Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2011

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EDUCAR EN HUMANIDAD

Por HABEY HECHAVARRÍA PRADO
Fotos: ManRoVal

 

En los momentos en que redacto este artículo el tema de la educación pública gratuita y de calidad se encuentra en los primeros planos de atención en algunos países del mundo. En Cuba, ese tema ha recibido de las autoridades durante más de medio siglo una atención priorizada, no obstante las dificultades y demandas crecientes de las épocas. Así lo prueban la eliminación del analfabetismo y los altísimos índices de instrucción pública. Sin embargo, en las últimas dos décadas, el país experimentó, entre otras difíciles circunstancias, un descenso de los niveles de calidad en la educación general. La situación anterior, generada por varias causas, coincidió en cierto momento, con la implementación de estrategias culturales (masificación de la cultura, enseñanza universitaria generalizada), las cuales no parecen haber dado respuesta a las necesidades perentorias de la sociedad.

Al contrario, en la actualidad, esos criterios han dado paso a una política dirigida a elevar la exigencia tanto de la educación superior como del resto del sistema de enseñanza, además de favorecer los estudios técnicos, e incluso estimular la recuperación de los oficios, olvidados tras décadas de promover el acceso masivo a la universidad entre los jóvenes que obtenían el 12° grado. Tales cambios demuestran que los criterios de organización de la enseñanza pública no pueden estar desvinculados de las necesidades reales de los pueblos. Quizá, dentro de un tiempo, se restablezca en el país la noble tradición de los oficios, imprescindible para la vida ordinaria, junto a esa gama de cualidades humanas sin las cuales una sociedad no se desarrolla.

En tal sentido, para Cuba es de primer orden, no solo recuperar la alta calidad de que disfrutó la enseñanza en décadas anteriores al período con el eufemístico nombre de “Especial”, sino también ganar otros registros imprescindibles que forman parte de la formación integral: la educación cívica que se integra a los patrones de la moral pública, la formación en valores y virtudes, la recuperación de principios básicos que limitan actitudes desviadas o posturas antisociales antes de que ganen espacio en el imaginario colectivo, en las conciencias individuales o en el ámbito público. En definitiva, el mayor desafío educativo para nuestro país tal vez no sea la actualización y elevación de conocimientos imprescindibles de acuerdo a los saberes contemporáneos. Nuestro mayor desafío podría ser la educación ética que procura la existencia de personas libres y responsables.

Dicho con otras palabras, la formación intelectual no define en última instancia el comportamiento, sino la formación humana de cara a la vida social, donde desarrollamos una parte fundamental de nuestra naturaleza. Pero tras lo social y lo personal se encuentra otro ámbito, que es donde el ser humano alcanza su plenitud, y ese es el ámbito de la espiritualidad que nos eleva sobre el reino animal y el resto de la creación material.

Por eso, de nada vale un simple aprendizaje intelectual o técnico, si no se forja la humanidad de la persona que hará uso de esos conocimientos. A lo largo del complejo siglo XX vimos las consecuencias, lamentablemente repetidas hasta la estolidez, de la separación de la ética y de la técnica. Y hoy la humanidad todavía no parece haber aprendido del todo el precio de desconocer la verdad sencilla de la doble naturaleza humana: física y espiritual enlazada por la razón. El olvido de tal principio desata un rosario de calamidades: investigaciones o procedimientos científicos hechos de espaldas a la bioética, decisiones personales destructivas o autodestructivas, acciones políticas o militares decididas y ejecutadas en franco desprecio a la vida, la convivencia, al bien común, conductas sociales que más bien parecen contrarias a la civilización cuando suspenden los imperativos de la ética o de la moral, según se entienda.

La educación constituye una tarea orgánica a todas las comunidades de acuerdo al grado de desarrollo social o económico. Pero educar en humanidad exige más porque implica determinada postura antropológica y, aunque parezca obvio, vale decirlo, demanda una auténtica visión humanista que promueva el amor; y no el egoísmo, el respeto por los demás; y no el desprecio por el diferente o contrario a las propias formas de vida, ideas o convicciones, gustos o actitudes. Implica, además, el cuidado de los derechos y la libertad del otro como garantía para los propios, pues solo siendo libres se pueden amar y servir con justicia.

Sin embargo, la realidad indica que si los maestros no están bien formados humanamente, si tienen valores confundidos o apenas reconocen la diferencia ética entre lo bueno y lo malo, poco o nada pueden transmitirles a sus alumnos, a pesar del esfuerzo por repletar sus memorias con informaciones. Esa información nunca conducirá a la formación, y quizá en muchos casos se convierta en deformación, aún desde la inconsciencia, algo más grave mientras más pequeños sean los educandos.

Recordemos en este punto que educar, informar y formar son ideas complementarias aunque diferentes, así como la educación no se confunde con la cultura, ni estas con la instrucción. Instruir es lo que hacemos cuando transmitimos los saberes, educar corresponde más bien a la acción formativa; y, cultivarse constituye una difícil tarea personal, porque depende de la voluntad de cada sujeto, para alcanzar mayores cotos de espiritualidad. Entendidos así los términos anteriores, el grado de pasividad en el receptor disminuye desde la instrucción a la educación, hasta el ascenso continuo a la cultura. Educar en humanidad vendría a ser el resumen de estas tres tareas determinantes en la conformación de una persona, en tanto sujeto social y creatura elevada a la condición de valor absoluto debido a la mera dignidad humana.

Es evidente que tal ejecutoria, no solo ennoblece nuestra especie e incrementa la prosperidad de las naciones, también da sentido a la labor civilizadora, a la vida auténtica, desprendida de la mera búsqueda de satisfacciones inmediatas o instintos primarios, muchos de los cuales se sacian al instante; pero dejan intacta la inmensa sed de felicidad, o incluso destruyen a corto o mediano plazo cuando su satisfacción engendra malos hábitos. A la inversa, esas mismas necesidades se convierten en fuente de crecimiento humano cuando están ordenadas al amor, al bien, a la verdadera sabiduría, cuando son guiadas por la templanza o la prudencia, tal vez hasta cuando se disponen, de acuerdo a la aparentemente simple ley natural, donde se revela, no obstante, el orden misterioso del universo.

Ahora bien, ¿cuál es la institución o las instituciones que pueden y deben educar en humanidad? Toda la sociedad debe asumir tal demanda entre sus tareas de primer orden. Por supuesto, la institución fundamental constituida para alcanzar dicha meta, nada sencilla por cierto, es, siempre y en cualquier circunstancia, la familia. Su condición natural hace que del núcleo matrimonial, en condiciones ideales a menudo ajenas a la realidad, emane de modo orgánico no solo el nacimiento de los hijos sino su educación en todos los registros; en particular, durante la niñez y la adolescencia.

En ningún momento las familias pueden abandonar la educación en manos de las instituciones públicas por muy buenos programas, colegios de excelencia, profesionales competentes o elevados propósitos tengan estas. Ello perjudicaría seriamente a toda la sociedad. La familia tiene que mantener el protagonismo en la acción educativa si desea que la misma alcance los objetivos de una enseñanza plena. Ha de contar con las instituciones, en tanto estas pueden contribuir desde una eficacia especializada, en ciertos aspectos que a los familiares se les torna imposible abarcar por completo. Pero la guía del proceso educativo debe encaminarse desde el interior del hogar.

Las relaciones familiares, como vínculos de amor naturalmente educativos, pocas veces convierten el aprendizaje en un “acto docente” sino en esa realidad cotidiana de mostrar cómo se vive, y de dar acompañamiento. Muchas de las nociones básicas que nos guían durante toda nuestra vida no nos las enseñaron de manera explícita, las captamos en medio de la condición natural de vivir como familia. Y allí todos los miembros influyen unos sobre otros, en especial sobre los menores en edad y experiencia, receptores natos, figuras frágiles y dóciles al impacto de innumerables “enseñanzas” más o menos deliberadas. Así, advertimos la importancia de no descuidar la educación en humanidad, que ocurrirá de cualquier modo con la misma organicidad, pero con diferentes resultados. No hace falta referir las terribles consecuencias que una mala educación tiene sobre los sujetos en formación. Al asumir la tarea con un claro propósito, los padres evitan ceder sus funciones a otros actores que nunca podrán hacerlo como ellos.

Ofrecen un espectáculo nefasto esas “educaciones” de niños en la calle, casi todo el día, hasta altas horas de la noche o en casa de otros niños; en ocasiones, sin que se tenga idea precisa de las condiciones en las que pueden encontrarse; a pesar de que el propio hogar no brinde mejores oportunidades. Otra situación lamentable aparece con los divorcios, que al destruir el ámbito familiar, dañan el proceso educativo; en ocasiones lo destruyen con la separación casi definitiva de alguno de los padres; y, en el peor de los casos, de ambos. Tampoco beneficia la suposición, bastante extendida, de que el círculo infantil o la escuela, sustituyen la acción educativa de los padres o tutores. Incluso, aunque por lo regular, los planes de estudio son elaborados por especialistas de alto nivel y reconocida experiencia profesional, debe atenderse qué se le enseña a los hijos, qué dicen sus libros de textos, qué transmiten los profesores y auxiliares pedagógicos, no vaya a ser que sea necesario calzar materias, precisar datos, puntualizar o enmendar deficiencias evidentes u otras más sutiles, de acuerdo a las concepciones o principios de una determinada familia; y a lo que los padres, responsables del crecimiento humano de su descendencia, consideren fundamental transmitirle a sus hijos, nietos o sobrinos, desde sus propios valores. Estas acciones pueden fortalecer los lazos de cooperación con las instituciones educativas y enriquecer todo el proceso.

Incluyo en esta zona los spots educativos que la televisión nacional transmite con insistencia desde hace algún tiempo. Dichos mensajes tienen las mejores intenciones y muchos son hasta simpáticos; pero su claridad informativa e impacto comunicacional supera el nivel de persuasión en la gente, a partir de la contradicción evidente del mundo real con la representación de un mundo publicitario. Se convierten en brújulas a mitad de un desierto de referentes éticos, y pretenden iluminar, a veces con una rara ingenuidad, en medio de no pocos antivalores y deformaciones que son el detritus del proceso socio-histórico. Incluso esta dicotomía debe ser aprovechada por educadores y educandos, en tanto marca un desafío para cualquier discurso educativo que desee sembrar y cosechar. De todas formas, los spots televisivos por sí solos no educan; lo que ciertamente, abren en las casas un campo de acción a los padres, educadores de primera línea.

Aquí emerge una gran paradoja. En las condiciones actuales de la nación cubana, esos “educadores de primera línea”, como muchos profesores, carecen de una apropiada formación en tal sentido. Entonces, como nadie puede dar lo que no tiene, se crea una situación compleja, que mantiene muy bajos los niveles de educación integral y cultura en amplios sectores de la población. Estos profesores pueden tener títulos universitarios, pero no saben sentarse decentemente a una mesa o comportarse en un lugar público; en el mejor de los casos, quizás han visto óperas y ballets por televisión, escuchado trozos de música clásica por radio y hasta han paseado por galerías de arte, pero son incapaces de mantener una conversación sin gritos o responder de manera cortés a un saludo. No están verdaderamente educados sino, tal vez, bien instruidos. Falta una labor humanizadora que amplíe los conocimientos, atienda a la dimensión espiritual, depure la sensibilidad, eleve el gusto y refine las emociones.

Aunque no sea obligatorio que se responda a una espiritualidad religiosa, tampoco debe excluirse la posibilidad de una formación ética, sostenida en firmes valores de fe como los cristianos, que ya participan, al menos en Occidente, de los fundamentos de toda una cultura. En ese campo, la Iglesia cubana, con sus todavía emergentes espacios docentes y educativos, tiene no solo mucho que decir, sino también muchísimo que hacer, más en función del bien de la sociedad que del bien de la propia institución religiosa, la cual en definitiva, desde que la fundó Jesucristo, Hijo de Dios, brinda un instrumento de salvación para todos los hombres y todos los tiempos.

La sociedad cubana realiza, en la actualidad, una serie de transformaciones que darán a la vuelta de unos años, una fisonomía diferente al país que hoy conocemos. Educar mejor en humanidad a nuestros pequeños; y que la ciudadanía se decida a educarse con mayor calidad, será una de esas contribuciones imprescindibles que podamos hacer, en primer lugar, de cara al presente más inmediato, donde todo se decide.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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