Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2011

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Comer en familia

Por Raúl León Pérez

En nuestro hogar hay diversidad de muebles con variedad de funciones. Algunos son de uso individual y otros de uso comunitario; o sea, pueden ser utilizados por dos o más miembros de la familia a la vez. Sobre uno de esos muebles, comprendidos en este último grupo, y su papel en el marco familiar nos referiremos en este número: la mesa del comedor.

Me gustaría comenzar definiendo qué se entiende por mesa para hacer un poco de historia acerca de su uso a lo largo de la historia. “La mesa es un mueble cuyo cometido es proporcionar una superficie horizontal elevada del suelo, con múltiples usos, como pueden ser el trabajar sobre ella, comer o colocar objetos. Un número variable de patas (frecuentemente cuatro), que le proporcionan altura, suelen hallarse encajadas en una estructura sobre la que se asienta un tablero cuya superficie superior cumple la función principal. El tablero puede tener diferentes formas (cuadrado, rectangular, ovalado, circular, triangular, etc.) en función de la dedicación de la mesa a un uso o profesión específicos, o simplemente de la moda y los gustos del diseñador.”1 En el caso de la mesa de comer, el espacio inferior ha de quedar libre para las piernas de las personas que vayan a hacer uso de la mesa estando sentada.

“La mesa típica y primitiva se halla por primera vez en la época de las antiguas dinastías de Egipto, desde la época pre-dinástica, unos treinta siglos antes de Cristo. Tiene forma rectangular o circular con un soporte central, o patas en sus cuatro ángulos. La de tijera con pies cruzados y articulados estuvo en uso entre los egipcios y pueblos antiguos, siendo muy frecuente en unas y otras el remate de los pies en su parte inferior a manera de garra de tigre, o pezuña de rumiante.

La mesa de tres pies y la redonda de un solo pie fueron conocidas por los egipcios y otros pueblos orientales. Sin embargo, fueron los griegos y romanos los que las utilizaron en mayor medida. Los trípodes o mesas délficas se empleaban principalmente para realizar los augurios y sacrificios paganos, y las mesas de un solo pie, el cual a veces representa la figura de un esclavo y en otras remata por debajo en tres pequeños pies, servían principalmente en los triclinios (se llamaban así a los sofás o lechos donde se reclinaban tres personas para comer, en el mundo de los antiguos romanos) o comedores.”2
Pero pasemos de la definición académica; que de por sí es algo fría y carente de espiritualidad, y para adentrarnos en el valor cultural y místico que acompaña el uso de la mesa de comer en nuestro entorno familiar.

Todos nuestros lectores recuerdan muchas anécdotas de su vida familiar que han ocurrido mientras se come en familia; o por lo menos, está presente la mayor parte de ella. Recordamos que la hora de comer es sagrada, pues no solo se trata de satisfacer una necesidad fisiológica; sino también de la hora del encuentro, del compartir anécdotas, vivencias, consultar problemas o solucionar divergencias. Sentarse entorno a la mesa en familia es una oportunidad privilegiada de encuentro personal con los otros, de mirarse cara a cara; una oportunidad de hacer un alto en nuestro agitado ritmo de vida, en el que muchas veces no reparamos en quien está al lado, y atender al otro o ser atendidos.

En estos tiempos que corren, la agitada vida y la multiplicidad de tareas, hacen cada vez más difícil este encuentro diario a la hora de almorzar o comer todos juntos. Se observa que, muchas veces, se come o almuerza por partes: primero, los ancianos para que no se les haga tarde; después, los más jóvenes, que vienen desfilando de la escuela o el trabajo y están corriendo para salir a otra parte; y, por último, la que cocina.

Otro elemento que conspira contra esta práctica saludable de comer en familia es la televisión o la computadora, sobre todo en los niños y jóvenes que se “pegan” a este artefacto de una manera tal, que ni les da apetito; y si comen, lo hacen delante de la pantalla en cuestión. Entonces, la única “familia” con que interactúan es esa cajita cuadrada y lumínica que tienen delante.

La ausencia de Internet y la persecución a quienes tengan televisión satelital en Cuba, hace este fenómeno aún poco frecuente; pero se va abriendo camino a medida que estos dos avancen tecnológicos dejen de ser un demonio. Los ataris, nintendos, u otros juegos digitales, las viejas computadoras armadas a pedazos, la telenovela brasileña, etc., conspiran contra la tradición necesaria de comer sentados juntos, en familia, a la mesa. En la mayoría de los casos, se ve a gran parte de la familia con el plato en la mano, sentados mirando la pantalla, terminan de comer y tiran el plato en el fregadero; siguen viendo el monitor sin intercambiar siquiera algunas palabras, compartir los hechos cotidianos ocurridos durante el día en el trabajo o la escuela, ofrecer el pedacito de algo que me quedó en el plato, servirle al otro el vaso de agua o decirle a quien cocinó: qué bien te quedó la comida.

Los Caballeros de la Mesa Redonda del rey Arturo no escogieron este mueble por gusto sino porque este les brindaba la oportunidad de mirarse todos a la cara cuando trataban los asuntos del reino. La armonía del Rey justo con Lancelot y los demás caballeros nacía en la mesa del diálogo.

Recuerdo en mi infancia y juventud, cómo mi difunto padre defendía a capa y espada el que todos almorzáramos juntos los domingos, después de regresar de la misa. No despreciemos la oportunidad de comer juntos alrededor de la mesa; de no poder hacerlo diariamente, por lo menos hagámoslo una vez a la semana. En estos días de Navidad y fin de año toda la familia cubana tiene la oportunidad de reunirse a comer en torno a la mesa, junto a sus familiares cercanos y lejanos. No importa si lo que comen es pollo, cerdo o huevo, lo que importa es compartir el amor, lo que importa es vivir en familia, hacer familia.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

DIRECTORES: Rubén Gravié y Ana María Baldrich.
CORRECCIÓN: María del Carmen Muzio.
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DISEÑO DIGITAL Y DISTRIBUCIÓN: Raúl león Pérez
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