"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768

 

Los Centros Culturales Católicos y los nuevos areópagos y centros de decisión

Por Mons. Vittorino Girardi Stellin

1. Punto de partida: La cultura es ámbito de desarrollo humano

Entre las múltiples y variadas descripciones de “cultura”, los documentos de Aparecida asumen la que nos viene de la Gaudium et Spes 57 y de los documentos de Puebla, a saber: “la cultura en su comprensión más extensa representa el modo particular con el cual los hombres y los pueblos cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana. En cuanto tal es patrimonio común de los pueblos, también de América Latina” (DA 476).

En este sentido la cultura, es el espacio, el ámbito privilegiado, para generar diversos procesos de interacción social, que apuntan al desarrollo humano. Ahora bien, esos procesos de desarrollo humano están hondamente marcados por el contexto cultural en el que se dan; ellos mismo son expresión del “cultivo” que el ser humano está llamado a realizar de sí mismo.

2. Contexto: Modernidad y postmodernidad como movimientos de autoafirmación humana y de confluencia en la cultura contemporánea

a) La Modernidad: Sin pretender ser exhaustivos, afirmamos que “la modernidad se define como antropocéntrica”. Esto quiere decir que “prioriza el hombre y lo interpreta como sujeto, esto es, alguien que tiene conciencia de sí mismo, responde por sí y por sus actos, asume su destino, decide su historia, tiene derechos inalienables, es autónomo”1. Ahora bien, la “autonomía es, para la modernidad, la característica fundamental y definidora del ser humano. Por eso, él es sujeto y no mero objeto. No puede ser esclavizado, dominado, usado o explotado. Nada puede serle impuesto a partir de fuera. Su dignidad consiste en definirse y decidirse a partir de su interioridad y no por coacción o imposición de lo que es exterior a él. Él es señor de sí mismo. El hombre es todo eso, porque es un ser racional y libre. La razón y la libertad, que tornan posible la autonomía, ocupan el centro de la comprensión moderna del hombre y definen su subjetividad”2 De manera que el hombre moderno se absolutiza a sí mismo, colocándose en el centro y en lo alto de su propio proceso histórico.

Por otra parte, “históricamente la modernidad fue también un movimiento contra la tutela de la Iglesia y de la monarquía, por lo tanto, contra la tutela religiosa y la tutela política”. Desde la perspectiva de los modernistas, “la Iglesia retenía el poder intelectual, con su teología y filosofía, mientras que los monarcas retenían el poder político”, de manera que “liberarse de esa tutela era buscar la autonomía y la dignidad, era llegar a la edad adulta del hombre”3.

¿Qué significa llegar a esa adultez humana? “En el área intelectual, significaba liberarse de la fe religiosa, de sus dogmas, y tener la osadía de buscar conocer la realidad -y hacer ciencia- por caminos independientes de los dictámenes de la religión, canonizando la razón humana como única luz en la búsqueda de la verdad”4. Expresión muy significativa de este proceso son las obras de Jean Paul Sastre, como por ejemplo, El Ateísmo es un humanismo, precedido por los de F. Niestzsche.
Por otra parte “en el campo político, se procedió al derribo de las monarquías y la creación de la democracia, en la cual todo el poder emana del pueblo; de este proceso político, la revolución francesa fue el gran modelo”5.

En la modernidad se dieron grandes progresos en las ciencias y en la técnica, siendo muy importante el uso técnico de los descubrimientos científicos. Así, las ciencias se tornaron empíricas y útiles, lo que transformó el modo de trabajar y de producir en la sociedad. Sin esos avances no habría sido posible la revolución industrial. “Fue un prodigioso desarrollo de las ciencias positivas y matemáticas, de las ciencias físicas, químicas y biológicas, que estuvo por detrás de la transformación de toda actividad económica moderna y del propio modo de vivir de la sociedad. Nacía una nueva cultura”6. “En el mundo de las ideas, la modernidad elaboró fundamentalmente un racionalismo inmanentista, que se desdobló en dos direcciones, una en la dirección de las filosofías empiristas-cientificistas y otra en la dirección de las filosofías idealistas”7.

De ambas se generaron, al mismo tiempo, “el liberalismo/capitalismo y el marxismo/comunismo, como grandes sistemas racionales, globales y totalizantes: las grandes ideologías; los así llamados “grandes relatos”, que se estructuraron, uno a partir de la primacía del individuo y su libre iniciativa, el otro, a partir de la primacía de la colectividad y de la planificación centralizada de la vida política, social y económica”8.

Estas ideologías lucharon (y aún lo hacen) por “imponerse a todos, como única verdad absoluta y universal y, consecuentemente, única vía de salvación, progreso y felicidad de la humanidad”. En su afán de poder “no dudaron en tornarse violentas para imponer su verdad”.

He aquí la paradoja: “la razón humana, que se había declarado adulta y autónoma, juzgó “racional” apelar a la violencia para coaccionar a todos a aceptar sus “luces”. Dos grandes guerras mundiales y varias revoluciones socialistas, todas nacidas de las ideologías modernas de derecha y de izquierda (nazismo, fascismo, comunismo), intentaron imponer su “verdad” al mundo entero por la violencia brutal, que no vaciló en cometer los mayores crímenes contra la humanidad”9.

b) La Postmodernidad: Todo ese proceso histórico de los siglos dieciocho al siglo veinte, con los “trágicos frutos de la modernidad trajeron una profunda desilusión, que se expresa hoy en la postmodernidad”.
La postmodernidad “trae nuevos parámetros de pensamiento y de cultura. Delante de la insaciable “voluntad de poder”, delante de la violencia y de las deshumanidades de las ideologías de derecha y de izquierda, delante del fracaso de los “grandes relatos”, surge la tentación del nihilismo, recedido de un agnosticismo desencantado, sin entusiasmo por verdades absolutas y universales. Un agnosticismo que se adaptó bien al pluralismo y al individualismo vigentes en la gran sociedad, al hedonismo del placer inmediato y fácil, al permisivismo comportamental y ético, al consumismo ofrecido por un nuevo orden económico mundial fundada en la hegemonía del libre mercado globalizado, todos elementos del modo de ser y pensar de nuestra sociedad”10.


Con el surgimiento del agnosticismo se desistió de la búsqueda de la verdad. Se pregunta “si aún vale la pena alguna cosa, si el hombre tiene aún algún sentido, si aún es posible al menos la fundamentación de un mínimo indispensable de valores éticos universales, o si el hombre realmente no pasa de “una pasión inútil”, como decía Sastre”. Surge entonces, en Europa el llamado “pensamiento débil”, sin pretensiones, ni voluntad, de tener la verdad fundamental y fundante de toda la realidad, la verdad universal, base necesaria e indispensable también para fundamentar una ética universal, como en las grandes ideologías.

Completan este panorama de la realidad “los fracasos del capitalismo, del sistema de libre mercado, que, teniendo por eje la libre iniciativa, se proponía liberar el mundo de la pobreza y generar el progreso general, la prosperidad económica y la felicidad para toda la humanidad. Sin embargo, al contrario, hoy, más que nunca, nos deparamos con centenares de millones de pobres, miserables, desempleados y excluidos por el mundo afuera, con parte significativa incluso en los países ricos y desarrollados, sin ninguna perspectiva de que esto vaya a cambiar de forma inmediata. Los pobres, los excluidos, los miserables y los hambrientos, frutos del capitalismo y del comunismo del pasado, así como frutos de la actual nueva orden económica mundial de libre mercado globalizado, claman por justicia y solidaridad”11. De los “excluidos” hemos llegado a los “sobrantes”.

3. Consecuencias: Aparición de nuevos areópagos y centros de decisión


Como consecuencia del desenvolvimiento cultural y social de los últimos siglos, han surgido nuevos interlocutores para la Iglesia. Aparecen como nuevos areópagos y centros de toma de decisiones que, en muchos casos al margen del Evangelio, tienen sus propias propuestas sobre el ser humano, la sociedad, la economía, la relaciones sociales, entre otros.

Todos ellos constituyen un desafío para la evangelización. Como lo expresamos en el documento final de Aparecida: “Nuestra fidelidad al Evangelio, nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana” (DA 404), que está en el centro del mensaje evangélico que el mismo Señor Jesús nos ha enviado a proclamar, en medio de este ambiente generado por el modernismo y el postmodernismo.

Entre estos nuevos areópagos y centros de toma de decisiones podemos citar: “el mundo de las comunicaciones, la construcción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, sobretodo de las minorías, la promoción de la mujer y de los niños, la ecología y la protección de la naturaleza; y “el vastísimo areópago de la cultura, de la experimentación científica, de las relaciones internacionales” (DA 510). No pasa por alto que “la ciudad se ha convertido en el lugar propio de las nuevas culturas que se están gestando e imponiendo, con un nuevo lenguaje y una nueva simbología” DA 529.

Cuando se trata de centros de decisión, no se puede perder de vista que “una tarea de gran importancia es la formación de pensadores y personas que estén en los niveles de decisión […] empresarios, políticos y formadores de opinión, el mundo del trabajo, dirigentes sindicales, cooperativos y comunitarios” (DA 511).

4. Retos de los Centros Culturales Católicos ante los nuevos areópagos y centros de decisión


Nuestro compromiso evangelizador puede expresarse de varias maneras. Indico aquí unos modos concretos.

a) Hacer presencia en centros de decisión: En la realidad, los desafíos que enfrentan los centros culturales católicos, son los mismos desafíos que enfrenta la Iglesia. Estos centros se constituyen, entonces, en instrumentos para lograr una “mayor presencia en los centros de decisión de la ciudad tanto en las estructuras administrativas como en las organizaciones comunitarias, profesionales y de todo tipo de asociación para velar por el bien común y promover los valores del Reino” (cf DA 536). Haremos lo posible para que en nuestros Centros Culturales Católicos se abran “espacios” que favorezcan la “experiencia” de Dios, el posible “encuentro” personal con Cristo.

b) Formar y acompañar a laicos: Estas acciones las pueden desarrollar en gran medida, los centros culturales, mediante “la formación y acompañamiento de laicos y laicas que, influyendo en los centros de opinión, se organicen entre sí y puedan ser asesores para toda la acción eclesial” (DA 537).

c) Crear grupos de diálogo: Ante la nueva cultura modernista y postmodernista, cosificante y deshumanizante en muchos casos, los Centros de Fe y Cultura o Centros Culturales Católicos, acogen el desafío de “crear o dinamizar los grupos de diálogo entre la Iglesia y los formadores de opinión de los diversos campos”. Este es un reto que comparten las Universidades Católicas, -verdaderos centros culturales-, para que sean cada vez más lugar de desarrollo del diálogo entre fe y razón; así como de producción e irradiación del pensamiento católico (cf DA 517).

d) Rescatar de la soledad e individualismo: La realización de reuniones o “encuentros en el Centro ayudarán a rescatar al hombre urbano de la soledad y del individualismo, que transforman las relaciones humanas en la ciudad en feroz competición en torno del dinero, del prestigio y del poder”12.

e) Reencender la pasión por la verdad: Además, “los encuentros ayudarán a reencender la pasión por la verdad y a derribar el agnosticismo y el desencanto, que son manifestaciones de la postmodernidad y que llevan tanta gente al consumismo desenfrenado, al hedonismo y a la búsqueda del show alienante de una sociedad del espectáculo inconsecuente e irresponsable”13.

f) Proponer la verdad universal: Un reto muy importante que enfrentan los Centros Culturales Católicos es la búsqueda y propuesta de la verdad y la consecuente ética universal. “Si no es posible encontrar la verdad fundamental y fundante que da sentido a toda la realidad, o sea, una verdad universal, entonces tampoco será posible fundamentar una ética que se imponga por su propia naturaleza a todos los seres humanos. Una ética no se sostiene por sí misma. Su fuerza vinculante depende de las razones que la fundamentan. Si no hay razones universales, no será posible una ética universal vinculante por sí”14.

g) Fomentar la solidaridad: Los Centros Culturales Católicos no están llamados a abordar el tema de la cultura sólo desde una perspectiva teórica o académica; sino también, a tomar posición e impulsar o desarrollar acciones en cuestiones culturales que afectan directamente la vida de millones de personas en el mundo. En este sentido, un “campo inmenso y urgente es la cuestión de la solidaridad en el mundo urbano. La pobreza, la miseria, el hambre, el desempleo, crecieron en todo el mundo, principalmente en los países pobres y en los países emergentes. Son cuestiones sociales que dicen respecto a todos los ciudadanos, independientemente de creencia religiosa o diferencia cultural”15. Es decir, que los Centros Culturales Católicos están llamados a construir y difundir la “cultura de la vida”, con esa visión que tanto impulsó S.S. Juan Pablo II, y que Benedicto XVI vuelve a enfatizar desde su amplia y muy profunda fundamentación teológica.

5. Otros retos que enfrentan los Centros Culturales Católicos en el ámbito de la cultura


En la coyuntura cultural actual, los Centros Culturales Católicos enfrentan otros serios y complejos retos en la urgente reorientación de ciertas formas, estilos y expresiones culturales que acompañan la cultura de la muerte, que va disfrazándose en “cultura de la vida”.

La cultura “dominante”, es decir, aquella que es asumida por la mayoría de una sociedad o población, es la que impone a ese grupo humano, los valores o criterios para vivir. De esta cultura que hoy es asumida por muchos, destacamos cuatro aspectos, dimensiones o énfasis relevantes: la emoción, el lucro, la tolerancia y la nueva religiosidad.

a) La cultura de la emoción: Siguiendo el pensamiento del cardenal Poupard16, podemos afirmar que en la cultura actual, posmodernista, uno de esos “valores” o criterios que marcan la vida es la emoción. Se va creando y de diversas maneras se manifiesta, la “cultura de la emoción”.”Esta voz, viene empleada de modo preferencial por el sector juvenil de la sociedad. La emoción es el nuevo nombre de la “evidencia”. Cuanto más intensa es la emoción, tanto más fuerte es la certeza de la “verdad” experimentada. La emoción dentro del campo epistemológico, toca dos vías de conocimiento, el empírico o experiencial y el subjetivo o racional. La emoción abre de alguna manera detrás de sí un efecto objetivo, una sensación irrefutable, cuya verificación en cambio, es campo casi exclusivo de la subjetividad; cuyos datos vienen de este modo asignados a eventuales producciones internas. La aplicación o identificación de las causas de tal efecto, de sus consecuencias y de sus límites permanecen en la elaboración circunstancial e interna del sujeto”17.

Tenemos entonces que, “la emoción no sólo viene conectada con la epistemología moderna, sino con la ética, “conocer el modo menos doloroso y más veloz de gozar un instante, se vuelve una máxima sapiencial de nuestra era”. Lo fugaz, lo contingente, la veleidad, deviene principio absoluto de veracidad y bondad. Lo transitorio sustenta ahora la estructura de la razón y de la voluntad, y el ser, la entidad, no aparece sino exclusivamente en los rasgos del sentir. Los bienes inmediatos y verdades pasajeras conforman ahora el paisaje de lo contemporáneo, un paisaje tanto polifacético como absurdo”18.

Es así, que “el hombre moderno, sediento de vida, nada en una pecera donde la únicas opciones de sobre vivencia son la alienación idealista de tipo religioso, o el cinismo hedonista, que tarde o temprano arrastra al suicidio fisiológico o existencial”19.
En un ambiente cultural de esta naturaleza “no es extraño entonces que el criterio dominante en la elección de la religión, sea precisamente la emoción, fuente de verdad, bien y trascendencia, entendiendo como trascendencia la mera exteriorización de la interioridad, y no como paso o apertura a una realidad radicalmente diversa o externa”20.

¿Cómo promover en este ambiente cultural, y ante estos criterios, una cultura de la vida, personalizante, que valore al ser humano y posibilite su desarrollo integral y el reconocimiento pleno de su dignidad, desde una relación comprometida, profunda, con Dios, los demás y la naturaleza? He ahí uno de los retos que en nuestra época enfrentan los Centros Culturales Católicos. La respuesta sólo pueda darse con testimonios y modelos creíbles que integran la fidelidad a Cristo, en su mundo emocional y afectivo.

b) La cultura del lucro: Por otra parte, pero relacionada con la emoción se va forjando la cultura del lucro.
Otro término en boga del actual cuadro cultural, es el de ganancia o lucro. Este concepto es referido la mayor parte de las veces al campo económico, reflejando la polarización cultural del mundo en una clave exclusivamente monetaria. Desde esta perspectiva viene juzgadas todas las demás esferas humanas, de modo que el dinero como centro y criterio de desarrollo personal, regional o nacional, se admite de modo absoluto e indiscutible. La política, la sanidad pública, la seguridad nacional, la educación, la cultura, etc. Todo en función de los centros de funcionamiento económico21.

En términos generales, se puede decir que “el comercio de lo cultural dentro de la globalización económica y social, supone en términos laborales, la uniformidad de una mentalidad que sabe apreciar bailes, ritos, ceremonias, vestidos; como adornos externos, pasados, exóticos, bizarros, de lo que debe ser el modelo uniforme de mentalidad, eliminando la memoria y el arraigo. De este modo se pretende mantener la competencia entre pueblos, en torno siempre al paradigma económico implantado precisamente por una forma servil del ver al hombre subordinado al dinero”22. Frente a todo esto nos sentimos urgidos del lenguaje de la gratuidad, el don; y cierto estilo de austeridad.

Desde esta perspectiva mercantilista, todo se reduce a beneficio y ganancia. Todo se comercializa, desaparece la gratuidad y ésta es vista como tontera o estupidez. De esta manera, “por ganancia y por la presión de sobrevivencia física, se coacciona a vender el recinto de la voz de Dios en el hombre”, de manera que “una conciencia cristiana que busca revertir este modelo corre el riesgo de permanecer en la marginación y el descrédito”. No se considera que “vender la identidad cultural es vender el ser mismo del hombre, su memoria, su arraigo, implican tanto su dignidad metafísica de persona como su indisoluble condición histórica”23.

c) La cultura de la tolerancia: Hoy se oye hablar de “tolerancia política, religiosa, económica, sexual, etc. Este término que ha sido tan exaltado hasta el cansancio, como expresión de una sociedad adulta, cosmopolita y globalizada, ofrece una muestra de lo que la mentalidad dominante propone como modelo cultural”24.

“De una parte lo que realmente describe la tolerancia actual, no es el respeto dialogante o la veneración profunda por la dignidad personal del otro, tampoco es la escucha, la valoración, el intercambio mutuo, la asimilación y contrapropuesta de un diálogo, sino más bien la indiferencia desenfadada del otro. El desprecio pasivo de cualquier verdad que trascienda el campo de lo subjetivo, en una palabra: la desilusión viviente del sueño de la objetividad. La respuesta vital de cada ser humano no puede ser compartida como verdadero tesoro de la persona, “si usted dice que encontró serenidad en el budismo, es porque cada uno elige el tótem al cual se quiere alienar” “lo que usted ha encontrado a mí no me ayuda, mi mundo está absolutamente separado del suyo”25.

Sin embargo, este concepto no tiene que ser necesariamente del todo negativo. Pues en alguna medida “la tolerancia tiene un correlativo en el lenguaje cristiano, el diálogo. El diálogo supone conflicto, no evasión, conflicto. Una lucha, pero no al modo marxista de contraposición clasista de destrucción de la alteridad, o al modo neoliberal reinante de masificar sujetos intercambiables, cual piezas de engranaje; donde la utopía colectiva ha dejado lugar a la angustia burguesa de la sobrevivencia tolerante del desinterés comunitario”26.

d) El pluralismo religioso: “Delante del fenómeno de la secularización que predecía la desaparición del ámbito religioso en la sociedad contemporánea, se ha comprobado, que lejos de desaparecer, el horizonte religioso ha crecido con nuevo vigor, aunque si bien con una orientación diversa”27.

“La secularización del contexto moderno ha dejado una expresión religiosa de tipo subjetivista; despreciando cualquier clase de institucionalización de la esfera religiosa que pretenda proponer la verdad absoluta de su credo. Para algunos, el único canal de supervivencia de la religiosidad se encuentra en la presentación de contenidos religiosos evolutivos y polifacéticos, cualquier clase de desarrollo dogmático tradicional conduciría a la petrificación religiosa y a su anacronismo. Otros observan que la religiosidad permanecerá vigente en la medida que pueda ofrecer, una propuesta seria sobre al sentido de la vida, al que la modernidad no ha podido responder”28.

Por otro lado, “estamos delante de un nuevo humanismo. Un humanismo auto idolátrico, narcisista. “Yoísta”, del concreto individuo, no del género humano, (como lo fueron el renacimiento, el racionalismo, el idealismo alemán o el marxismo); ni siquiera del tipo reflexivo existencialista, sino de la absoluta subjetividad hermética de cada individuo. […] “El hombre ya no es centro de todo, sino el “yo”. El hombre es solo, de ahí que busque una disolución de su soledad en la naturaleza, con la cual forma un solo elemento, pero que paradójicamente explota y destruye para lograr el confort, que constituye el valor absoluto de bondad”29.

“El resurgimiento religioso parece orientarse en dos direcciones precisas y diversas del desarrollo previo:

1) La negación de la objetividad de la realidad Trascendente, que por lo tanto no puede ser administrada u ofrecida por ninguna clase de institución religiosa; implicando así el desprecio por la dimensión histórica y Reveladora de la fe.
2) El rechazo o indiferencia a lo que signifique alteridad, la divinidad no puede ser “Personal”, ello implicaría diversidad, Autoridad y Obediencia. La vivencia colectiva sólo tiene valor en cuanto los otros sienten lo mismo que yo. La iniciación es válida para estas nuevas formas religiosas en la medida que permite sentirse o reconocerse como protagonista de esta acción o cuando permite tener emociones “fuertes”. Ello explicaría el auge occidental del modelo asiático monista de trascendencia: lo humano y lo divino identificados y disueltos”30.

6. Retos de los Centros Culturales Católicos frente a estos areópagos culturales31
a) Discernir en la confusión: “Aquí inicia la verdadera misión de los Centros Culturales Católicos: discernir en las expresiones culturales y anticulturales de la propia sociedad, el movimiento de plenitud sembrado por Dios en el hombre, sin dejarse confundir por las aberraciones que en su ceguera genera la locura humana, que se concibe como sola, abandonada y destinada a la muerte”.

b) Seguir la pedagogía de la Encarnación: “La Encarnación constituye entonces el Camino, el método de evangelizar, hacerse uno con el otro. Llevando al profundo del corazón humano, la inconmensurable riqueza del Evangelio que a su vez habíamos recibido gratuitamente. Un amor marcado por synkatábasis por una condescendencia que se adapta y se inclina hacia nosotros”.


c) Hacer comunión: “En este proceso de hacerse uno con el otro, se verifica un evento que transforma el universo creado: la comunión. Esta forma dinámica generada por Dios mismo en el corazón de los creyentes, no es una fusión, uniformación u homogenización de las morfologías culturales del género humano. La comunión es la prueba que entre personas únicas e irrepetibles es posible el amor, es posible recibir una vida común, que no disuelve las diferencias sino que potencia la mutua donación de acoger al otro. Estamos llamados a descubrir: en la tolerancia: la urgencia al diálogo y el reconocimiento de la irrepetibilidad de la persona humana; en la emoción: la urgencia de un Amor que sea cercano, fiel y seguro; en el lucro: la urgencia de un orden social equilibrado; en la diversidad religiosa: la urgencia de la certeza histórica de la Vida Eterna. A esto estamos llamados: a descubrir y reflejar en el mundo la imagen de la Santa y Vivificante Trinidad, mediante la comunión”.
d) Abrirse al encuentro con los otros: “Los Centros Culturales Católicos precisan, junto al discernimiento y acompañamiento del hombre contemporáneo, un lenguaje y una praxis que favorezca los encuentros interpersonales, y el reforzamiento de las pequeñas comunidades eclesiales, parroquiales, diocesanas, religiosas, universitarias”.

7. Conclusión


Los retos y desafíos generados por la cultura contemporánea, en que confluyen en muchos casos, la fuerza del egoísmo humano, son nuevos e impactantes. Nos enfrentan, pero nos desaniman. Cristo nos ha prometido su constante presencia y nos invita a la confianza: “¡No tengan miedo, soy yo”! Nos repite hoy como un día a sus apóstoles. Nos corresponde tener fija la mirada en Él y seguir navegando “mar adentro”, en las profundidades de nuestro mundo cultural. Nos infunde ánimo y valentía también a los muchos hermanos y compañeros que siguen comprometiéndose en dar y sostener la vida.
Este Encuentro es un hito de esperanza y fortalecimiento en nuestro caminar por los caminos de la región norte de América (México, Centro América y el Caribe).
Encomendamos los frutos de este encuentro y del trabajo que puedan realizar los diversos Centros Culturales Católicos, a nuestra madre María, en las distintas advocaciones con que en cada uno de nuestros países la nombramos; para que ella interceda por nosotros ante su Hijo.


(Endnotes)
1 Humes, Card. Claudio: “Los centros culturales católicos: Una propuesta de comunión frente al individualismo y anonimato urbano”.
Valparaíso, Chile, 17 de Septiembre del 2003.
2 Ibidem.
3 Ibidem.
4 Ibidem.
5 Ibidem.
6 Ibidem.
7 Ibidem.
8 Ibidem.
9 Ibidem.
10 Ibidem
.11 Ibidem.
12 Ibidem.
13 Ibidem
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