Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2010

Resolución 1024 X 768


M E D IT E M O S

EL AMOR,

única razón para casarse

Resulta importante, en el terreno humano, desarrollar nuestras capacidades, hacer lo que hacemos del mejor modo posible y cumplir las responsabilidades cívicas con la sociedad. Pero para poder ser así, necesitamos haber aprobado la primera escuela de la vida, la familia.

Porque uno de los mayores desafíos para el hombre de hoy, y especialmente para el cristiano, consiste en salvar el matrimonio y la familia. En el Génesis encontramos que Dios establece el matrimonio y la familia como medios para poblar el mundo y sentar las bases de la sociedad; por eso nos creó hombre y mujer a su imagen y semejanza, diferentes y complementarios, y nos colocó una atracción mutua: el amor.

Desde entonces han transcurrido muchos años; la población de la tierra aumentó y aparecieron la violencia, el poder y el egoísmo del hombre rebajando a la mujer a la condición de animal de trabajo e instrumento de placer.
Viene Cristo, el gran liberador, a rescatar al mundo de la opresión y de la injusticia. Más tarde, en su predicación, se preocupa por devolver a la mujer su dignidad, restaura el amor nupcial y eleva la unión del hombre y la mujer a la categoría de sacramento, es decir, de algo sagrado y no un mero contrato.

De Cristo a la fecha -dos mil años- cuántos cambios ha experimentado el matrimonio hasta llegar a la crisis que vive hoy. Los escritos más recientes de la Iglesia lo revelan como una comunidad de amor, entrega recíproca y ayuda mutua.

Es precisamente en el seno familiar donde el niño aprende a relacionarse con sus prójimos y con los objetos materiales que lo rodean. Si la familia es cristiana, el niño aprenderá a relacionarse con Dios. De esa manera, ejercitará el amor, el perdón y el hábito de escuchar y respetar los puntos de vista de los demás.

Para que eso se logre es necesario el común acuerdo de los padres. En los últimos 30 años la situación se ha agravado en ese sentido. Existen parejas que han mejorado su situación desde el noviazgo y han tomado conciencia de la importancia del matrimonio y de la familia para la educación de los hijos.

Pero también es verdad que, para una inmensa mayoría, el matrimonio se ha convertido en la solución de muchos problemas. Si antaño había no pocos enlaces de conveniencia, en los cuales no mediaba ni el amor ni la libre elección, el fenómeno ha cambiado de razones, pero sigue presente. Cuántos se casan hoy para tener dónde vivir o para salir del país o para conseguir el carné de identidad en Ciudad de La Habana o para mejorar su status de vida, aunque en el fondo no aparezca la única razón para casarse: el amor.

Por eso apuntábamos al principio que salvar hoy día el matrimonio y la familia representa el mayor reto no sólo para el creyente, sino para cualquiera que reflexione sobre el asunto.

Pero hay más. Están aquellos que se deciden por un matrimonio a prueba: si nos va bien, seguimos; si no, no se pierde mucho; o los que fueron infieles durante el noviazgo y lo siguen siendo después del matrimonio; o aquellos que nunca han madurado como para tomar una decisión de este tipo aceptando todas sus responsabilidades y se casan con mentalidad divorcista: Si me va mal, recojo y me largo; o los que ocultan a su futura esposa o esposo su dependencia materna, su adicción al alcohol o su condición homosexual o bisexual.

¿Qué hacer entonces con el creciente número de familias desintegradas por la separación? ¿Cómo salvar a las que están mal constituidas? ¿Cómo orientar a tantas mujeres que creen haberse “liberado” desentendiéndose de los hijos, antes de que nazcan o después de nacidos, para ejercer una profesión o para superarse?

Todo lo anterior justifica el título de esta sección: Meditemos. Confiamos en que, con la ayuda de Dios y el esfuerzo de muchos, podamos lograr construir la civilización del amor, comenzando por la pareja y los hijos, es decir, por el hogar y la familia.

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Juan Pablo II

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