Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2010

Resolución 1024 X 768


ESCUELA DE PADRES

 

LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

 

SEAMOS SINCEROS

En el número anterior tratamos las leyes que rigen el aprendizaje del comportamiento. Éste y el desarrollo no son aspectos independientes; cuando se educa correctamente se facilita en el niño aquellas conductas que mejor favorecerán su desarrollo psicofísico, su equilibrio y su salud. Es por ello que en este trabajo profundizaremos en el importante aspecto de la educación de los hijos.

Podemos decir que la conducta es la cara visible de la persona, pues ella nos indica, en alguna medida, qué está ocurriendo internamente. Las conductas negativas –oposición continua, irresponsabilidad, inconstancia, agresividad- nos indican a un niño que tiene un comportamiento inadaptado; vale subrayar, en ese sentido, que no se trata de reprimir al niño en la demostración de sus disgustos o desacuerdos, sino de ayudarlo a que los exprese de manera que no sean sólo una descarga o una manera de señalar su lugar en el mundo, sino como aceptación de sus sentimientos y conocimiento de sí mismo.

Se trata, a través de la educación del comportamiento, de ayudar al niño a comprender qué hay detrás de ese enojo y a reconocer la diferencia entre emociones (el enojo) y la acción (romper el juguete del hermano). Se intenta educarlo en la expresión de sus emociones y sentimientos de manera constructiva, tanto para él como para los otros. El comportamiento de los niños, por otra parte, remite a los adultos a preguntarse por su propio comportamiento. ¿Somos modelos consistentes para ellos?

El comportamiento negativista

El negativismo engloba un número de comportamientos infantiles desadaptados, que se caracterizan por el rechazo a obedecer la orden impartida. Los niños no nacen con esa conducta, sino que la adquieren.
¿Cómo surgen los comportamientos negativistas?

Los adultos (abuelos, padres, maestros…) transmiten una orden verbal al niño y éste no actúa de acuerdo con la misma. El pequeño dilata la situación, se entretiene y obtiene un beneficio. Su actitud queda reforzada por el control ejercido sobre el adulto y por la pequeña ampliación del tiempo de entretenimiento.

En otras ocasiones, el niño expresa de modo explícito, con mayor o menor enfado, “no quiero” o “no lo voy a hacer”. Esta conducta supone un segundo escalón y un enfrentamiento al adulto. En principio, implica que éste ha consentido muchas veces comportamientos inadecuados con actitudes demasiado tolerantes.

Otras veces el niño ni siquiera expresa verbalmente lo que siente, quizá ni tan siquiera lo piensa de modo formal, pero, al igual que en los casos anteriores, no ejecuta aquello que se le demanda.

En cualquiera de estos casos, no se trata de que el niño no pueda o no sepa realizar la tarea encomendada, es cuestión de que no quiere desempeñarla, o como mínimo, no está dispuesto a ello en el momento en que se le pide.

El niño, al igual que sucede con otras conductas desadaptadas, ha aprendido a comportarse así, y su “desobediencia” entra a formar parte de sus hábitos y rutinas diarias. Si no obedece a la primera vez es porque esta conducta no ha sido convenientemente gratificada o establecida claramente y, por el contrario, sí lo ha sido la conducta del “no quiero”, de la cual siempre obtiene un pequeño beneficio.

Al intentar modificar las conductas desadaptado, en especial la negativista, tenemos que tener en cuenta varios principios:

Al pedirle al niño que haga algo tenemos que estar seguros de que nos atiende. No es adecuado, al respecto, que el niño esté mirando la televisión.

Las órdenes deben ser claras, precisas, sin ambigüedades y fáciles de cumplir por el niño. Este debe entender lo que el adulto espera que él haga.

Sólo pueden exigirse al niño determinadas conductas cuando se tiene la seguridad de que posee las habilidades previas para ello: comprensión, conceptualización…

No es aconsejable inicialmente pedir varias cosas a la vez. Es mejor esperar a que se haya realizado la primera tarea antes de demandar la siguiente.

La responsabilidad

Este concepto suele ser uno de los ideales de los padres. Sin embargo, no resulta tan claro qué significa la responsabilidad; parece que cada cual tiene una idea al respecto, y procura adecuar el fin y los medios a su idea de lo que implica un “niño responsable”.

La responsabilidad incluye tres aspectos básicos:

.-Conocer la tarea que debe realizar (propuesta).
.-Conocer las consecuencias, positivas y negativas, de hacerlo o no hacerlo (reflexión).
.-Elegir asumiendo estas consecuencias (respuesta).

Ser responsable supone valorar una situación a partir de la experiencia y los intereses propios. Esto hace al niño más racional, más crítico; le enseña a depender de sí mismo y lo prepara para un futuro en el cual será él mismo quien se enfrente a los problemas y las obligaciones de la vida cotidiana.

Un niño es responsable cuando:
.-Es capaz de escoger entre diferentes alternativas y puede tomar decisiones distintas al resto del grupo en el que se encuentra (familiar, amigos…)
´.-Tiene distintos objetivos e intereses que atraigan su atención, enfrentándose a ellos durante un cierto tiempo, sin frustrarse enseguida.
.-Lleva a cabo lo que piensa realizar; reconoce sus errores e intenta solucionarlos y respeta los límites impuestos por los padres sin discusiones gratuitas.
.-Puede jugar y trabajar él solo sin sentirse angustiado por ello.

En todos estos aspectos debemos destacar siempre el acompañamiento por parte de los adultos, para ayudar al menor a reflexionar sobre los fracasos y éxitos.

Mediante el juego, el niño puede aprender tareas; se trata de una especie de banco experimental con tres características útiles:
.-Permite comenzar el aprendizaje de la responsabilidad desde que el niño empieza a andar, manipular objetos y entender pequeñas órdenes.
.-Contribuye a que el niño aprenda poco a poco a enfrentar tareas cada vez más complejas.
.-Le permite al padre-educador entrar en contacto con el menor para conocer sus intereses, limitaciones y recursos.

A todos los niños les gusta jugar. Esto permite actuar de dos maneras:
.-Utilizar el juego con tareas, normas y consecuencias cada vez más complejas.
.-Plantear las obligaciones como simples tareas de un juego. Luego, poco a poco, podemos reducir el enfoque de juego para proporcionarle el de la responsabilidad.

Para finalizar, es importante recordar que los niños aprenden de lo que se les dice, de lo que se hace, pero, sobre todo, de lo que se es. En caso de incoherencias de los educadores, prevalece la vida por encima de las palabras y de los hechos aislados.

Por tanto, si se habla a los hijos del sentido de la responsabilidad, pero ven cómo el padre no acude al trabajo con una disculpa; si se les inculca de palabra el valor de la verdad, pero se miente ante la menor oportunidad; si se habla de respeto, pero abundan los conflictos entre los padres se les está enseñando a ser irresponsables, embusteros e irrespetuosos.

Si se desea evitar un determinado comportamiento, lo más razonable es cambiar uno mismo o, al menos, si el niño tiene edad suficiente, reconocer ante él lo incorrecto de la actuación y el esfuerzo que se hace para corregirla. Los niños aprenden en lo esencial por lo que habitualmente se hace a su alrededor y, sobre todo, aprenden observando cómo son sus padres.

En el próximo número abordaremos el problema de la desobediencia en los niños.

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldich
EDITOR: Andrés Rodríguez
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