Amor y Vida
Publicación Trimestral del Movimiento Familiar Cristiano
Arquidiócesis de la Habana

Cuarto trimestre 2011

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El precio de un niño

Por MONSEÑOR FERNANDO DE LA VEGA

 

En Nochebuena, en la mayoría de nuestras comunidades, el sacerdote lleva entre los pliegues de un paño de hombros, como si sus dedos no fueran dignos de tocarlo, un niño como símbolo de que Dios se ha hecho hombre para estar con nosotros. Se trata de una imagen, una estatuilla del Niño Jesús. Es un momento de asombro, no se trata de ver en el niño un adulto incompleto, en germen, porque este Niño es la Omnipotencia, el Amor de Dios hecho realidad.

Cientos de años antes de Cristo, en Cartago, la gran metrópoli del norte de África, la gente asesinaba niños para apaciguar a su dios Moloc, que tenía una especie de relación económica con sus seguidores. Si querían riquezas o buenas cosechas, tenían que ofrecerle sangre inocente, mientras los tambores y los humos narcotizantes ahogaban los llantos de los niños. La disculpa era la superstición en épocas de hambruna o de guerra.

Más de 20 siglos después nos encontramos en una sociedad que se autotitula civilizada, pero que se deshace de sus hijos mediante el aborto o cualquiera de los otros procedimientos que elegantemente llama “interrupción del embarazo”. La decadencia debido a la baja tasa de natalidad y la prolongación de la expectativa de vida hace que nuestra población envejezca a ritmo acelerado.

Hoy son muchos los hijos únicos que no sabrán nunca lo que significa tener un hermano mayor para imitar o menor para cuidar. Y eso es realmente una gran pobreza. A los pocos niños que tenemos los encerramos en guarderías o en la escuela, renunciando en cierta medida a nuestra responsabilidad como padres.

Si realmente quisiéramos a nuestros niños, no presentaríamos ante sus ojos espectáculos pornográficos a través de los medios de comunicación; no desencadenaríamos delante de ellos largas y acaloradas discusiones familiares ni los hiciéramos testigos de desavenencias de todo tipo entre los que le dieron la vida.

Pero hay más consecuencias nefastas en este terreno. Cada generación se vinculaba con la anterior mediante las historias familiares que se contaban a los más pequeños, y esas eran sus raíces. Hoy no tenemos tiempo ni memoria para esos temas. Qué pobre es así la vida, sin pasado; y qué mezquino es olvidar a nuestros ancestros, sin percatarnos que también nosotros seremos olvidados por nuestros hijos más pronto que tarde; y ninguna cultura puede sobrevivir a esta situación.

Este aislamiento también infecta nuestra creencia en el matrimonio; ya que una boda es el acto que vincula a un hombre y una mujer con las generaciones anteriores de las cuales son producto; y, a su vez, abre a esa pareja a la esperanza de generaciones futuras que brotarán de su unión en y por el amor.

Tememos a la muerte y lo último que queremos ver es algo que nos recuerde nuestra condición mortal. Los niños nos la recuerdan porque todo padre sabe que a medida que los hijos crecen se vuelve más viejo y frágil. Por fuerza, un hijo nos recuerda nuestra propia debilidad. Primero, porque el niño depende totalmente de nosotros; y después, somos nosotros los que dependemos de él.
Chesterton, el gran escritor inglés manifestó con mucha sabiduría: “Si planeas una aventura, ya no es aventura; si planeas la felicidad, ya no es felicidad”. Y es que las mejores cosas de la vida nos llegan como regalos, no como fruto de una planificación.

La familia es buena porque cada niño que nace viene a alterar nuestra rutina, quizás altamente planificada. Dios nos da hijos para romper la cáscara dura y calculadora de nuestro ser. Cuando recuperemos la capacidad de asombro presente en el niño, podremos decir que Dios nos ha hecho poco inferiores a los ángeles.

 

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Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón
Beato Juan Pablo II

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