Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2011

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Una novela de amor y educativa

Por MARÍA DEL CARMEN MUZIO

Es bueno encontrar en las librerías una novela que, además de agradar por su prosa llana, relate una interesante historia y, a la vez, inculque en los lectores un grupo de valores que, desgraciadamente, por lo general se encuentran relegados u olvidados.

El vicario de Wakefield de Oliver Goldsmith, editada recientemente por Gente Nueva en su colección Primavera, no ha tenido la divulgación necesaria y permanece en los estantes de la mayoría de nuestras librerías. A su autor esta obra le dio un reconocimiento que aún perdura, aunque no fue la única que escribiera.

Con una trama sencilla, El vicario… consta de 23 capítulos pero no constituye una novela extensa ni abrumadora. Narra la historia de este hombre de confesión anglicana que vive feliz con su familia y sus feligreses en el condado de Wakefield. Su familia está compuesta por su esposa y sus seis hijos: Jorge, el mayor; Olivia, quien juega un papel determinante en las futuras desgracias; Sofía, menos bella y más modesta; Moisés, y los dos más pequeños.

Desde las primeras líneas el autor esboza lo apacible y tranquila que transcurre su vida: “Siempre creí que el hombre casado y con mucha familia era más útil a la sociedad humana que el que permanece soltero y se pasa la vida protestando por el aumento de población. (…) En resumen: en todo predominaba cierta semejanza de familia, y, hablando con propiedad, todos tenían en común la condición de ser generosos, crédulos, sencillos e inofensivos”1.

Sin embargo, ya a partir del segundo capítulo comienzan las tribulaciones del vicario. Perdida su modesta fortuna a manos de un inescrupuloso negociante, el vicario, junto a su familia, tienen que abandonar el condado mientras el matrimonio de su hijo mayor con una muchacha adinerada se deshace, y marchan a una granja propiedad del señor Thornhill, hombre rico de la comarca, orgulloso, lleno de vanidad y con fama de seductor de muchachas jóvenes.

Ya en la pobreza, el vicario aconseja a sus hijos: “–No ignoráis, hijos míos– que toda prudencia por nuestra parte no hubiera evitado nuestro último desastre; mas la prudencia puede hacer mucho para frustrar sus efectos”2.

Durante el largo viaje hacia la nueva situación conocen a míster Burchell, un agradable caballero que muy pronto se convierte en visita asidua en la humilde vivienda, y que será de suma importancia en el desenlace final.

Las desgracias caen una tras otra sobre la familia del vicario quien, a modo del personaje bíblico de Job, las asume siempre investido de la fe cristiana. Y en todo momento, no sólo alaba a Dios, sino que estimula y aconseja a sus hijos. En ninguna ocasión lo vemos preso de la desesperación, ni aun cuando al regresar de un viaje encuentra que su casa ha sido destruida por un incendio.

Llueven las desgracias: el hijo mayor tiene que marchar a Londres; el otro, va a una feria a vender el único caballo y es timado por un comerciante; la hija Olivia se fuga con el señor de Thornhill; el vicario va a parar a la cárcel donde (allí) comienza a leerle la Biblia a los presos, quienes al principio se mofan de él pero después lo escuchan con veneración.

Para algunos lectores actuales la novela puede resultar cargada de los consejos moralizantes dados por el protagonista; no obstante, a nuestro modo de ver, en ellos y en su propia historia contada con resignación en la misma voz del vicario, se encuentran los grandes logros del escritor: “Los verdaderos rigores de la vida han caído uno tras otro sobre nosotros. No los aumentemos con disensiones inmotivadas. Si sabemos vivir en buena armonía, podemos esperar alegrías, puesto que todavía somos bastantes para arrostrar la censura del mundo y apoyarnos. El Cielo prometió benevolencia al persistente; a este ejemplo debemos acomodar nuestra conducta”3.

Precisamente por su persistencia e inquebrantable fe, las terribles desgracias llegan a su fin, y tanto el vicario como su familia logran salir de ellas. Ya en los últimos capítulos, cuando más agobiante era la situación, llega un inesperado desenlace que los colma de felicidad. Así, el vicario es restituido a su condado de Wakefield, y cierra la novela con unas sabias palabras: “Solamente me queda procurar que mi gratitud, en medio de la buena fortuna, exceda mi sumisión en la adversidad”4.

Mucho más pudiera agregarse de esta novela; basta con agradecer que nos fortalece y nos deja con una sensación de alegría.



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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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