Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2010

Resolución 1024 X 768


Itinerario matrimonial (2da y última parte)

 

Las crisis conyugales
Por MONSEÑOR FERNANDO DE LA VEGA

Al pasar de la etapa de la confluencia a la de la convergencia, la crisis matrimonial no conduce generalmente a la disolución de la pareja por la necesidad de atender las tareas que impone la incipiente unidad familiar, las cuales son inaplazables y deben acometerse prioritariamente.

En las parejas que no consideran el matrimonio como un modus vivendi, sino como una forma de legitimar ante la sociedad el vivir juntos, ese sí es el momento de la crisis severa. Día a día se hace frecuente, entre parejas relativamente jóvenes –menos de 10 años de casados- o bien cuando termina la etapa de confluencia, el escucharles decir: “Se nos acabó el amor”.

Llega el momento, en todo matrimonio, que cada cual descubre en su interior la soledad, el distanciamiento del cónyuge, la perplejidad frente al otro que ha evolucionado y a quien ya casi no conoce, o al menos no reconoce. Aumenta entonces la soledad y la añoranza por vínculos afectivos gratificantes, como aquel que, en días ya lejanos, disfrutaron como pareja.

Se presenta entonces el ansia de refugiarse en una nueva confluencia, es decir, en una nueva relación con otro o con otra, que le brinde las satisfacciones propias del enamoramiento, imposibles ya de conseguir con la pareja actual. Por eso son comunes las infidelidades y las separaciones que, con mucha frecuencia, se tornan definitivas.
Sin considerar los matices, hay tres factores que contribuyen a la manifestación de la crisis con efectos devastadores: la ignorancia, la negación y el hecho de considerar el matrimonio como una meta ya alcanzada.
Con respecto a la primera está demostrado, por su incidencia en los casos de divorcio civil o de solicitud de nulidad en el caso de matrimonios eclesiásticos, que muchas parejas no tienen idea de cómo se va transformando su relación. Es decir, desconocen que el matrimonio tiene un desenvolvimiento dinámico y que no es una meta que, una vez lograda, no hay más alternativa que disfrutarla.

En su mayoría, los textos populares acerca del matrimonio han desatendido este aspecto, concentrándose en técnicas o recetas para corregir problemas y mejorar la relación. Incluso la preparación formal que se da a las parejas, antes de recibir el sacramento, apenas en muchos casos roza el asunto, pues no se insiste suficientemente en que el matrimonio es un proceso y no un fin.

Los esposos se llenan de temor al advertir que “se les acabó el amor” y generalmente cada uno echa al otro la culpa, acusándolo de egoísta, falto de interés en la relación o porque quiere imponer su voluntad. Ambos suelen desconcertarse frente a la más leve atracción hacia una tercera persona, muchas veces un compañero o una compañera de trabajo con quienes convive la mayor parte del día.

En esos casos no saben qué hacer ni cómo interpretar ese hecho, lo que provoca más desasosiego y angustia. Lo más grave es que se puede llegar a tal punto de desconcierto y desilusión que, después de múltiples conflictos, llegan a la conclusión de que son incompatibles. En ese momento, está todo listo para disolver la unión. Con mayor conocimiento del proceso que vive la pareja en el matrimonio, sus integrantes podrán evitar los peligros y sufrimientos que conlleva una separación matrimonial, especialmente cuando hay hijos.
En nuestro afán por evitar el dolor y la angustia, los seres humanos utilizamos lo que se conoce como mecanismos de defensa, es decir, sistemas que aplicamos de forma consciente cuando necesitamos evitar o rebajar la ansiedad o descargar ciertas energías en forma segura. Tal es el caso de quien en una discusión golpea la mesa o patea una puerta cuando –de hecho- lo que desea es golpear al contrincante.

Uno de esos mecanismos de defensa es la negación. Cuando la persona comienza a sentir la presencia de una realidad amenazante que le causa dolor, inseguridad o angustia, se da una reacción automática que lo lleva a pensar y actuar como si esa realidad no existiera.

En la relación de pareja, la aplicación del mecanismo de la negación sigue al de la ignorancia. Entonces, para uno o para ambos, se empieza a dibujar una realidad amenazadora y, como defensa contra lo devastador que puede ser el resultado, inconscientemente recurren al mecanismo de la negación, y en el fondo del pensamiento se razona así: Si no se registra la realidad que comienza a insinuarse, si no se hace consciente, tampoco se darán las consecuencias, o sea, la angustia, el dolor y el temor que podrían desencadenar.

El efecto de la negación es aún más pernicioso que el de la ignorancia, porque los cónyuges terminan por convencerse de que todo va bien. Si sólo uno de ellos se protege con este mecanismo, la frustración del otro echará más leña al fuego de una desavenencia.

El resultado final será que los problemas sin resolver crecen en número e intensidad, hasta que irrumpen con tal violencia que la débil estructura de la pareja no lo puede soportar. Sin embargo, en sentido opuesto, el conocimiento del proceso proporcionará a la pareja abocada a una crisis la posibilidad de captar, en su verdadera dimensión, lo que a simple vista parece aplastante y sin otra salida que la separación.

Un fin siempre es algo preestablecido, fijo, un punto hacia el cual se tiende. Cuando equivocadamente convertimos la relación de pareja, que como tal es una relación-proceso en una relación-fin, ciertamente la estamos distorsionando, y el resultado será la frustración por la contradicción interna. Una relación así es muy vulnerable y carece de solidez y estabilidad, impidiendo a la pareja madurar.

La relación como un fin en sí misma puede presentarse de tres formas diferentes. La primera de ellas es colocando la responsabilidad de mi felicidad fuera de mí. Esto se manifiesta cuando uno de los dos se expresa más o menos así: “Esta relación me brinda la felicidad que busco”. Es decir, yo no soy responsable de lograr mi felicidad, eso le corresponde a la relación con mi cónyuge, que es como haber encontrado un tesoro.

Otra forma sería la de quien dice: “Tú eres la razón de mi existencia, mi alegría, mi vida misma. En ti he puesto todas mis ilusiones. Cuando me faltas, siento que me anulo. Tus reacciones imprevisibles me angustian y me llenan de temor”. Aquí también evado mi responsabilidad y la descargo sobre mi cónyuge. Una relación con tales características está destinada al fracaso total.

Una tercera y última forma sería la de aquellos que dicen a su cónyuge: “Yo tengo como fin hacerte feliz y haré todo lo posible por olvidarme de mí para amoldarme a ti. Además, quiero que en mí encuentres tu seguridad, tu estabilidad, por eso me esforzaré por disimular mi inseguridad, porque si permito que descubras esa falta en mí, puedes dejar de confiar”.

Quien adopta semejante posición se está echando encima tremenda carga y asentando su relación no sólo en algo muy vulnerable, sino muy difícil de no ser descubierto por la otra parte, a lo que seguirá la decepción.
Al contrario de lo que ocurre en la relación como fin, en la vivida como un proceso se respeta la realidad de la pareja y se tiene en cuenta que la felicidad no reside ni en la relación ni en ninguno de los miembros que la integran. En este tipo de relación, cada cual puede permitirse ser imperfecto y confesar al otro esa imperfección, no con vergüenza, sino con la convicción de que por su naturaleza humana está inclinado a fallar y a necesitar de los demás.

De la unión de los dos en una pareja resulta una mayor felicidad para cada uno, no porque encuentre en el otro o en la relación la meta anhelada, sino porque ambos se han comprometido en el proceso de la relación mediante el respeto y el apoyo mutuos.

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

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