Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2010

Resolución 1024 X 768


ESTAMOS HECHOS PARA HABLAR

La familia tiene en sus manos la posibilidad de potenciar el desarrollo de la inteligencia, el lenguaje y la capacidad de expresión del niño. Numerosos estudios comprueban que, generalmente, las niñas son más adelantadas en el hablar.
Por ELISA GARCÍA GONZÁLEZ

La lengua es un sistema de signos que sirve para conformar el pensamiento y expresarlo. Sobresale por ser uno de los dones más extraordinarios que Dios concedió a los seres humanos, las únicas criaturas del planeta en poseerla. Estamos hechos para hablar y entender al menos una lengua y esto debido a dos áreas del cerebro especializadas en esas funciones: la de Broca y la de Wernicke, donde encontramos las herramientas genéticas para el lenguaje.

Si el hecho de poseer el lenguaje resulta extremadamente maravilloso, lo es más aún a la hora de ver su desarrollo en los niños, pues la pasmosa habilidad que estos poseen para aprender una lengua –e incluso dos o tres paralelamente- es uno de los indicadores de que disponemos de algo muy especial en nuestros cerebros a esa edad.

Numerosos estudiosos del tema, entre ellos el lingüista suizo Jean Piaget, apuntan que existen dos etapas fundamentales en el desarrollo del lenguaje en los niños: una primera llamada prelingüística o preverbal y una segunda conocida como lingüística o verbal. En cada una de ellas los infantes incorporan las características fonéticas, sintácticas y semánticas necesarias para su completa comunicación.

La etapa prelingüística transcurre durante el primer año de vida. La base de esta incipiente comunicación, en el primer trimestre, es el llanto, pues el bebé lo usa para anunciar sus necesidades a los que lo rodean, especialmente a su madre, quien es la principal receptora de su incipiente comunicación. Ella, en poco tiempo, interpretará sus diferentes matices relacionados con estados de bienestar o malestar en el bebé, y este, al percatarse de que gracias al llanto sus necesidades son satisfechas, lo usará entonces de una manera intencional.

A partir del tercer mes aparece el balbuceo o lalación, es decir, el redoblamiento de determinadas sílabas como pa…pa, ta…ta, ba…ba, entre otras, que se extiende hasta el octavo o noveno mes; por muy asombroso que parezca, cada uno de esos sonidos está cargado de una intención comunicativa.

Esta razón hace que los padres, y la familia en general, deban atender, interpretar y contestar al pequeño de una manera afectiva y también verbal, o sea, con palabras, para así propiciar y estimular su desarrollo lingüístico, pues, aunque todavía a esta edad no existe una conversación propiamente dicha, sí se comienzan ya a manejar algunos de sus principios fundamentales como el de la sucesión y la alternancia de las diferentes voces.

Así, la familia tiene en sus manos la posibilidad de potenciar el desarrollo de la inteligencia, el lenguaje y la capacidad de expresión del niño.

En los meses siguientes de este primer año de vida aumentan los sonidos vocálicos y consonánticos. Las primeras vocales que se adquieren son /a/, /e/ y /o/, las últimas, /i/ y /u/. En cuanto a las consonantes, las primeras que aparecen son la bilabiales /p/, /m/, /b/, y las últimas que se adquieren suelen ser las laterales /l/ y las vibrantes /r/. Además, surgen las primeras palabras resultantes de repetición, se desarrollan mejor los músculos del aparato fonador, aumenta el interés por imitar los sonidos y comunicarse, y con esto el aprendizaje del lenguaje.

Ya cercano a cumplir el año, el bebé debe conocer al menos tres palabras, aunque su pronunciación no sea igual a la del adulto, y es aquí, precisamente, cuando comienza la llamada etapa lingüística o verbal. El inicio de esta no es igual para cada niño; por consiguiente, suele marcarse dentro de un amplio período, es decir, entre los 12 y 18 meses de edad; numerosos estudios comprueban que, generalmente, las niñas son más adelantadas en el hablar.

A partir de las primeras palabras, el proceso se vuelve más acelerado, pues el niño pasa de esas a las frases y a las oraciones simples, ampliando cada vez más su vocabulario. De manera que entre los 18 y 24 meses de edad conoce y utiliza más de 50 palabras, las que comienzan a formar parte de combinaciones sintácticas entre sustantivo-adjetivo, sustantivo-verbo, adjetivo-verbo y adverbio-verbo.

A lo largo de su tercer año de vida adquiere un vocabulario de 300 palabras y, a partir de los tres años, este caudal asciende a más de mil palabras; asimismo, se incrementa su competencia sintáctica, es decir, el buen dominio de las reglas gramaticales de su lengua materna. Con cuatro años ya es capaz de interpretar y responder preguntas de comprensión y de evocar referentes que trascienden a su realidad inmediata debido a la capacidad simbólica del lenguaje, que es dominada perfectamente en este momento.

Entre los cinco y seis años comienza la vida escolar y, con ella, una madurez psicológica y lingüística capaz de hacer que el niño diferencie las distintas unidades lingüísticas dentro de un texto, se forme una autoimagen bien definida de sí mismo y utilice un lenguaje más abstracto.
Después de los siete u ocho años es que, para Piaget, comienza el verdadero lenguaje porque se inicia la vida social del niño, pues este busca comunicar su pensamiento y obtener, como respuesta, un cambio de conducta en su interlocutor.

Hasta aquí se han mencionado brevemente los principales estados por los que pasa un niño para la completa adquisición de su lengua materna. Sin embargo, resulta necesario mencionar algunos consejos para que este proceso se realice de la manera más óptima posible, con la ayuda de los padres, la familia o el adulto que decida en la formación del pequeño.

En las edades más tempranas conviene dar y recibir los objetos pronunciando el nombre de cada uno, para asociar el sonido con el significado y así inducir esta asociación en el cerebro del pequeño.

Se deben utilizar palabras que formen parte de la vida diaria del niño, aun antes de que este pueda comprender su sentido, pues existen padres que creen innecesario decirle algo a su hijo antes de que él pueda responder; y esto sólo retrasaría su desarrollo no solo lingüístico, sino del aprendizaje en general.

Se recomienda que los niños compartan momentos con otros pequeños, quienes pueden ser sus hermanos mayores o simplemente vecinos, para que así se sientan estimulados lingüísticamente, pues por falta de conversación en su entorno pudieran empezar a hablar mucho más tarde que otros niños de su misma edad.

Por último, tratar de corregirles los errores gramaticales que vayan cometiendo de una manera tierna y casi imperceptible para ellos; por ejemplo, si dijesen “yo hicí un círculo”, podríamos dulcemente acotar “y yo hice un cuadrado”.

En resumen, la familia cumple una función primordial en la aparición y evolución del lenguaje en esas personitas que tanto nos alegran la vida, al ser la responsable de su seguridad emocional y, con ella, de su actividad lingüística y del aprendizaje en general.

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