Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2010

Resolución 1024 X 768

 


Hablar de Dios, primera misión de la Iglesia
Por MONSEÑOR ANTONIO F. RODRÍGUEZ DÍAZ

 

Escojo este título debido a las confusiones que existen respecto a la naturaleza de la Iglesia, las cuales oscurecen su misión, además de crear prejuicios hacia ella.

Cuando los miembros de la Iglesia tienen concepciones falsas acerca de ella, viven mal su eclesialidad. Esta puede ser la situación de muchos católicos cubanos que, por su condición de conversos después de 1991, no han madurado lo suficiente en su vida eclesial, un proceso de maduración permanente que, como otros aspectos de la vida de fe, termina un momento antes de nuestra muerte.

La Iglesia no es únicamente una comunidad de culto. Existe el criterio de que la Iglesia es un grupo de personas que se reúnen para orar a Dios, cantarle y escuchar su Palabra. Tal comprensión es fatal por ser reductiva, ya que Iglesia, además de ser una comunidad cultual, es también una comunidad profética y caritativa.

También es fatal porque pudiera provocar la separación entre culto y ética, lo cual significa que un cristiano podría cumplir muy bien con sus oraciones y participación en el culto y, por otra parte, tener un comportamiento moral que no se corresponde con lo que dice creer y celebrar en dicho culto. El cristiano no puede ser sólo un creyente cultual.

Tampoco la Iglesia es una comunidad exclusivamente predicadora de la Palabra de Dios, con el fin de aumentar el número de sus prosélitos. Esto poco la diferencia de una escuela filosófica o de un partido político. En ese caso, la pertenencia a la Iglesia se vive como una ideología que puede conducir al fanatismo y al sectarismo religioso, que no tienen nada que ver con la religión fundada por Jesucristo, que por esencia es universal, dialogante y llamada a alegrarse con todo lo bueno que se da en las personas e instituciones que existen fuera de ella. Sólo de esta manera la predicación de la palabra de Dios puede llamarse profética.

Cuando la Biblia es interpretada de modo literal y vivida con carácter fundamentalista, no podemos hablar de profecía y de fe auténticas, pues éstas han devenido una ideología fanática. Así se piensa que se puede imponer a los demás su concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana.

La Iglesia no es una comunidad exclusivamente de beneficencia. No se puede reducir su quehacer al trabajo de asilos, hospitales, guarderías, atención a los presos, madres solteras, pobres… Esta es la llamada caridad asistencial que no agota toda la obra caritativa de la Iglesia, la cual no se encuentra sólo en las acciones asistenciales que realiza, sino en vivir y expresar en el mundo la caridad de Cristo.

La Iglesia no es una comunidad de ayuda mutua, una institución fraternal, un club donde venimos a pasar nuestros ratos de esparcimiento alejados de los problemas de la vida, como si fuera el calmante que propicia la evasión de los problemas. Todo lo contrario, en ella encontramos la gracia de Dios, que es la fuerza que nace de lo alto para enfrentarnos a los conflictos de la vida y tratar de solucionarlos, como Jesucristo lo hizo.

La Iglesia no es un partido político; en consecuencia, su misión no es de carácter partidista. La Constitución Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, en su número 42 nos dice que “la misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden económico, político o social. El fin que se le asignó es de orden religioso”. Lo primero que tiene que anunciar la Iglesia es a Dios. De la fe y el amor a Este se derivan luces, funciones y energías para que el orden socio-político sea justo. Está errado el creyente que quiera convertir a la Iglesia en un partido político, relegando a un segundo plano la predicación de Dios. En un mundo en el que se habla poco o nada de Dios, la misión primerísima de la Iglesia es hablar de Él.

Entonces, ¿qué es la Iglesia?

Se trata de la comunidad de los que, en nombre del Resucitado y bajo la acción del Espíritu Santo, están llamados a construir el Reino de Dios AQUÍ. El culto, la profecía y la caridad deben expresar la construcción del Reino, el cual libera a la comunidad eclesial de tributar un falso culto a Dios, de convertir la profecía (la predicación de la Palabra de Dios) en ideología sectaria y fanática, y de transformar a la Iglesia en una asociación de beneficencia interesada o en un club de esparcimiento. Jesús fundó la Iglesia para construir el Reino de Dios en este mundo.

La edificación del Reino de Dios entre nosotros coloca a la Iglesia en una situación de distanciamiento, contraposición y ruptura con el mundo que la circunda, porque los valores espirituales y morales del Reino de Dios son diferentes muchas veces a los del mundo. Los valores del Reino de Dios ofrecen a la Iglesia su identificación propia, que la distinguen y la colocan en lo alto del monte (Mt 5, 13-16), a fin de iluminar la oscuridad de las personas que, por no vivir en la Iglesia, profesan valores opuestos a ella.

Un elemento esencial de la construcción del Reino de Dios en este mundo, por parte de la Iglesia, es el anuncio de la esperanza; cuando hablo de ESPERANZA con letras mayúsculas me refiero a la que Cristo predicó, la cual comienza a realizarse después de nuestra muerte cuando, ante la presencia de Dios, se haga el juicio particular y el dictamen de este sea favorable al gozo eterno de la otra vida, en la cual no existe ni un ápice de sufrimiento, llanto y falta de amor.

Después, cuando Cristo vuelva a este mundo por segunda vez, resuciten los muertos y se inauguren los cielos y la tierra nuevos, entonces la ESPERANZA predicada por la Iglesia se habrá hecho realidad plena y definitiva.
La Iglesia no sólo predica la fe y el amor; para que su mensaje ayude a realizar completamente a todo hombre que ha venido a este mundo, anuncia también la ESPERANZA; de ahí que podamos decir con San Pablo: Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados. (2 Corintios 4, 8-9).

La Iglesia de Jesús está llamada a ser una realidad diferente que ilumina, precisamente porque presenta un conjunto de valores distintos, organizados en una escala propia en cuya cima está el amor a Dios y al prójimo hasta el grado del sacrificio. Estos dos valores supremos tienen que concentrarse en otros valores, como son la fidelidad conyugal, la defensa de la vida no nacida, la honradez, la honestidad, la castidad entre los novios. Los miembros de la Iglesia deben esforzarse en vivir estos valores para así invitar a la conversión a los que no pertenecen a ella. Un convertido significa la incorporación de esa persona al proyecto de la construcción del Reino de Dios entre nosotros.

La Iglesia debe construir el Reino de Dios dentro y fuera de ella. Si sólo lo construye dentro de ella, entonces se convierte en una secta. Cuando la Iglesia realiza la caridad fuera de ella no puede hacerla con la intención de ganar adeptos. Esto es un pecado. La caridad se le brinda al que está necesitado y no sólo a los católicos. Entre un católico necesitado y un no católico más necesitado, la caridad asistencial, si solamente puede hacerse a una sola persona, ha de ser para este último, puesto que el criterio no es la pertenencia a la Iglesia (si fuera así, seríamos sectarios), sino la necesidad de la persona. De igual forma, la predicación de la Iglesia (profecía) no es para captar prosélitos, sino para que la otra persona, al recibir la Palabra de Dios, se convierta y halle la felicidad.

Los criterios interesados no son valores del Reino de Dios y, por consiguiente, no deben formar parte de la acción de la Iglesia, ni siquiera en aspectos tan santos como la predicación de la Palabra de Dios y el hacer la caridad al necesitado. A ninguna persona que le hacemos la caridad se le debe pedir a cambio que asista al templo, pues la estaríamos utilizando y no tratándola como persona que es. Siempre se debe dar a cambio de no recibir nada.

Los sacerdotes, religiosos, catequistas y laicos dedicados a las diversas ramas de la pastoral de la Iglesia deben preguntarse siempre qué tipo de Iglesia estamos construyendo, o lo que es lo mismo, qué tipo de cristianos debemos formar. En resumen, ¿están dirigidos nuestros esfuerzos a formar cristianos comprometidos en la construcción del Reino de Dios en Cuba? ¿Por qué, no pocas veces, nuestros esfuerzos pastorales no logran cristianos comprometidos en la construcción del Reino de Dios entre nosotros?

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldich
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