del medio para acabar con la dominación española, no dudó en apelar a la posible anexión a los Estados Unidos de Norteamérica, cuya democracia en aquel tiempo consideraba como régimen preferible al que España imponía a Cuba”.

Salvo dos estancias en la tierra que lo vio nacer, el resto de su existencia transcurrió en territorio estadounidense donde falleció el 24 de octubre de 1894. Casado con la dama cubana Emilia Casanova, constituyeron un matrimonio que sirvió generosamente a la causa de la independencia de Cuba.

Otras novelas escritas por Villaverde son La joven de la flecha de oro, La tejedora de sombreros de yarey, La peineta calada, Dos amores y El penitente

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

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