Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Tercer trimestre 2011

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MENSAJE A LAS FAMILIAS

La NAVIDAD: festividad de la familia.

Por ANA MARÍA BALDRICH y RUBÉN GRAVIÉ
Presidentes del MFC

 

Se acercan las fiestas navideñas y ya comenzamos a ver en muchos hogares, y en algunos locales públicos, los símbolos de su proximidad: los arbolitos, las guirnaldas llenas de luces de colores, las flores de pascua… en fin, hasta la propia naturaleza, engalanándose, nos habla de ese acontecimiento trascendental que es el nacimiento de Cristo Salvador, el que nos muestra el rostro de Dios, el rostro que Jesús, el Hijo Unigénito, nos reveló con su Encarnación, su vida terrena y su predicación, pero en especial con su muerte y Resurrección.

Los cristianos celebramos cada año el nacimiento de Jesús en un pobre portal o establo de Belén, porque el Creador del universo, haciéndose niño, vino a nosotros para compartir nuestro camino; se hizo humano para entrar en el corazón del hombre y así renovarlo con la omnipotencia de su amor. Para ello, nos preparamos cuatro semanas anteriores a la Navidad. El Adviento, tiempo de alegre espera en que reavivamos, de manera especial, la certeza del Dios que desea estar con nosotros, que cuando le abrimos el corazón, nos acompaña dándonos su Gracia. Don gratuito que se traduce en paz interior, fortaleza y optimismo para desde Él y con Él, afrontar los altibajos de la vida, para amar y perdonar, como deseamos que nos amen y perdonen.

La Navidad nos remite al acontecimiento de la Salvación renovadora, traída por Jesús a todos los hombres. Misterio que se nos recuerda y se nos da siempre de nuevo. Nuestro tiempo está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo –desde los provocados por la maldad de los hombres hasta los derivados de las catástrofes naturales-, pero encierra ya de forma imborrable y definitiva la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño ¿No es esta una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor en las horas breves y fatigosas de nuestra vida cotidiana?

El hombre es la única criatura libre de decir sí o no a Dios. El ser humano puede apagar la esperanza eliminando a Dios de su vida; pero Él, que conoce su corazón, sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro; y no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino, en busca de acogida.

La fiesta de Navidad nos fascina cada año, más que otras grandes fiestas de la Iglesia; porque de algún modo todos aprecian en el nacimiento de Jesús las aspiraciones y esperanzas más profundas del hombre. El consumismo, ya sea por ausencia o abundancia de bienes, puede distraer ese anhelo interior; pero si realmente deseamos acoger a ese Niño, que trae la novedad de Dios, llegado para darnos vida en abundancia, entonces las luces de los adornos navideños se convierten en un reflejo de la Luz que se encendió con la Encarnación de Dios.

El árbol navideño y la representación del Nacimiento o belenes, aunque sean confeccionados con modestos recursos; junto a las bendiciones y oraciones que los acompañan, son elementos del ambiente típico de Navidad, además de formar parte del rico patrimonio de las familias y comunidades cristianas. Ellos contribuyen a crear un espacio de religiosidad, de unidad e intimidad familiar que debemos conservar, enriquecer y trasmitir en nuestro bien y el de las futuras generaciones.
Que María de la Caridad del Cobre, que llevó en su seno y su corazón a Jesucristo, que nos lo sigue ofreciendo para la salvación de todos, –de manera especial en su bendito recorrido por nuestro país–, nos ayude en estas fiestas navideñas a renovarnos en la fe y la esperanza, unidos a nuestras familias, a pesar de las dificultades y distancias, en la alegría verdadera.

¡Feliz Navidad, familia!


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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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